El sueño de Nate

Nate abrió los ojos, estaba sentado en el viejo sillón en la sala de la casa de su abuela. Su mente tardó unos instantes en comprender quién era y en dónde se encontraba.


-Era solo un sueño-. Exclamó.


Hacía apenas unos meses que había cumplido cuarenta años, el mismo día que le llamaron para decirle que Nancy, su madre, había fallecido, con lo cual se convertía en único heredero de las posesiones de ella, incluyendo la casa de la abuela. Aunque su madre no murió en esa casa, de hecho Nancy llevaba varios años viviendo en un lujoso asilo de ancianos en Galveston, donde hasta hacía poco tiempo, él rara vez la visitaba. No era un mal hijo, pero su trabajo era muy demandante y necesario para poder pagar la renta de su departamento en el centro de Houston. Además su esposa se molestaba mucho cuando Nate visitaba a su madre. Suegra y nuera sentían un desagrado mutuo desde el día en que se conocieron, pero aunque su madre era más discreta y no hacía mención de ello a Nate, Rosie su mujer no tenía el menor empacho en expresar lo mucho que odiaba a Nancy. Este odio de Rosie hacia su suegra se acrecentó cuando la abuela de Nate murió dejando su enorme casa con varios acres frente a la playa y un jugoso fideicomiso a nombre de su hija Nancy. Al principio Rosie estaba feliz, sugirió a Nate hablar con su madre y pedirle que vendiera la casa, con el valor actual de los bienes raíces y la ubicación de semejante mansión -cerca de los mejores hoteles- seguramente valdría una fortuna, incluso Rosie comenzó a contactar por internet a varios agentes inmobiliarios quienes mostraron un gran interés en hacer una cita con la familia. Nate por su parte prefería acondicionar la residencia y convertirla en un hostal de alta categoría, aprovechando los hermosos muebles que la abuela había coleccionado durante su vida. Con una pequeña inversión se podría lograr hacer un muy buen negocio con los turistas que buscan el lado más histórico en sus viajes.


En cualquier caso, se necesitaba el visto bueno de su madre, así que unas semanas después del funeral de la abuela, Nate fue a hablar con ella para proponerle el proyecto. Pero Nancy se negó rotundamente a cualquiera de las opciones que Nate le mencionó.


-¿Está Rosie detrás de esto?- preguntó Nancy -Dile a tu mujer que jamás verá un solo centavo de mi parte, y… Nate, te amo hijo y sé que tus intenciones son buenas, pero mientras estés casado con ella y yo esté viva, tú tampoco obtendrás dinero de mí.


Hasta cierto punto Nate comprendía a su madre, sabía que Rosie jamás tuvo un gesto de amabilidad hacia Nancy, incluso un par de veces llegó a hacer comentarios bastante groseros, como la navidad en la que Rosie bebió de más y le dijo a su suegra en su cara y frente a algunos familiares y amigos que era una corriente hija de inmigrantes ilegales y que si Nate esperaba que ella le diera hijos, más le valía apagar su lado mexicano pues no quería tener bebes de piel morena como Nancy.


Rosie no era la persona más agradable, sin embargo, Nate la amaba y sentía que su deber como esposo era estar del lado de su mujer.


Cuando le comentó a su esposa lo que su madre había dicho, Rosie se puso furiosa, arrojó un refractario de vidrio al suelo del apartamento el cual se hizo añicos con un estridente ruido que a Nate se le antojó más agradable que los gritos de su mujer. Rosie estuvo gritando por horas, Nate trataba de calmarla pero esto solo lograba que ella se enfureciera y gritara con más rabia. Tanto escándalo armó que una vecina llamó a la policía, quienes después de amonestar a la mujer diciéndole que su ruido estaba importunando a los vecinos, lograron calmarla. Al marcharse los oficiales, Nate notó algo en su mujer, su rostro se endureció y desde ese momento comenzó a tratarlo con desprecio y a pesar de que él intentó subsanar las molestias de Rosie de muchas maneras, el rencor de su mujer hacia él y su madre sólo empeoró, su matrimonio se agrió sin remedio y él se refugió en su trabajo.

Pasaron algunos años, él ocasionalmente visitaba a su madre, con lo que sentía que, aunque molestaba a Rosie, al menos le daba su espacio, y para él, era un respiro del tedioso malestar de estar encerrado con una mujer que casi ni le dirigía la palabra.


Un lunes por la mañana, mientras trataba de concretar una venta con un cliente por teléfono, un hombre entró en su oficina y le entregó una notificación de divorcio. Se quedó sentado viendo los papeles sin leerlos, no era necesario. Algunos minutos después recibió varios mensajes de Rosie diciendo:


No regreses hasta el miércoles para poder sacar mis pertenencias del departamento

Vete con tu madre hasta entonces

Seguramente en ese asilo tan caro que paga tendrán un sofá para los visitantes

No me llames pues no contestaré


Nate obedeció, no volvió el miércoles. De hecho lo hizo hasta el domingo cuando después de pasar varias agradables tardes con su madre, recobró los ánimos.


En todos los años desde el fallecimiento de su abuela, Nate no se había sentido tan libre y tan feliz como después de esos días que pasó en la casa de ancianos, era como si volviera a ser un niño. Su madre lo acompañó al centro comercial donde le compró ropa y cosas necesarias para que no tuviera que regresar por sus pertenencias al departamento hasta que su mente se hubiera relajado. Lo obligó a pedir varios días de vacaciones en el trabajo y pasaron una muy buena semana juntos. El domingo vació el departamento que tantos años compartió con su esposa, lo hizo de manera mecánica, sin sentimientos encontrados. A donde volteaba sólo recordaba amargura y resentimiento, así que lo que Nate quería era acabar lo más pronto posible con dicha tarea.


Llevó sus pertenencias a un pequeño pero lujoso apartamento en League City, su madre pagó por adelantado la renta de un año y le dijo que no se preocupara por el dinero, que arreglara su divorcio y que rehiciera su vida.


Y así lo hizo, su nuevo departamento estaba prácticamente a medio camino entre su trabajo y el asilo de ancianos, así que las visitas fueron más frecuentes.


Nancy le sugería con frecuencia que buscara una nueva pareja, incluso le regaló un nuevo Smartphone y lo obligó a descargar Tinder, lo cual hizo a regañadientes. En su interior lo que a Nate le preocupaba era encontrarse a Rosie en Tinder y darse cuenta que aún tenía sentimientos por ella. Lo cual sucedió varias semanas después, cuando fue a firmar los papeles deldivorcio. Rosie bajó de un sedán negro muy lustroso, al verla no pudo reprimir un sentimiento de coraje, ella se veía muy bien, siempre fue muy guapa y ahora que no estaban juntos sintió desasosiego. Del lado del piloto un tipo alto y atlético se apeó del vehículo. Nate lo había visto, era el maestro de literatura de Rosie, Nate siempre pensó que el tipo flirteaba con su esposa pero dadas las diferencias físicas entre ambos hombres hubiera sido insensato retarlo. Ahora Nate se sentía como un pequeño sapo que había perdido a la princesa a manos de un verdadero príncipe.


-Hola, Nate- dijo Rosie con frialdad mientras el maestro de literatura la sostenía de la cintura –mira, siento mucho la manera en que esto pasó, hubiera querido hacerlo de otra forma pero te agradezco que hayas comprendido.


-Te felicito, Nate, por tu caballerosidad y por tu manera de comportarte frente a esta situación- le dijo el maestro-. Espero que entiendas que lo que hay entre Rosie y yo es circunstancial y nada tiene que ver contigo.


Nate tosió de forma nerviosa, se sentía tan insignificante en ese momento, debió haberse dado cuenta, ¿de qué otra manera Rosie había logrado sobrellevar varios años con una persona por la que ella solo sentía amargura? Seguramente el romance entre ellos llevaba mucho tiempo, cuando Rosie le decía que pasaría la noche con las chicas preparando un seminario o que realizarían un viaje de estudios, con quien en realidad pasaba el tiempo era con Don Señor Maestro. Nate procuró quitarse del camino pues creía que si le daba espacio Rosie eventualmente estaría bien, pero lo que hizo fue dejar que se la robaran sin dar la mas mínima pelea. Típico de él, no tenía carácter, nunca lo había tenido, por eso a sus casi cuarenta volvía a vivir bajo las alas de su madre. Al menos iba bien vestido a la cita de divorcio, con un buen traje que su madre le acababa de comprar.


-¿Estás bien?- preguntó Rosie.


-Sí- contestó Nate-. Sólo que me di cuenta que volví a ser un sapo.


Pero Rosie ya no escuchó esto último, el abogado les había hecho una seña para que entraran a la oficina y el maestro de literatura apresuraba a Rosie empujándola levemente con su enorme mano rozándole la espalda baja. Nate se quedó unos segundos rezagado, notó que Rosie se veía muy bien en ese vestido apretado, al abrirle la puerta para que entrara, el maestro dio una ligera palmada en las nalgas de la mujer y sonrió sardónicamente a Nate.


Luego del “divorcio amigable” Nate entró en un bar y bebió hasta emborracharse. Regresó conduciendo con sumo cuidado hacia su departamento pero para su mala suerte un policía lo detuvo unas calles antes de llegar. El oficial le preguntó cuánto había bebido y Nate tuvo un ataque de risa y luego comenzó a llorar. Evidentemente estaba ebrio y el oficial lo arrestó. Se lo llevaron detenido y lo ficharon, Nate no recordó nada de eso ya que estaba tan cansado que se quedó dormido en la patrulla y lo tuvieron que llevar a rastras a una celda donde durmió hasta la mañana siguiente.


Su madre pagó la fianza pero aún así tuvo que ir a la corte y le retiraron la licencia de conducir, además de que lo obligaron a tomar un curso de responsabilidad para conductores y el juez lo sentenció a treinta horas de servicio comunitario.


Al poco tiempo y por sugerencia de su madre a quien visitaba casi cada tarde, Nate retomó la serenidad y decidió darle una oportunidad a Tinder.


Aunque se dio cuenta de que la efectividad de la famosa aplicación era menor a la que él había creído, Nancy le sugería hacer cambios en su perfil y tomarse fotos mejores, pero aún así sólo logró hacer un par de “matches” y en ambos casos las chicas perdieron interés al poco tiempo de haber comenzado a conversar con él.


Por esos días Nancy le informó que le habían diagnosticado un cáncer y que el doctor pronosticaba que le quedaba poco tiempo de vida; le hizo prometer que él no dejaría que eso interfiriera con sus planes, que no dejaría su trabajo y que no la vería con lástima.


Así lo hizo, Nate trataba de alejar de su mente cualquier idea triste respecto a su madre e intentó darle los mejores momentos cada vez que la visitaba, la paseaba por la playa en su silla de ruedas, la llevaba a obras de teatro y hasta le inventaba falsas historias de chicas con las que había conversado por Tinder o en algún bar para solteros.


Incluso Nate trató de tocar un tema que siempre fue tabú en su familia, la identidad de su padre. Pero Nancy fue muy firme:


-Nate, deja de vivir en el pasado, yo misma no recuerdo mucho de tu padre, se fue y nunca regresó, yo pronto me iré también y deberás dejarme atrás. Cuando esto haya pasado tendrás una herencia nada despreciable y debes prometerme que comenzarás tu vida de cero, sin buscar en los cajones del olvido, piensa en el futuro y, sobre todo, deja de recordar tu matrimonio que como el mío fue un fracaso. Debes aceptarlo.


El cáncer acabó muy rápido con Nancy, aunado a que ella decidió no someterse a ningún tipo de tratamiento su salud se deterioró en cuestión de meses y aunque el dolor en su cuerpo era terrible, la mujer aguantó prácticamente sin queja alguna. Nate había planeado cenar con su madre para celebrar su cumpleaños número cuarenta. Debido a la fragilidad del estado de Nancy no podrían salir a algún restaurante, tendrían que pasarlo en su cuarto del asilo, que había dejado de ser un agradable dormitorio para ancianos con dinero para convertirse en una sala de cuidados intensivos con todos los aparatos que ayudaban a Nancy a mantenerse con vida y lo más cómoda posible.


Nate ordenó langosta de un restaurante del centro, parecía ser de las pocas cosas que el estómago de Nancy aún toleraba y hasta compró un poco de mariguana para fumarla con su madre. La había convencido de que eso la ayudaría a disminuir el dolor y la fumaban regularmente arrojando el humo por la ventana una vez que la enfermera había hecho el último rondín de la noche. Nancy bromeaba entre risotadas, decía que después de una vida alejada de los vicios había venido a convertirse en una drogadicta al final de sus días.

Pero la celebración no se llevó a cabo. Nancy murió dormida esa misma mañana y él acabó cenándose la langosta sentado en un solitario rincón de la funeraria.


***


Varias semanas más tarde el abogado de la familia le llamó para invitarlo a desayunar en sus oficinas. Nate acudió a la cita puntual y bien vestido. Después del funeral de Nancy esta era la primera vez que se rasuraba y se hacía un corte de cabello. El abogado Mel Patrick era un tipo muy agradable, su idea de un desayuno era beber café cargado con coñac y fumar habanos. Apenas picó el plato de huevos y jamón que la cocinera le había llevado, pero Nate comió con ganas, tenía días comiendo a deshoras y su rendimiento laboral era muy bajo.


Mel le comunicó que su madre le había dejado el fideicomiso respaldado a su nombre más un par de propiedades que estaban en renta de cuya existencia Nate ni siquiera sabía. La herencia incluía dinero en una cuenta bancaria y la casa de su abuela en la playa.


-Te recomiendo que renuncies a tu trabajo, hijo- le comentó el abogado expulsando humo oscuro entre los dientes –vende las propiedades, cómprate una casa en Florida donde el mar está más limpio y consigue unas damitas ¿eh?- le dijo, guiñándole el ojo. -Con esto que has heredado, nunca tendrás que volver a trabajar en tu vida, es momento de que retomes el control, es lo que tu madre hubiera querido.


Nate salió de la oficina de Patrick con renovados bríos, desde su divorcio había descuidado mucho su persona, había bajado (¿subido o bajado?) de peso y se pasaba el tiempo libre mirando hacia la nada. Y en el trabajo estaba a punto de ser despedido. Su falta de interés le había provocado muchos problemas con su jefe quien ya le había alzado la voz en dos ocasiones. Nate pensó que en realidad estaba harto de ese trabajo y estaba harto de su jefe, así que se dirigió a la oficina y le comunicó que se largaba. Su jefe trató de protestar, no porque Nate fuera indispensable, sino porque esa semana tenía una cita con dos de los mejores clientes de la empresa y Nate había sido el contacto directo de ellos.


-Nate, no seas un chulo, al menos quédate hasta cerrar el contrato con Higgins.


-Fred, puedes cerrar el trato tú mismo, no me necesitas- le había dicho Nate.


-Nate, si te vas de esta manera, te juro que no volverás a conseguir trabajo en esta ciudad.


-Tomaré el riesgo, Fred, por cierto, quema las cosas de mi escritorio, o tíralas, o dáselas a cualquiera de los muchachos. Hay un block de contabilidad nuevo en el cajón, no me llevaré nada.


Salió sin despedirse de sus compañeros y lo primero que hizo fue inscribirse en un gimnasio, estaba decidido a empezar de nuevo, claro que en su posición no empezaría desde abajo como muchas personas que fracasan en su vida. Quizás ahora sea tiempo de dejar de ser un sapo, pensó.


Al pasar las semanas su confianza en sí mismo fue mejorando notablemente, se obsesionó con su imagen, pasaba largos periodos en el gimnasio y frecuentaba bares para solteros, lo cual dio mejor resultado que las aplicaciones electrónicas, conoció a un par de chicas y por primera vez en su vida sintió que tenía potencial.


Una tarde mientras bebía unos tragos con una chica italiana a la que había conocido en un bar, Nate se sintió aburrido por la plática, especialmente por la barrera del lenguaje, él no hablaba italiano y la chica hablaba un pésimo inglés, aún así, Nate pensaba llevarla a la mansión de su abuela a donde se había mudado después de hablar con Mel Patrick. Las pocas citas románticas que había conseguido en los últimos meses las había rematado llevando a las chicas ahí, lo cual las impresionaba. No era un Don Juan, pero el dinero es algo que facilitaba sus encuentros amorosos. Además, las mujeres no se resistían a pasar un fin de semana en una casa frente a la playa y lo que a Nate sí le sobraba, era caballerosidad.


En cierto momento la chica italiana se disculpó y fue al sanitario. Nate aprovechó la ausencia de la mujer para tomar su celular y comenzó a deslizar las recomendaciones de Tinder, lo cual, aunqueno era muy productivo, se había convertido en una especie de obsesión. Deslizaba la pantalla hacia la derecha casi con cualquier chica pues creía que al menos así aumentaban sus posibilidades de encontrar una nueva cita. -Creo que tengo una adicción- se dijo-. Pero al menos puedo costearla.


La pantalla de su teléfono le mostró la foto de una mujer, su tono de piel era moreno oscuro, de rasgos marcados y cabello largo y negro. La chica en la fotografía no era muy hermosa en los estándares de belleza de la televisión, pero los estándares de belleza de Nate eran mucho más flexibles. Algo en esta mujer resultaba muy atractivo, su sonrisa era enigmática, sus ojos le daban un aspecto de nativa americana. Parecía una fotografía que se le hubiera tomado a otra fotografía debido a los colores. Era como una polaroid de los años setentas.


Inmediatamente Nate deslizó la pantalla hacia la derecha y unos segundos después el aparato le indicó que habían hecho un match. La aplicación abrió una pantalla de chat y la mujer le envió un “Hola”. Nate miró furtivamente hacia el baño, la italiana aun no regresaba, así que respondió a la conversación.


Ella le dijo que su nombre era Kellen Corsin, y que estaba de paso por Galveston sólo por esa noche. La mujer fue muy directa, le dijo que tenía un hijo y que tenía quién lo cuidara hasta temprano por la mañana, cuando debería regresar a recogerlo. Sin embargo, estaba interesada en Nate, y si él así lo deseaba, ella tenía la noche libre.