"Los últimos días de Anthibitas" por Cuervoscuro

CAPÍTULO 6 - Primera parte


Tú no te imaginas las costas heladas de los valles blancos del norte, allá donde los picos de las montañas sobresalen por encima de los muros de hielo eterno. Cuando desembarcamos en Iorm después de la estación de las lluvias, el césped seco de la planicie nos hizo saber que las primeras heladas ya habían caído. Bajo las gruesas botas de piel, la escarcha crujía a cada paso que dábamos. Detrás de nosotros quedaron las chozas y los muros de piedra del puerto más lejano de Anthinea, ese donde las capitanas atracaban sus barcos varias veces al año para comprar esclavos a los nómadas del norte. Era la primera vez en mi vida que veía los altos pinos milenarios de la tundra, los extensos valles que recorrían a lomo de búfalos almizcleros los nómadas, y un cielo de gélido azul, cuyo sol se reflejaba a lo lejos en los caudalosos ríos que desembocaban al mar, aquellos en donde los osos cavernarios se reúnen para pescar enormes salmones que los recorren corriente arriba.


A mi lado iba como siempre, el fiel Shivan, quien vestido solo con su taparrabos parecía disfrutar del clima: las liendres y garrapatas que lo habían atormentado en las tierras más al sur, se le habían desprendido conforme navegábamos al norte, y ahora que el viento helado lo acariciaba como un cuchillo de bronce frío, me pareció que incluso sonreía al ver el relieve de las montañas en el horizonte. Inspiró a través de sus anchas fosas nasales, se le erizó el vello rubio de brazos y espalda, y luego, puedo jurarlo, por primera vez en todo aquel tiempo, vi asomarse una sonrisa de satisfacción en su cara.


Mirka, la capitana que nos había transportado hasta allá, guiaba una tripulación de veinte mujeres y hombres armados con lazos y alfanjes. Ninguno de ellos había mostrado simpatía por Shivan durante el viaje, pero tampoco se atreverían a hacérmelo saber, siendo que la misma Anthibia había ordenado que nos protegieran. Éramos pues, los ojos y oídos de la reina en el lugar más lejano de los tres imperios, donde el frío era soberano absoluto, y al término de los meses cálidos, estaba presto a reclamar su reino.


Atravesamos el valle, en el que zorros de pelaje blanco perseguían a diminutos roedores entre los árboles dispersos. El inclemente gemido del viento que soplaba desde las montañas y los glaciares, era interrumpido solamente por el lejano chillido de águilas que trazaban círculos tan arriba, que no podíamos ver su sombra en el suelo. La marcha hacia el punto de encuentro con los nómadas esclavistas se prolongó durante todo el día, y al anochecer, nos encontramos con la construcción de piedras y argamasa, dentro de la cual tenían su campamento los esclavistas.


Para mí, hijo de una mujer del sur y bronceado por haber recorrido las islas soleadas de los tres imperios, ver a aquellos hombres de ojos grises, con la cara embarrada de grasa negra para soportar el frío, y de quienes el olor de sus pieles se confundía con el de sus monturas; fue motivo de sorpresa. Seguramente más de uno de los que me señalaban, murmurando en un lenguaje lleno de vocales y siseos, se refirió a mis ojos rasgados y cabeza rasurada, con la misma sorpresa que yo había demostrado. El jefe de los nómadas recibió a Mirka, le ofreció un cuerno de narval y un cuenco con leche de búfalo. Pero cuando Shivan entró a la tienda, de inmediato los hombres se pusieron de pie, con sus lanzas listas, señalándolo y exclamando reclamos hacia nosotros. El jefe intercambió pocas palabras con Mirka, demandando que el hombre bestia saliera, aun si tenía dueño, no le estaba permitido compartir el fuego. Expliqué que a donde yo fuera, Shivan debía ir, y de nuevo hubo imprecaciones e insultos en un idioma que me era desconocido. La capitana me exigió que Shivan esperase afuera, y que si gustaba acompañarlo podría hacerlo, pero su raza tenía prohibido entrar al refugio.


Shivan salió rápidamente, afuera la noche ya se había instalado, ahí donde los días empezaban a durar menos tiempo que en el sur. Uno de los nómadas nos apuntó con una lanza y señaló un corral cerca de una arboleda achaparrada, donde pude ver que una docena de hombres bestia, algunas mujeres e incluso unos niños, estaban apiñados entre sí, protegiéndose del frío, apenas cubiertos por pieles toscamente trabajadas.


El guerrero de la lanza le indicó a Shivan que entrara al corral, amenazándolo con su arma. Mi amigo bufó despectivo y caminó hacia sus congéneres con la cabeza alzada y paso firme. En las sombras pude ver la mirada sorprendida y temerosa de aquellos, que se mantuvieron agrupados y expectantes.


Cuando di un paso para seguir a mi amigo, el guerrero me empujó con una mano y soltó una risotada burlona. Volvió a hablar en ese idioma desconocido: si estaba dándome instrucciones o insultándome, no lo supe, pero me tomó del brazo e impaciente, me llevó de nuevo a donde se reunían los nómadas y los navegantes.


Nos ofrecieron carne seca de foca, de un regusto grasiento y amargo, para cenar. También los huesos requemados de algún astado, que aquellos hombres rompían contra piedras para sacarles el tuétano. Con pocos vegetales, pero mucha grasa y músculo en la dieta, me pregunté si les sería posible vivir sin la indigestión que me causaría aquella comida. Así traté de dormir, pues al día siguiente, debía llevar a cabo un exhaustivo registro de las pieles que el gremio de peleteros de Anthibitas, había adquirido a aquellos súbditos de Anthinea. Es de entenderse entonces, la gran presión que recaía en mis hombros.


Sin saber cuánto tiempo había dormido, desperté en medio del hedor a animal almizclero, a brasas de pino y entre ronquidos ahogados de los hijos de las mujeres. Con urgencia por orinar, salí de la construcción. No había guardias afuera, y bajo la distante mirada de Ashiv, que tiene un ojo en cada estrella, me dispuse a vaciar mi vejiga.


Bajo la luz de las estrellas, pude ver a silueta de Shivan, de pie dentro del corral. Me estaba mirando. Acomodé el grueso abrigo para protegerme del frio y caminé silencioso hacia él. Su expresión, en la oscuridad, era parte tristeza y parte furia contenida. Shivan habló con una claridad que nunca le había escuchado antes: Me llamó hermano y me pidió perdón. No supe a qué se refería. Dijo que iban a morir él, y todas las mujeres que eran como su madre, y sus hermanos. Le dije resuelto que no. Que solo los iban a llevar como esclavos a las tierras del sur. Shivan señaló al horizonte, allá donde los picos nevados y el glaciar, por encima de la línea de los árboles, tenían un color azul intenso bajo el manto nocturno.


Me dijo que el hielo eterno estaba derritiéndose. Los elefantes lanudos tenían menos plantas para comer cada año, conforme un césped pequeño y de hojas muy duras, iba esparciéndose por los valles y laderas. Conforme ellos estaban migrando al norte, las familias tenían cada vez menos sustento. Los niños morían, y quienes intentaban quedarse en las viejas zonas de pastoreo, debilitados por el hambre, eran atrapados por los nómadas y vendidos como esclavos, igual que le había pasado a él.


Por mucho tiempo creí que Shivan solo sería capaz de aprender a expresar las ideas más sencillas, como el hambre, el sueño, las direcciones o los nombres de las cosas. Pero en ese momento, convertido en embajador de su tribu, y haciendo uso de un vocabulario sencillo, me había hecho entender que aun si liberaba a su gente y la guiaba de regreso, solo encontrarían vacío su hogar, y debilitados como estaban, sería imposible reunirse con los suyos más allá de los bosques, donde las montañas escarpadas esperan para tragarse a los hijos de las mujeres que se arriesgan a perseguir a sus presas, si es que no eran a su vez cazados por los lobos.


Shivan, el hombre bestia del norte que me había salvado en tantas ocasiones, a mi, que era un hombre de una tierra extraña a la suya, no podía salvar a sus hermanos de sangre. Volvió sobre sus pasos, sumido en el melancólico mutismo que lo caracterizaba, y abrazó con sus fuertes brazos a quienes guarecían del frío sus flacos cuerpos, formando un apretado ovillo de cuerpos, pieles de animales y manos y pies sucios y desnudos.


Yo por mi parte volví con los míos, con los mercaderes de esclavos, los nómadas, los que sujetaban los alfanjes y traficaban con la gente de Shivan. Descorazonado escuché a lo lejos un estruendo, como un trueno breve en el cielo sin nubes. Un enorme peñasco de hielo se había desprendido del glaciar, y estrellado contra el suelo, después de miles de inviernos contenido bajo capas de hielo.


No sabía que estaba viendo el final de una era, no pensé que todo aquel hielo abandonaría velozmente los glaciares del norte, vertiéndose en los años por venir a mar, alimentando un oleaje que hoy sepulta a las orgullosas ciudades del mundo en una mortaja de agua salada. Lo vi, lo escuché, y no pude imaginar lo que sigue ocurriendo esta noche. A la mañana siguiente…


…¿¡Porqué insistes en interrumpirme!? ¿Cómo que no entiendes cuando llegamos a Iorm? ¡Déjame continuar, que estoy viejo y a mi edad es fácil que me distraiga y pierda el hilo de lo que estoy hablando!

- Abraham Martínez Azuara “Cuervoscuro”


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