"Los últimos días de Anthibitas" - Por Cuervoscuro

CAPÍTULO 5 - Primera Parte


De nuevo necesito tomar un respiro. Lo que te he contado hasta ahora, que es recuerdo lejano de mi juventud, me parece toda una vida ocurrida hace una eternidad. El peso de aquellas semanas de marcha han caído sobre mis viejos huesos y su peso me abruma. Déjame beber un poco de agua, mojar mis labios y ventilar el mohoso refugio de mis recuerdos.

Si pudiera mostrarte el gran mapa del mundo conocido que existía en Anthinea, verías que la distancia recorrida desde mi hogar en las montañas hasta el Río Sagrado, es apenas del tamaño de una falange de tu dedo meñique. Que el viaje en barco hasta Rhu es poco más de un palmo, y no puedo saber que ruta seguimos durante la larga jornada en la galera negra de Dethrone, pero si podrás hallar Hyetu en el mar, más al norte; y señalada con una gran gema ojo de tigre, a una de las tres capitales del mundo: Anthibitas. La de cúpulas de mármol y oro, la de columnas de alabastro, la blanca, donde los acróbatas adoran al dios toro. Y esa distancia que recorrerías con tus ojos en menos de un parpadeo, para mi había sido un viaje largo, fatigoso a pesar de mi juventud; y en el que la aspereza de los cantos rodados del río de la vida, empezaron a convertirme en hombre.


Ciertamente los remos de las galeras y las camas blandas del liceo me habían transformado en alguien diferente: a bordo del velero comercial que nos llevaba a Anthibitas. Todos los días practicaba con otros tripulantes mi rhuano y el hyati que aprendiera de Veh, lengua común de muchas comerciantes de los tres reinos; después llevaba aceite de palma y agua a los remeros, quienes no estaban atados a las cañas y podían dormir en la cubierta, recibiendo un trato más humano del que yo había conocido. Al anochecer, la navegante me instruía en su oficio, del mismo modo que mi viejo amigo muerto en el mar, lo hiciese antes. Pronto me convertí en un respetado miembro de la tripulación, y aquellos hijos de las mujeres, la capitana y sus oficiales, me prodigaron su amistad, no por el salvo conducto firmado por la Gran Matrona de Hyetu, sino por mi solícita forma de trabajar y la respetuosa manera de dirigirme a Señoras y Esclavos por igual. Porque solo los hijos de las mujeres que han sufrido y disfrutado ambas vidas, saben que bajo los millones de ojos de Ashiv, todos somos iguales.


Respecto al hombre bestia del norte, quien viajaba en el corral de los animales como mi propiedad, me habitué a compatir con él la hora de cenar. Comíamos lo mismo, a veces mirando el plato sin decir nada, a veces yo cantaba canciones de mi pueblo natal, y él me seguía con un grave y quedo tarareo. Fue entonces cuando decidí intentar algo, que a juicio de todos los tripulantes, era un absurdo. Me dijeron que tratar de hablar con el hombre bestia, era tan inútil como dialogar con un caballo. Y sin embargo, no podía sino intuir inteligencia, aunque fuese primitiva, en los ojos de un ser que toda su vida había sido menos que un esclavo. Inicié el ejercicio sentándome junto a un carnero e imitando su balido, con lo que él se limitó a mirarme extrañado. Nos conocíamos desde hacía tanto tiempo, y sin embargo el solo se había comportado como un perro faldero, hasta este viaje decidí tratarlo con la dignidad que merecía. Tras varios días imitando a diferentes animales que viajaban en el barco a modo de provisiones, él comenzó a seguirme el juego, primero imitando los sonidos de los animales y después, repitiendo sus nombres en hyati, idioma que me pareció indicado, ya que los había pastoreado en Hyetu durante mucho tiempo, por lo que creí que le sería más sencillo asociar la palabra con esos días placenteros. Si bien al principio creí que estaba repitiendo de forma mecánica, como una urraca o un loro pueden aprender palabras sin entenderlas, supe que mis primeros esfuerzos fueron recompensados cuando una tarde, al llevarle el pescado frito, él me miró y dijo “pez” en hyati, palabra que yo no le había enseñado aun, pero que seguramente habría escuchado en algún momento y asociado con la comida, durante nuestra estancia.


¿Cómo podría explicar el gozo que siente un lingüista, cuando por primera vez entabla comunicación. con quien se consideraba incapaz de hacerlo? Mi compañero de viaje era tan inteligente como cualquier otra persona del barco, y aunque para muchas mi esfuerzo no era mayor al de enseñarle un truco a un pájaro, cuando estando en la cubierta señalé el sol que se ponía, el respondió con su nombre en rhuano: “Ra” tal y como nos había enseñado el anciano del barco negro. “Utn”, “Sabt” y los nombres de varias constelaciones en la voz grave y calma de quien para muchos era un bruto, sorprendieron a la navegante.


A partir de aquella demostración de interés, dediqué un poco más de tiempo al esfuerzo de comunicarnos. Después de eso, durante los diez días siguientes antes de que nuestro viaje finalizara, vi a aquel hijo de mujer del norte cambiar de ánimo: antes melancólico, ahora incluso sonreía al repetir las palabras que había aprendido, e incluso dirigirse a mí por mi nombre, como había visto a otros tripulantes llamarme. Era sin duda inteligente, y me llenó de remordimiento haber asumido que era más bestia que humano, durante tanto tiempo.


Me habían explicado que los hombres bestia del norte eran capturados por los esclavistas nómadas de la tundra, y vendidos como animales de carga tras un penoso viaje al sur, en la frontera de Anthinea. Como era preferible atraparlos de niños, era probable que mi compañero de viaje no recordara nada de su antigua vida. Siendo que no tenía nombre, me negué a seguir pensando en él como un animal, y en ese momento lo bauticé como “Shivan”, que en la lengua de mis padres era “Hijo de Ashiv” y fue de ese modo como empecé a dirigirme a él. Para muchos de los viajeros, aquello era un capricho propio de un escriba de Hyetu que tenía la cabeza en la luna, pero el viaje estaba próximo a su final, y poco me importó lo que pensaran.


Para cuando las torres de Anthibitas nos deslumbraro con el reflejo del sol al amanecer, supe que aquella travesía llena de penurias y lecciones, no había sido casualidad. Déjame tomar aliento para poder describirte nuestro arribo a una ciudad construida hacía incontables generaciones, cuyos palacios y templos vigilaban desde las colinas la bulliciosa ciudad blanca en cuyas avenidas transitaban lo mismo princesas que prostitutas; ratas llenas de parásitos y elefantes ricamente adornados; piratas y mercaderes. Si Rhu me había sorprendido, me dejó pasmado la extensa barrera de edificios que asomaba por encima de las olas, conforme nos acercábamos, era cien veces más grande y se veía desde mucho más lejos. Una docena de embarcaciones, algunas mayores que la nuestra, enfilaron a puerto con las velas henchidas, y desde ellas las capitanas sonaban cuernos y los tripulantes gritaban saludos. Una manada de marsopas emergió del mar y dando saltos compitió con los barcos que se acercaban. Las leyendas decían que eran los espíritus de guerreras y guerreros que a pesar de haber muerto en el mar, regresaban a proteger la costa de su patria, y en más de una ocasión las adivinas habían observado su respuesta ante los visitantes, para prever la llegada de un barco enemigo.


Porque en su enorme grandeza, Anthibitas guardaba recelo de los imperios vecinos, Anthinea y Einvin, con quienes compartía la propiedad del mundo conocido; porque bajo aquellos domos dorados y decorados ricamente, se fraguaban las conspiraciones y se jugaba con el poder. Ahí cada sombra escondía un asesino y cada sonrisa una secreta intención, y ni siquiera los santos ancianos que en su juventud hubieran hecho acrobacias sobre toros sagrados y sobrevivido, eran enteramente sinceros al reverenciar a las matronas y grandes señoras de la capital.


Anthibitas era regida desde la pirámide trunca que se alzaba en la colina más alta de la costa, en cuya cima un faro ardía desde hacía siglos, y se decía que mientras ese faro iluminara, la dinastía de la divina reina Anthibia continuaría existiendo. Porque si bien el Dios Toro era adorado en todo el imperio y grandes arenas y templos se construían para honrarlo, Anthibia misma era mucho más que su suprema sacerdotisa, era también la más poderosa hechicera del imperio, un mujer cuya efigie y silueta acompañaba al toro en las estelas de cada edificio público. Era una reina alta, de dos varas y tercio de altura, su abundante cabello negro y rizado cubría toda su espalda, en la que rara vez llevaba capa, mostrando el torso desnudo como las domadoras de serpientes. Decían que sus ojos eran de un ámbar oscurecido, como la gema ágata, y su piel bronceada del color de la arcilla rojiza con la que algunos alfareros moldean cuencos. Tocaba su cabeza con una tiara de oro adornada con largas plumas de Anzú que caían por detrás de sus hombros flanqueando su cabello, y en los antebrazos llevabas sierpes de plata que representaban su dominio en la Anthibitas de las montañas y la del mar.


¡Hoy las brasas de la pirámide ya fueron apagadas por el océano, pero el recuerdo de la última de su estirpe vive en mi, y es tiempo de que vuelva a la vida a través de mis palabras!


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