"Los últimos días de Anthibitas" - Por Cuervoscuro

CAPÍTULO 5 - Segunda Parte


¿Pero qué es esto? ¿Por qué permitiste que me durmiera? ¿Crees que porque soy un viejo ya no puedo resistir una noche en vela? Cuando te conté sobre los terrores que viví en el mar y en templos oscuros, ¿crees que no volví a sentir ese miedo que mantiene alerta y expectante a los hijos de las mujeres? ¡No necesito la piedad ni la lástima de nadie! ¡Olvidas que cuando salga el sol, nuestros caminos se separarán, tú tienes que correr más aprisa que las olas que se adentran en la tierra y llegar a las montañas del sur! ¡Yo tengo que esperar a quienes vendrán por mi para llevarme con ellos! Por tu negligencia hemos perdido valiosas horas antes del amanecer, y aun tengo mucho que relatarte para que lleves los recuerdos de Yaranama allá, a donde el mar no destruirá la civilización, y un día el recuerdo de los imperios inspire a las mujeres a levantarlos de nuevo y regir el mundo como lo han hecho hasta ahora.


Como te decía antes de esta desafortunada y larga interrupción: Desembarcamos en una de las bahías de Anthibitas, un profundo y ancho atolón en el que los buques de mayor calado, los trirremes militares, solían reposar esperando el llamado de los cuernos de la guerra. Los muelles que hasta entonces había visto construidos de madera, aquí eran sólidas edificaciones de piedra asentada en las salientes rocosas, que se elevaban desde el fondo del agua, construidos desde hacía siglos y testigos inmóviles de miles de tormentas e invasiones fallidas. También me fue patente que aquí no era permitido que los indigentes buscaran sustento mendigando o a cambio de ayudar con las labores de descarga, sino que un gremio bien organizado de alijadores y estibadores se hacía cargo de las faenas de forma ordenada y eficiente. Cuando uno de los capataces se presentaba con la capitana y su clientela, lo acompañaba un escriba que en una tablilla apuntaba minuciosamente los tipos de mercancías, las cantidades, comerciantes responsables y destino de la carga, de modo que al final procedía al cobro de un porcentaje para el gremio y otro más para las arcas de Anthibia. Si alguien siquiera osaba sugerir a uno de aquellos escribas alguna dádiva a cambio de ser favorecidos con una tarifa más baja, el capataz mismo se encargaba de azotar en la cara a la capitana del barco, por intentar corromper al oficial del gobierno. Sin embargo era sabido que detrás de esta rígida postura legal, había comerciantes acaudalados, cercanos a las principales matronas de la ciudad, que gozaban de privilegios, a cambio de continuar financiando las necesidades de la casa real.


La capitana del barco, una mujer de sienes entrecanas a quien simplemente conocían como La Gris, había ofrecido llevarme a los Tres Reinos, siendo Anthibitas parte de su ruta anual. Nos volveríamos a ver dentro de un año, y cuando partiera hacia Einvin, como lo haría dentro de unos meses, viajaría con ella. Su estancia en la isla obedecía a la necesidad de esperar la llegada de las caravanas del norte helado, las que traerían mercancías valiosas para otras latitudes, como aceites de bisonte, plumas blancas y suaves de los pájaros nadadores y más hombres bestia traídos de la frontera de Anthinea, que podrían ser vendidos como esclavos. Shivan escucho esto, pero no hizo ruido alguno. Habíamos progresado bastante en el aprendizaje del idioma hyatu, pero desconocía si el podía entender más de lo que yo había enseñado, cosa que sospechaba debido a la inteligencia que ya me había demostrado, estando lejos de ser un bruto.

Esa tarde vi por primera vez un camelopardo vivo: se trataba de un animal de pezuñas hendidas, cuya valiosa piel moteada era tan cotizada en todo el mundo. Era más alto que un caballo y de su largo cuello crecía una crin corta y espesa, que algunas guerreras usan como penacho en sus cascos. Su cabeza me pareció apacible, de ojos profundos, labios alargados y tan ágiles como dedos, coronada su testa con dos pequeños cuernos. A su lomo llevaba a una matriarca joven, de oscura piel, con el rostro envuelto en seda azul y amamantaba a un bebé pequeño y rollizo. Las riendas de la bestia eran llevadas por un esclavo bajo pero fornido, de cuya cintura colgaba un alfanje de bronce.


Como te dije antes, en la zona de los embarcarderos se extendían barrios tan grandes que probablemente todo Rhu hubiera cabido dentro de ellos, y si bien en los muelles no había visto mendicidad, en las calles cercanas era evidente que existía: aquí y allá en las esquinas era posible ver prostitutos jóvenes que ofrecían sus servicios, leprosos que extendían sucios cuencos y gemían en idiomas desconocidos, o que tal vez hubiera podido entender si sus labios podridos y falta de dientes no lo hubiesen dificultado. En los muros salados de las hosterias pobres, algas reptantes trepaban buscando grietas donde se acumulara la humedad, dando la apariencia de que heridas verdes oscuras surcaban el rostro de esos edificios. Un elefante joven cuyos colmillos apenas sobresalían, atravesó la calle latigueado por su amo, arrastrando una carreta cargada con el marfil de sus parientes asesinados, abriéndose paso en una calle atestada de esclavos, cargadores, guerreras, matronas, bestias de carga y seguramente, asaltantes. La Gris nos condujo calles arriba de la avenida principal hasta el lugar donde podríamos lavarnos y descansar de la larga jornada. Me presentó como un estudiante destacado del Liceo de Hyetu, lingüista que pretendía ponerse al servicio de alguna matriarca o incluso de Anthibia misma. La dueña del local me miró con desconfianza: mi piel morena, ojos rasgados y cabeza sin cabello, aun rapada a la usanza del monasterio de Ashiv, no correspondía con la apariencia de los isleños de Hyetu. Después miró a Shivan y se encogió de hombros. La Gris compartió la mesa con nosotros y pronto estábamos bebiendo un ligero vino de arroz y compartiendo un platón de frutas en las que habían rebanados de maopo, de corteza rugosa pero carne suave; dátiles y pescado salado. De acuerdo a la costumbre local, Shivan se había quedado afuera, pero La Gris había ordenado un cuenco de agua y otro de aceite de palma para alimentarlo, aunque yo reservé una porción de fruta y pescado para compartirla con él.


Al anochecer, parte de la tripulación del barco de La Gris se reunió con ella. Bajo sus órdenes me entregó una serie de tablillas de madera, en las que tallé la paga acordada por aquel viaje. A diferencia de Rhu donde las piedras preciosas en bruto eran la moneda, o de los aros de oro utilizados universalmente en Hyetu, en Anthibitas existía una bóveda real, en la que aquellas monedas eran reservadas, y las transacciones entre comerciantes se llevaban en tablillas, de modo que cualquier persona con uno de aquellos rectángulos, debidamente tallados a su nombre, podría pagar una pensión en donde habitar, o cambiarla por las piezas de cobre o escamas de gemas que en casi toda la ciudad eran aceptados, aunque en otras latitudes hubieran sido desechadas por su escaso valor.


Cayó la primera noche que dormí en Anthibitas y las lámparas de aceite fueron encendidas por los esclavos dela dueña del local. Shivan obtuvo alojamiento junto a otros hombres bestia y algunos caballos, La Gris ocupó una habitación lejos de la mía, y finalmente sin el vaivén de las olas al que ya me había acostumbrado, me recosté en una estera cubierta con pieles viejas. El aire húmedo entraba por la estrecha tronera del muro, y a pesar de los mosquitos que parecían ignorar el aroma de la citronela que perfumaba el local, y del calor, y me dejé llevar por los sonidos nocturnos de la capital del imperio.


En la oscuridad, mis sentidos parecían ser capaces de llevar mi espíritu sin que mi cuerpo se moviera. Si bien los hedores de la calle se entremezclaban con perfumes de resinas sagradas, flores y almizcles, también los sonidos llevados por la noche eran igualmente ricos e inquietos, como si aquella ciudad no fuera capaz de dormir, y en lejanos rumores, las olas rompiendo en la playa, pulverizando en arena las rocas del atolón; prometieran engullir los muelles de piedra milenarios. En los establos, bestias de carga relinchaban o bufaban entre sueños, y los perros en la lejanía aullaban a la luna creciente. El aleteo de las mariposas nocturnas migrando guiadas por las estrellas, atravesó el paisaje auditivo, y mucho más lejos, el cuerno de un centinela real indicaba que era tiempo del cambio de guardia y no había novedad. Los gruesos cortinajes del dosel en la cama de la reina, agitados por el viento cálido, acariciaban suavemente el suelo de mármol blanco, y detrás de ellos, Anthibia dormía profundamente, exhalando con suavidad por la fina nariz morena en medio de su rostro, enmarcado en el terciopelo negro de su cabellera.

Hasta que, sintiéndose observada, abrió los ojos y me miró fijamente.


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