Igual al corazón humano - Parte III

Por: Andrés C. Notni La noche siguiente al hallazgo de los restos de su amante pasajera, apagó todas las luces, se acurrucó confortablemente bajo su colcha y esperó a que sonaran de nuevo los pasos, con la escopeta cargada al alcance de su brazo. (Como si tus juguetes pudieran detener la fuerza del Universo. No puedo entender cómo puedes ser tan bestia).


La espera estuvo a punto de vencer a nuestro campeón con el peso del sueño, sus párpados se cerraban a intervalos cada vez mayores. Cerca de las dos de la madrugada, los ruidos, más pesados que nunca, le impidieron al mundo onírico terminar de ejercer su influencia sobre la percepción de la realidad del muchacho. Alejandro se levantó como con un resorte en la espalda y, sin mostrar señales de haber sufrido el menor cansancio, alcanzó su arma. Mas no salió en pos del intruso. Como buen cazador, primero debía estudiar al objetivo, dejarlo confiar, aprender todo de él. (Buen cazador mis huevos, lo que pasa es que tienes miedo. Un buen cazador seguiría en silencio a su presa). En esa ocasión pudo aprender que los pasos seguían un recorrido bien delimitado: se originaban en el cuarto de servicio, donde daba la impresión de que alguien intentara desesperadamente romper el piso con un martillo; acto seguido, el rechinido de la puerta metálica anunciaba el descenso del fisgón, quien continuaba avanzando con calma y sin detenerse, siempre tarareando algo semejante a una canción de cuna, hasta llegar a la sala. (No sé por qué las canciones de cuna de las abuelas me causan incontrolables escalofríos. Son tan tétricas que con razón todos terminamos locos.) Ahí se perdía el rastro y se dejaba de escuchar cualquier tipo de sonido hasta el amanecer que, por otra parte, traía consigo una sorpresa, siempre distinta, para Alejandro.


Al registrar la zona en donde creía que el bandido se detenía, invariablemente se encontraba con una pequeña mancha de sangre, pelo de animal o (¡Dios te libre!) una uña humana, además del horrible hedor que ahora identificaba como el que sale de las coladeras repletas de excrementos. (¡Imbécil! ¡Eres un maldito imbécil! Deja de vivir en negación. Tanto tiempo ahogándote en esta pestilencia para que salgas con tus pendejadas; tanto tiempo bañándote en este perfume putrefacto que ya se ha vuelto parte de tu esencia y no reconoces que es el olor de la muerte, un aroma igual al de tu vientre con las mil ratas que se reproducen en una interminable orgía dentro de ti).


Por otro lado, las cucarachas seguían invadiendo cada muro; ninguna medida fue capaz de terminar con ellas. El único momento de descanso que tuvo el desdichado testigo de lo inverosímil fue en la cama de un hotel, cuando fumigaron la casa al día siguiente. Pese a esto, al regresar las cosas continuaron iguales. Todo residía, pensaba él, en la presencia de su indeseable huésped.


Se tomó dos jornadas más para familiarizarse con la rutina del merodeador, memorizar el tiempo exacto que tardaba en realizar su recorrido, así como para ubicar la forma en que podría seguirlo a una distancia prudente con el fin de ponerse a tiro en el segundo en que se detuviera el extraño y, si bien no matar al pobre hijo de puta, ahuyentarlo de forma definitiva. Ya se vería en el momento. (Sí, cómo no. Cobarde).


Al tercer día, con la salida de la luna, se preparó un güisqui con agua mineral y dos cubos de hielo; subió a su cuarto con el vaso en una mano y la botella en la otra, sacó de su hoyo la escuadra 9mm que le permitiría mayor agilidad y puntería que la escopeta, y, con un libro de poesía para no prestarle mucha atención (cerdo ignorante), se entregó a la paciente espera en el sillón.


Su celular prendió la pantalla y vibró dos cortas veces, tal como lo dispuso para ver si en el horario también era consistente el malhechor. Faltaban dos minutos para las dos de la mañana. Las orejas de Alejandro quedaron alertas, la palma de la mano le ardió por presionar con tanta fuerza la cacha de la pistola; el joven se sintió como el gallardo caballero acariciando el puño de su espada antes de una trascendental batalla. Su visita resultó ser un poco impuntual, o pudieron ser los nervios paridos por la expectativa los que alargaron los minutos. Como fuera, Alejandro calculaba un retraso de una media hora en el inicio de los ruidos que anunciaban el principio del fenómeno. Justo se disponía a confirmar el cálculo en el teléfono, cuando su olfato fue tomado por asalto por un penetrante aroma dulzón y asqueroso. (Ahí lo tienes: tu colonia para después de afeitar, putito. Ja, ja, ja.) Su lámpara de noche variaba el voltaje como con el objetivo de jugar con las sombras. Alejandro dejó caer su libro al suelo y se tapó la nariz; no supo si era su imaginación, pero alcanzó a ver la silueta bien definida de una mano dibujada en las páginas abiertas de la poesía completa de José Emilio Pacheco.


Alguien estaba en la habitación. La temperatura bajó a latiguear con gelidez la piel del diputado electo. El foco de la lámpara reventó, dejando únicamente la oscuridad completa y el sentimiento de inaudita compañía. Alejandro se incorporó, con cuidado de mantener el silencio, empuñando el arma con mayor firmeza. Un fuerte rasguño en el techo devolvió sus pensamientos a la misión original. El rechinido de la puerta metálica confirmó que el acechador no se había olvidado de la cita, pero estaba claro, por aquel nuevo preámbulo, que no ignoraba el plan de su víctima. (Ahora sí veremos de lo que estás hecho, maricón). Por fin llegan los pasos: lentos, ligeros y, a la vez, retumbantes, igual al caminar de una dama en tacones (con su menear de caderas tan suculento. ¡Ah, me encantaría poder cogerme a una de esas putas hasta dejarme la verga en carne viva!), así, bien acompasados. El hedor en crescendo. Compás, compás, marcando el baile de bienvenida. Alejandro, despacito, corta cartucho y va, pegado al muro libre de cualquier barrera, hasta la puerta, que abre con extremo cuidado. (Vas bien; ni un ruido, perro. ¡Atentos!) Unos ojos lo observan desde el sillón que acaba de desocupar. El pasillo solitario lo recibe. Sabe al intruso unos metros más adelante, a punto de bajar a la planta baja. Ninguna luz prendida, pero la penumbra no es total; por algún fenómeno indescriptible, un rastro de claridad parece seguir, como una estela, al allanador.


Alejandro sale de la recámara a tiempo para ver una cabeza descendiendo por la escalera, con la extraña luminosidad igual a una corona. (¿Qué esperas, imbécil? ¡Vas!) Planea esperar un poco más, no puede negar que siente un poco de miedo y, probablemente, por eso no se atreve a acechar como debe de ser. (Así son los de tu clase: una despreciable bola de cobardes.) El aura se desvanece como si estuvieran apagando lentamente una lámpara de gas. Es salir ahora o quedarse en medio de una insoportable oscuridad. Avanza lentamente. Puede escuchar el canto a escasos metros de él. Su corazón golpea el pecho a un ritmo vertiginoso y se une a la tonada para crear un ritmo que le recuerda a los danzantes prehispánicos del Centro. Es una canción de cuna, eso es seguro, aunque no puede asegurar si la voz pertenece a un hombre o a una mujer; es grave, seca, pero también matizada con un tono maternal que, por las circunstancias, da tanta ternura como escalofríos. El político alcanza el barandal y desciende la mitad de los escalones; en el giro, levanta el arma. El extraño se encuentra en una esquina, entre el cancel del jardín y el comedor, ahí donde Alejandro solía hallar los desagradables regalos que su visitante cantor le dejaba. Mas una vitrina tapa el ángulo de tiro y sólo se ven claramente unos pies diminutos, blanquísimos por el resplandor que acompaña al dueño. Los pliegues de un vestido, igual blanco, cubren los tobillos. Entonces es cierto que se trata de una mujer. (Continuará en noviembre...)


Parte I

Parte II



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