• El Juez

El Carnaval de los Sueños

Actualizado: ene 26

A la memoria de George R. R. Martin, quien no se ha muerto pero que no ha publicado nada y a ver si se acuerda.


1


Las piedras danzaban girando sobre el agua y batiéndose cada vez que salían de sus manos, provocando imperceptibles ondas en secuencia sobre la superficie. A Daniel le gustaba distraerse así, juntando un montón de piedrecitas y amontonándolas en una pirámide de equilibrio precario en la rivera. Además de trepar a los muros de ruinas circundantes, o cazar algún cuervo o ratón de campo con su resortera, la mayor parte de la tarde se la pasaba echado en el barro, sin camisa, con su único par de botas abigarradas por dentro con piel de oveja que siempre llevaba empantanadas y los pantalones cortos sostenidos por sus tirantes favoritos, unos color lila de hebillas doradas. Extrañaba a sus primos, con quienes al menos podía practicar artes marciales. O eso había sido hasta el día que se encontró por casualidad con uno de los pescadores del Arroyo Marciano, de esos que solían subir hasta el ojo de agua para ir colocando trampas en varios sitios y en ocasiones regresaban sólo para emborracharse en la posada donde se estaba quedando con su papá, una mísera instalación conocida como El Carnaval de los Sueños. Lo que aquel hombre le había contado le quitó la nostalgia por su hogar y hasta por la piel canela de Thalía, la hija de Don Baltazar el de los perros, al menos por varias semanas.


Se había sentado sobre una raíz luego de que lo hallara, acostado con los brazos detrás de la cabeza. Era un viejo con permanente aliento a vodka y al que le faltaban varios dientes y tal vez hasta más de un tornillo. Comprendió que acababa de terminar su jornada porque ya estaba atardeciendo cuando el sombrío hueco del bosque en que yacían enrojeció bajo el toldo de amapolas. El viejo le ofreció unos tamales que rechazó con prudencia y amabilidad, no quería ofenderlo pero tampoco enfermarse. Le dijo que eran de picadillo y que los hacía su camarada Pedro, exquisitos, aderezados con la más fresca sangre de cerdo, lo que no sirvió para hacer cambiar a Daniel de parecer aunque sí para que le aceptara una jarra de agua mineral para las náuseas infundidas por aquella descripción. Cuando el hombre por fin terminó de comer, luego de limpiarse las manos en la camisa y con el rocío del zacate, eructó con un estruendo y se quedó callado mirando las olas. Daniel quiso irse cuando el viejo habló.


Le preguntó si conocía la historia de Roberto y Eduardo, los hermanos Malacara, los dueños originarios de lo que había sido El Carnaval de los Sueños cuando era un palacio y no el hostalucho lleno de cucarachas en que se había convertido. Según le dijo, habían vivido casi un siglo atrás y habían tenido un problema amoroso. Siempre se trata de una mujer, remató, hasta los viejones se matan por ellas.


Roberto y Eduardo habían sido los narcotraficantes más prósperos de la región, llegaron a edificar un castillo con casinos y burdeles en cada torreón y no tenían rival en las emboscadas. Nadie se atrevía a pasar por sus tierras sin pagar la cuota o le cortaban la cabeza. Una noche, un anciano que cruzaba por sus dominios fue capturado por sus hombres. Se interpretaba que todos los que viajaran fuera de los caminos buscaban evadirse de los Malacara y aquel anciano iba en una balsa por el río, lo cual era aún peor. El pobre desgraciado no se resistió, lo llevaron con Eduardo, porque su hermano debía estar ebrio con algunas putas en uno de sus burdeles y hablaron.


Lo normal era que lo ejecutaran en el acto, pero el prisionero debía tener algo diferente. Nadie supo nunca qué movió a la piedad de Eduardo Malacara esa noche, años después se dijo que había consumido mota, lo que le nubló el entendimiento, pero los mejor enterados sabían que no tenía lógica porque no sólo le perdonó la vida al anciano sino que al día siguiente, cuando los efectos de cualquier droga ya se habían disipado, lo llevó ante el lecho de su hermano sin esperar siquiera a que este se pusiera los calzoncillos y tras despedir a las mozas hablaron a puerta cerrada. Las versiones de la plebe eran contradictorias, ya se sabe, lo que decían sus empleados y los chiquillos tenía casi la misma credibilidad. Unos aseguraban que el viejo era un mago de la mismísima Niña Blanca, otros que un traficante rival, Don Malaquías Santos en persona, que había sido asesinado y luego regresó de la tumba porque los Malacara lo invocaron con brujería de sangre y esperma, sacrificando a uno de sus bastardos recién nacido. Puras pendejadas. Lo que se sabe es que el anciano se convirtió en uno de sus hombres de confianza y tuvo a su cargo a siete legiones de los más fieros halcones que se han visto nunca por el Arroyo Marciano.


En poco tiempo el anciano llegó a ser no sólo su primer comandante, sino un incondicional. Ya para entonces mencionar su nombre causaba pavor en propios y ajenos. Esdras, se llamaba, un nombre que en principio parecía inofensivo pero que a nadie lograba engañar. Se paseaba por las almenas vigilando muy de cerca las operaciones de logística tanto del castillo como de la entrega de mercancía y ante el más mínimo error montaba en cólera. Se decía que ejecutaba no sólo para darle una lección a quienes dejaba vivos, sino simplemente porque le gustaba matar. Bajo su auspicio se idearon las peores torturas que jamás se vieron en este ni en otro castillo; el toro incandescente con ácido donde hervía vivos y deshacía los cuerpos de los sentenciados, otra llamada huevos y pescado que consistía en obligar a los prisioneros a meter los testículos en una tinaja con pirañas, y toda clase de crueldades. Pero los Malacara estaban muy contentos con él, en menos de un año quintuplicó la producción y venta de estupefacientes en quince reinos y feudos francos a la redonda, así que oro y joyas fluían como el arroyo mismo.


Los que conocieron a Don Tiburcio Malacara, que ya para entonces quedaban muy pocos, sabían que su linaje no era dado a las conquistas. Preferían persuadir que colonizar, vender antes que clavarle la punta de la espada en las tripas a un infeliz, al menos en el extranjero. Lo suyo era el comercio y mientras nadie les exigiera tributo no iban a la guerra. Pero eso cambió con la prosperidad exacerbada. No se sabe si fue la influencia directa de Esdras o si el oro los enfermó de codicia, pero unos años más tarde los hermanos empezaron a abrigar anhelos de batalla en sus corazones que hasta entonces se habían contentado con los placeres más simples de las mujeres y el alcohol. Su primera incursión fue en La Estocada, como es de esperar, un reino muy, muy cercano. No iban a irse tan lejos en su primera vez. Ahí subyugaron casi sin resistencia al ministro Jarocho, como se llamaba el que entonces gobernaba, y este les ofreció la mano de su hija a cambio de que le perdonaran la vida. Podían haberlo matado y tomarla de todas formas, pero Esdras muy astuto, como ya era habitual, les aconsejó asegurándoles que era más conveniente dejar gobernando en su nombre a alguien que ya fuera aceptado desde antes por la comunidad. Así lo hicieron. El problema se dio cuando llegó la hora de decidir quién se casaría con la hija de Jarocho. Roberto insistía en que debía ser él, por tratarse del mayor de los hermanos, pero Eduardo había comandado a las tropas que tomaron el castillo cuando su hermano se encontraba, nada raro, en su tienda acompañado por mujeres y desmayado por los efectos etílicos. La disputa no tenía una solución sencilla pues además Alejandra, la hija del ministro, no era nada fea sino que era sonrojada y de carnes diáfanas, y juraba su padre, pura como las aguas del deshielo en los picos de los cerros. Esdras les recomendó que calmaran sus ánimos, que era apresurado desposarse con una noble vencida en su primera conquista, pero al parecer los dos quedaron tan satisfechos por el buen ver de la muchacha que ninguno cedió. Así que les propuso esperar, que se decidieran hasta ver a las otras nobles de sus futuras conquistas con las que podrían casarse y que entonces, quizá, tendrían más opciones para quedarse cada quien con la que mejor prefiriera. Eduardo fue el que habló. Dijo que Roberto podría casarse con Alejandra si a él se le permitía elegir, durante los próximos dos años, a cualquiera de las princesas de los otros castillos que anexionaran, pero que no la desposaría hasta entonces. Roberto, rápido en la cólera como en la amistad, porque desconocía la mesura, aceptó al instante y abrazó a su hermano con una sonrisa sellando el juramento. Esa noche volvió a emborracharse y bailó con todas las damas de la corte y hasta cenó pasándole el brazo sobre los hombros al que ya veía como su futuro suegro, y no paró hasta que vomitó los tacos de venado pibil a un costado de la larga mesa.

Los dos años pasaron y las conquistas de los Malacara se multiplicaron como un prodigio hasta que la expansión los llevó a las puertas de la Ciudad de Jade, sitio que aún hoy sigue siendo un enigma. A partir de aquí la historia es aún más confusa. Sabemos lo que pasó en los salones del ministro Jarocho porque su visir tomó notas de lo acontecido, pero sobre lo que pasó en las selvas del recóndito oriente, si alguien lo escribió nadie en esta parte del mundo lo ha leído, así que sólo lo sabemos de oídas y a como nos llegaron las historias, contándosela uno al otro y así hasta alcanzarnos, como ese juego de niños del chismoso sordo.


Se dice que los hermanos encontraron en la impenetrable jungla una ciudad hecha de piedras volcánicas cuadrangulares, con efigies de hombres que tenían la cabeza como dátiles, alargada y de amplia frente, pero que era habitada por una tribu de fieros guerreros albinos que algunos eruditos y briagos aseguran que no eran los que construyeron la ciudad, sino que la habitaron después, pero de eso ya hace tanto que nadie lo recuerda. Sea como fuere, su arribo resultó en la colección de batallas más impresionante que jamás hayan enfrentado los ejércitos de los Malacara y de ningún otro viejón desde entonces. Por las noches los soldados al servicio de los hermanos desaparecían de sus campamentos de donde eran arrastrados por inmensas fieras que nadie podía ver pero cuyos gruñidos todos podían oír y les helaba la sangre en las venas. En las campañas diurnas perseguían a una guarnición de estos hombres blancos y cuando los perdían de vista en algún recodo de la vegetación tropical, eran atacados por inmensos murciélagos, lagartos del tamaño de elefantes y unas bestias que nadie conoce parecidas a unicornios con el cuerpo acorazado de los armadillos. Fue una guerra cruenta cuyos detalles es una lástima que nadie sepa bien pues sería una gran historia, pero que los hermanos ganaron casi de milagro, eso es un hecho. Como ya era costumbre, exigieron ver a la princesa de aquella ciudad. Y quiso la mala fortuna, o las vírgencitas, o nuestro viejón Malaquías Santos, que la fecha en que les fue presentada aquella belleza excepcional, excepcional de toda excepción, rindiéndose, arrodillada ante los Malacara, coincidiera exactamente con el plazo de dos años en que Roberto y Eduardo habían hecho su acuerdo. Así que algunos aseguraban que esa mujer, de nombre Azadia, no estaba incluida en el trato pues el tiempo límite se había cumplido la noche anterior. Otros decían que sí, si tomamos en cuenta que el año era bisiesto. Sea como fuere, desde el instante en que Eduardo posó sus ojos sobre la cara de aquella joven, que dicen que tenía las pestañas de una diosa y los labios de un carbón al rojo vivo, y una blancura que superaba la de las nubes en un dorado amanecer, supo que había nacido sólo para hacerla suya. Y como el carácter de Roberto era indómito y poco dado a los detalles, no entendió nada de fechas y aceptó sin reparos. Una semana después estaban celebrando el banquete de conquista con sus nuevos lugartenientes cuando comenzó el baile. Para cuando se formaron las primeras parejas, Roberto ya apestaba a mezcal y licor de coco y decía chistes de sobremesa que, según se contó, le hacían enorme gracia a Azadia, quien con sorpresa y enojo, Eduardo descubrió era también aficionada a la bebida.


La noche transcurrió entre el ensueño del poder y la dulzura de la música, la embriaguez y la comida abundante, todo lo que un alma justa puede esperar de esta corta vida, pero Eduardo, a pesar de que estaba en la cima del deseo, de que era indiscutible que se trataba de uno de los hombres más poderosos de este mundo, no se sentía feliz. Su futura esposa permanecía hechizada por el encanto de su futuro cuñado, su hermano, y este no parecía darse cuenta de lo inapropiado de la situación, o si lo hacía, no le importaba porque así era Roberto, lo que resultaba todavía peor.


En algún momento de la velada, ambos, Roberto y Azadia, estaban tan extasiados el uno con el otro que él fue incluso más lejos y decidió sacar a la joven a bailar. Dicen que le dijo a su hermano: "Ya que vas a tenerla para siempre, déjame a mí tenerla al menos para esta pieza". Y la tuvo, sólo que el baile comenzó en la pista y terminó en la cama, valiéndose de un descuido de Eduardo. Ahora bien, unas versiones cuentan que Eduardo abandonó la fortaleza desairado por la ofensa en cuanto Roberto sacó a su futura esposa a bailar, y que ese fue su fallo; otras dicen que, para diluir su rabia, se enfrascó en asuntos de estado con su futuro suegro, el padrastro de Azadia, y que Roberto aprovechó la concentración de su hermano en aquella platica para llevarse a la joven a una de las habitaciones. Incluso se dice que entre aquella gente semisalvaje era costumbre copular después de un baile, y que Azadia debió suponer que Eduardo lo entendería. No importa. Fueron encontrados en pleno acto por uno de los mozos que tampoco se sabe muy bien por qué, dio lugar al entonces rey, luego virrey, el padrastro de la joven, y este, quizá pensando que era su deber, le informó a Eduardo de la situación y el mismo Eduardo acabaría viéndolos entregados a la más suprema lujuria mientras permanecía con los ojos inyectados de sangre, sus fosas nasales dilatadas exhalando con un vigor endemoniado y los puños tan apretados que con las uñas se hacía daño. Los presentes creyeron que se desataría su cólera y que presenciarían un fatricidio, pero no. En plena noche Eduardo tomó su caballo y desapareció en la espesura acompañado por la mitad de los hombres de los Malacara, sobrevivientes de la guerra, y por Esdras.


Una semana más tarde, Roberto recibió una carta en el castillo de aquellas gentes escrita de puño y letra de Esdras. En ella le decía que había conseguido tranquilizar a su hermano, que le había explicado lo de las fechas y que este había accedido a casarse con Alejandra, la hija del ministro Jarocho y con quien había comenzado toda aquella controversia en primer lugar. Pero quienes conocían a Roberto sabían que su reacción no auguraba nada bueno, ya que si bien no mostró preocupación ante la buena nueva, pues no era de los que se preocupan, tampoco se le percibió con la alegría que cabría esperar luego de saber que las cosas se habían arreglado con su hermano. Pocos días después se aclararía, cuando las malas noticias llegaran a todas partes con su asquerosa y habitual velocidad.


Y es que en cuanto Eduardo llegó a La Estocada fue recibido por un Jarocho nervioso y pálido y no era para menos, detrás salió Alejandra, su hija, con un niño pequeño en brazos que tenía los inconfundibles rasgos de Roberto, el pelo castaño, la mandíbula y la mirada. Resultó que dos años antes, a un par de días del abrazo con Eduardo, Roberto no pudo resistir la tentación de regresar al castillo para hacerle una visita. Lo que ocurrió cuando Eduardo se enteró es algo que el visir del ministro prefirió no escribir. Sólo sabemos que Eduardo, Esdras y sus hombres no pasaron la noche en el mismo castillo que el hijo bastardo de Roberto y se embarcaron de inmediato hacia El carnaval de los sueños, su palacio que entonces poseía riquezas que otros narcos no podían siquiera, por decencia, ambicionar.


A partir de aquí tenemos un período de silencio que duró varios meses. Sabemos que Esdras no se mantuvo todo el tiempo con Eduardo sino que regresó junto a Roberto en más de una ocasión y que ante los cuestionamientos de este, a quien por primera vez se le notaba cierta intranquilidad por lo ocurrido, decía que Eduardo llevaba con diligencia los asuntos del palacio pero que su pensamiento sólo lo conocía él, todo esto para acto seguido escabullirse de las órdenes de Roberto e ir a hablar con ciertos personajes de la Ciudad de Jade, shamanes, brujos y propietarios de establecimientos de tepache, cosas así.


Roberto no se decidió a buscar a su hermano, esperando que aquel hiciera el primer movimiento, que finalmente llegó. Un día, Esdras apareció con la noticia de que Eduardo quería hacer las paces definitivas con Roberto, de que había decidido casarse con Sonia Albatros, una hija de un Contador venido a menos que fue de los primeros en caer ante sus huestes, y que todo quedaba perdonado.


Roberto lo celebró con una borrachera descomunal y metiendo a varias prostitutas con Azadia y él en la misma cama (la princesa tenía sus aficiones, como ya queda demostrado). Así pues, no pasó mucho hasta que ambos hermanos se encontraron y se dieron un inmenso abrazo, que esta vez Roberto juró era sincero y con sendas lágrimas en las mejillas le dijo que lo sentía. Eduardo no insistió en el asunto, le aclaró que tenía intenciones de pasar junto a su esposa Sonia una temporada en la Ciudad de Jade, y Roberto, que estaba en desventaja estratégica, accedió a todas sus demandas. Se acordó que Roberto se trasladaría con Azadia al Carnaval de los sueños (estaba impaciente por mostrarle a su amante los placeres de aquel lugar), mientras Eduardo se acomodaba en el castillo de la gente blanca atendido por el padrastro de Azadia. Cambiarían lugares para evitar malentendidos. De nueva cuenta, Eduardo se llevaría a Esdras consigo.


Transcurrió un año de paz en el que apenas podemos saber pasajes interesantes. Como los bacanales que Roberto y su consorte organizaban en el palacio, donde invitaban a hombres y mujeres jóvenes de todos los confines de su imperio para participar en las maratónicas sesiones de sexo, drogas y alcohol sin freno que ambos presidían. A estas alturas, ya eran tenidos por unos despóticos tiranos que explotaban al pueblo para garantizarse una vida de evasión y lujos depravados, pero nadie se atrevía a decirlo en voz alta.


Hasta que una tarde, sin previo aviso, Eduardo se presentó con sus hombres en las inmediaciones del Carnaval. Iba de un lado para otro montado en su caballo junto a las murallas, gritando el nombre de su hermano, quien salió con una punzante resaca hasta el balcón para recibirlo, creyendo que se trataría de un feliz reencuentro. En cambio, escuchó a Eduardo, sangre de su sangre, maldiciéndolo, jurando que ese mismo día encontraría su fin, que lo mataría sin piedad pero no sin antes hacerle sufrir indecibles horrores.


Roberto estaba desconcertado, pidió a voz en cuello una aspirina para asimilar la situación y se la trajeron de inmediato. Ya más repuesto, bajó con su séquito y rodeado de las lanzas de sus mejores hombres para encararse con Eduardo.


-He descubierto la forma de darte la muerte más cruel- decía Eduardo, sin dejar de galopar, frenético. -Si te hubiera asesinado ese día, cuando te descubrí con la mujer que me correspondía por derecho- y la señalaba, pues Azadia en ningún momento se separó de Roberto- si hubiera clavado una daga en tu cuello habría quedado maldito por derramar la sangre de mi hermano. Me habría embargado la tristeza aún más de lo que ya me corroía tras descubrir tu traición. Pero me detuve y pensé, ¿cómo hacías tú para no sentir culpa, para no sentirte nunca afligido? Lo conseguías entregando tu cuerpo al vicio, te desembarazabas del dolor por medio del placer. Y el placer, hombres como nosotros lo tenemos porque tenemos el poder. Y sobre el poder, ahora tengo uno que es muy superior al tuyo, por lo tanto tendré un placer tan grande que me permitirá librarme del agobio de acabar contigo sin condenarme por derramar tu sangre. ¡El placer por el poder de purificarte con fuego!


Y condujo raudo a su montura hasta donde se encontraba Esdras, quien le entregó una botella lustrosa que contenía un líquido negro. Se dice que en cuanto lo vio, Azadia se apresuró en explicarle a Roberto que su hermano había descifrado la habilidad de la Metamorfosis de la gente blanca, su pueblo, y que la usaría en su contra. Si quería sobrevivir, tenían que huir. Aunque otras versiones afirman que tras escuchar a su esposa Roberto le gritó a su hermano: "¡Ja, y tú siempre has sido un marica!". De ser esto último cierto, Eduardo no toleró el agravio y se bebió el contenido de la botella de un trago para después romperla a los pies de su caballo y en seguida descender del mismo.


Unos segundos más tarde empezó a brotar humo de sus poros y su cuerpo comenzó a deformarse, la espina dorsal brotaba de su espalda, creciendo en magnitud hasta que de los brazos le salieron unas membranas como alas y del cráneo cuernos afilados. Se cubrió de llamas anaranjadas, esmeraldas y doradas, su boca se alargó hasta volverse un morro y sus dientes se retorcieron como colmillos sin que en ningún momento parara de aumentar de tamaño en todas direcciones. El proceso se detuvo cuando se convirtió en un dragón espantoso del tamaño del palacio.


Cuando fue evidente que la transformación era, más que monstruosa, un peligro mortal, casi todos los hombres al servicio de los Malacara huyeron, excepto Esdras y alguno que otro chiflado. Roberto se quedó inmóvil, atemorizado como un infante y sólo Azadia pudo hacerlo reaccionar. Había recogido una de las lanzas que los hombres tiraron en su huida, la colocó frente a los ojos de Roberto a lado de un dije que ella solía usar entre los pechos y que él conocía muy bien. Le dijo que tendría que detenerlo, que el amuleto le daría la ventaja, que ya era demasiado tarde para escabullirse porque si lo intentaban los cazaría y los mataría, que tendría que matarlo primero. Hizo un nudo con el amuleto en la punta de la lanza y se la puso a Roberto entre las manos antes de darle un beso que a todas luces le infundió nuevos bríos.


Azadia corrió para guarecerse, se cree que bajo una balsa que volteó para estar segura en la concavidad, y Roberto sostuvo la lanza con ambas manos apuntando hacia su hermano cuando este alzó el vuelo. Era una bestia imponente de púas y músculos que viraba en los aires por las nubes para dejarse caer en picada sobre el palacio incendiando las almenas, derritiendo la roca y los metales preciosos que estas contenían. Redujo a cenizas cientos de árboles de los alrededores y se comía de un bocado a los hombres que poco antes habían corrido despavoridos de la escena con todo y sus caballos. Por más que lo intentaba, Roberto no conseguía llamar la atención de la fiera, y pensó que tal vez lo que fuera su hermano había perdido el raciocinio cuando vio en el dije, una superficie negra pulida, el reflejo de un rostro detrás de él. Era Esdras, había permanecido en su sitio y miraba con asombro el vuelo de la criatura. No lo dudó, le arrojó la lanza clavándosela en el pescuezo y dejó que se muriera de asfixia entre borbotones de sangre.


El dragón emitió un rugido insoportable que hizo vibrar la tierra y se dejó ir como un águila contra un ratón, con sus ojos como dos esferas rojizas, sobre Roberto. Cayó a su lado con todo su peso, del temblor que produjo al aterrizar Roberto perdió el equilibrio pero en ningún momento soltó la lanza. Entonces el monstruo cerró las mandíbulas en torno al estómago del que fuera su hermano atravesando vísceras, costillas, músculos de nalgas y piernas, así como el brazo que le quedaba libre. Sus fauces eran como garfios ardientes.


La criatura despegó de nuevo, esta vez hacia el centro del Arroyo Marciano, que es más bien un río enorme pero recibe ese nombre desde épocas inmemoriales. Se dice que latigueó con su cuello de serpiente proyectando a Roberto muy por encima en el firmamento, se cuenta también que lo calcinó en el aire con una bola de fuego y que Roberto, ya achicharrado, cayó sobre los ojos de la criatura sin haber soltado la lanza porque probablemente tenía la mano, piel y carne, fundida a la empuñadura. Se dice igual, que la lanza penetró en el cerebro del dragón junto con el dije de Azadia y que le ocasionó una aparatosa muerte, como una tormenta eléctrica, con rayos que salían de sus miembros y de su larga cola espasmódica, justo antes de devorar lo que quedaba de Roberto y precipitarse juntos al fondo del río.


Esa misma noche, entre el vapor, ya que el río hirvió y sus aguas quedaron envenenadas mucho tiempo después (fue un milagro que no se evaporara por completo), los siervos que atestiguaron el terror desde una distancia afortunada, vieron a una mujer navegar en una balsa, alejándose del Carnaval de los Sueños.


Hay un manantial de agua mineral a varias leguas de aquí, de ahí extraje esa que te estás bebiendo. Se especula también que brotó ese mismo día, que fue el último que se supo algo del pueblo blanco.”


Concluyó el viejo.


2


A Daniel su padre le había comprado caña y carrete para matar el aburrimiento. También le había conseguido una lancha para que pudiera pescar en aguas profundas. Había pescado poco, pero en cambio se dedicó a recorrer el río una infinidad de veces buscando cualquier indicio de la historia de los hermanos Malacara. Como se lo temía, todo era un cuento absurdo. Tenía que serlo, pues no había una sola evidencia de que en él yacieran los restos de un animal tan enorme en las profundidades. Pero una tarde, un día antes de partir de aquella región, cuando se terminó la asignación de trabajo de su padre, en una fecha indeterminada de aquel año bisiesto, comprobó que aquel viejo con el que había tomado agua mineral podía ser un ebrio, o un loco, o las dos cosas, pero no un mentiroso. En vano intentó conducir a su padre y a otros hasta donde había encontrado el esqueleto enorme, petrificado, de un monstruo devolviéndole la mirada a través de la claridad turquesa de las aguas y del tiempo, más allá de la muerte. No pudo hacerlo en las pocas horas que le quedaban para estar ahí, en el Arroyo Marciano, antes de irse para no volver jamás.


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