Fanáticos infernales en misa de medianoche


Monterrey.- Los fanáticos son peligrosos. Tanto que asustan. Envueltos en su superioridad moral de masoquismo, en realidad son practicantes de un sadismo cotidiano en el que son capaces de ningunear, humillar, maltratar, asesinar y desaparecer a sus víctimas.

Líderes de tribu, de navegantes, de aldeanos, de sectas, de iglesias, de instituciones públicas y privadas. Todos ellos en la cima de una montaña, iluminados, engolosinados con el poder, prófugos de la vulnerabilidad del ser humano común y corriente, instrumentos de la frecuencia mística de la voz de Dios.


Los fanáticos gritan la necesidad de sacrificarnos para poder salvarnos, asumiendo que esta solución ilógica en realidad nos convierte en mártires. Y que los mártires no mueren. ¿Quién de mente y carácter tan fuertes para resistir la potencia de la voz divina y no enloquecer, y no encaminar a los suyos a un desbarrancadero? ¿Quién capaz de resistirse a las tentaciones de la carne como sacrificio para trascender en un reino más allá del nuestro? En un reino donde todo es pleno, donde seremos luz.

Mientras en The Wicker Man (uno de los pilares del cine de folk horror) hay un policía que ve como inmoral el paganismo, el retorno a las religiones originarias, y se convierte en víctima por su propia fe; en otras historias la defensa del dogma cristiano toma una fuerza peligrosa a nivel social.


El monstruo necesita extensiones. No son criaturas del imaginario de Lovecraft con tentáculos y extremidades de cuerpos humanos, sino el monstruo que habita en nuestro propio barrio. Que ha crecido con nosotros cada día y que en cada festividad está frente a nosotros sentado en la misma mesa. Mirándonos con recelo, con desconfianza. Esperando el momento “justo” de la venida del final de los tiempos para hacernos pagar, para alzar un crucifijo o un escapulario y gritar muy fuerte los nombres de los condenados. Y mirarnos postrados en el suelo con un dejo de misericordia, admitiendo que debe perdonarnos y por eso nos concede la oportunidad de la autoinmolación. Caramba. ¿Para qué? Para convencer a su dios, que insiste, es el dios de todas las cosas.

Díganme si no da pavor esta escena.

Es la misma escena con que nos topamos en The Mist (novela corta de Stephen King, luego adaptada a largometraje y serie) cuando la fanática señora Carmody está encerrada en un supermercado con varios de sus vecinos y ante una niebla que ha cubierto todo el pueblo, comienza a parlotear de que ha llegado Apocalipsis y es tiempo de un sacrificio.

Un sacrificio humano, por supuesto. Los fanáticos suelen aprovechar un momento de pánico social para aferrarse como garrapatas a la piel del miedo. Gustan de chupar la sangre de la admiración y dependencia. Los fanáticos no necesitan la presencia de Dios, necesitan la presencia de seres de su misma especie para que los consideren iluminados. Sólo así un ser humano puede disfrutar de la divinidad terrenal, en un mundo donde todos los días se debate si la divinidad existe.

La estrategia es la de siempre: Divide y vencerás. Si divides al grupo conseguirás seguidores. Aquel con instinto de liderazgo no sirve de nada si no es el líder. ¿Habrá sido un guía fanático quien condujo a los pobladores de Roanoke a desaparecer? ¿Quién convenció a los Mayas de internarse en la selva y finalmente abandonar sus ciudades? Los fanáticos hablan hermoso. Tienen una lengua de plata que lo mismo suele conducir a guerras por evangelización, que de independencia o de exterminio.


¿Es justificable, necesaria, la existencia de los fanáticos? “Sí, mientras Dios haga falta”, dirían ellos... Los “iluminados” de los países colonizadores. “O mientras haga falta Paz en el mundo”, dicen también ahora los “iuminados” países conquistadores de la economía mundial. Divide al mundo y vencerás. Y de ser posible, mejor no dividas al mundo y quédatelo todo. En la serie Misa de medianoche (Mike Flanagan, 2021) una isla pesquera es tomada por un monstruo. Pero no me refiero al Monstruo como una criatura de quién sabe cuántos años y salida de otro continente, que a final de cuentas lo que busca es sobrevivir. El monstruo que me ocupa (y preocupa) es el que siempre estuvo ahí. El que conoció a nuestros padres y hermanos y ahora conoce a nuestros hijos. Una criatura que, presa de fuerzas oscuras (sin nunca reconocerlo), ha mutado de su moral a una dignidad enfermiza.

Bev Keane está dispuesta a sacrificar la mortalidad de su propia gente, porque en su instinto de iluminada se convence de que a pesar de no ser el sheriff ni el alcalde, debe actuar como una autoridad moral. El resultado no es El Paraíso (¿quién nos puede asegurar que los centenares de seguidores de sectas que han muerto por envenenamiento han llegado al Paraíso?), sino el infierno en la tierra. El mismo infierno en la tierra que sufrió Carrie (otra vez Stephen King) durante toda su niñez por una madre fanática, lo que le provocó una inseguridad que la convertiría en esa adolescente rara a la que molestan en la escuela. Y claro: En algún momento algo explota. Y claro que el fuego también es buena solución. ¡Ese justiciero fuego a que hasta Freddy Krueger teme, pero no Jason ni Michael Myers porque ellos no creen en los miserables fanáticos!



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