"Los últimos días de Anthibitas" - Por Cuervoscuro

CAPITULO 3 - Primera Parte


No seas impaciente, pequeña. Necesito tomar aire antes de continuar hablando. Escucha: la lluvia cesó, el viento y las olas han dado tregua a las playas rocosas después de días y noches bramando. Pero no creas que esto es el final, pues es apenas el inicio de la caída del mundo ¿Qué será de quienes nacieron de las mujeres, ahora que Anthibitas, Anthinea y Einvin fueron devastadas? ¿A dónde iran quienes no quedaron sepultados bajo las aguas o el lodo? ¿Volverán algún día a este mundo, las espléndidas ciudades regidas por matronas tan fuertes como las que lo erigieron desde la barbarie? ¡Solo las hijas de las hijas de tus hijas lo sabrán!


Ante la tragedia de saber que ya no existen las ciudades más bellas creadas por los hijos de las mujeres, me avergüenzo del episodio que te voy a relatar. ¡Pero cada mujer y cada hombre saben lo que cargan en su consciencia! Y el peso de las palabras que guardarás en tu memoria, no alcanzarán a hacerte imaginar las penurias que viví, pues a pesar de ser un viejo y de que los días en que las sufrí quedaron muy atrás, sus cicatrices me dejaron marcado hondamente.


Después de ser liberado, o expulsado, del tempo del dios tortuga en Rhu; me sentía tan cansado que la arena tibia de la playa más cercana me pareció un manto de seda. Extendida a mis pies, bajo la luz azulada de la luna, esa noche me dormí apenas posé mi cabeza en el suelo terso.

Al amanecer, cuando el sol comenzaba a elevarse sobre las olas, no fue el chillido de los petreles y albatros lo que me despertó; sino una fuerte patada en mi vientre. El dolor nubló mi pensamiento, estaba desnudo, sucio y tirado en la playa como un tronco llevado por la marea… al que cualquiera hubiera podido reclamar como suyo; y así fue: Me había pateado un hombretón de piel morena y tupida barba oscura, hablaba a gritos con un grupo de marineros, que me señalaban y reían. Entre ellos había algunas mujeres, que se hacían señas entre ellas, de modo similar al que había visto hacerlo a las compradoras del muelle tras mi desembarco. Una desenrolló un látigo y restalló contra mis pies. Aun adolorido por la patada del marinero, rodé sobre mi costado para tratar de incorporarme. Al exponer mi espalda, el látigo encontró un blanco apropiado.


Había sentido los duros golpes de mis tutores en el monasterio, las rocas de la montaña al caer en una escalada, e incluso alguna vez la mordida de una serpiente. Pero nada tan humillante y doloroso como el latigazo de aquel día. Empapado de sudor, arena y sal, la herida abierta me escoció y el ardor penetró hasta mis huesos. La mujer gritó un vocablo imperioso y chasqueó su látigo en el aire. Impulsado por el miedo a que aquel dolor se multiplicara, me paré de un salto, respirando agitadamente. Eran un grupo poco numeroso, pero armado con alfanjes y sables, por lo que balbucí que no me hicieran daño. Otra de las mujeres sonrió al escucharme, y señaló repetidas veces mis manos, ordenándome que se las mostrara. Un marino más viejo, de dientes podridos, examinó mis brazos y asintió con la cabeza. La mujer del látigo sonrió y ladró otra palabra.

Rápidamente fui atado por las muñecas con una cuerda larga, el marino de barba negra la asió y el grupo empezó a caminar hacia la avenida principal, llevándome como su prisionero.


Rhu despierta temprano. Al igual que la primera ave del cielo escoge al mejor pez para comer, bajo los doseles y carpas coloridas, que ocultan los callejones del sol; los piratas urden planes para hacerse de barcos y esclavos, empezando sus correrías antes de que empiece el día. Era yo pues, la presa de un grupo de piratas esclavistas, que me llevaron desnudo e indefenso a simple vista de los habitantes del puerto. Por un instante abrigué la esperanza de que mi antigua empleadora, quien había pagado mi viaje hasta acá, apareciera en medio de la calle, dispuesta a ofrecer un rescate por mí. Pero era temprano, y seguramente estaría aun dormida, después del largo viaje. En Rhu, los esclavos son otra mercancía, llevan la marca de su matrona a la vista, y el recuerdo del látigo en su mente, que los vuelve sumisos en poco tiempo, amordazados por el temor.


A diferencia de las calles pavimentadas con moluscos, los estrechos callejones empedrados no estaban limpios: cundía el hedor de heces y orines arrojados a la calle, de frutas descompuestas en las esquinas, y de la sangre seca de reyertas nocturnas. En los edificios sucios, sobre cuyo viejo encalado se habían instalado gruesas escurridas de excremento de gaviota, vi las entrañas inmundas de Rhu: desde los pórticos, asesinos y prostitutas intercambiaban miradas con los piratas, e incluso una vieja bruja me arrojó un hueso de chabacano a los genitales expuestos. La humillación e impotencia que sentí al caminar por ese callejón, me pesa más en la memoria que el recuerdo de la herida que sentía inflamada a mi espalda.


Al ascender a un caserío con techos de palma, desde el que se apreciaban los muelles, el sol de la mañana sumó una brisa tibia y sofocante que hizo más pesada mi marcha. Después de recorrer un laberinto de casuchas y burdas callejas, llegamos a una plazoleta en la que varias docenas de hombres y mujeres desnudos, se encontraban atados de manos y custodiados por las tripulaciones que los habían capturado. Los había de pieles bronceadas, de ojos cetrinos, algunos ancianos, otros más jóvenes que yo, y fue ahí donde vi por primera vez a los hombres bestia del norte, seis agrupados aparte del resto de nosotros.


¿Tú qué sabes, niña del trópico, acerca de estos seres? ellos viven más allá del mar de Anthinea, donde existen pinos colosales, grandes nubes de mosquitos y las montañas de agua congelada, se extienden por leguas y leguas? Sus frentes y narices son anchas, sus cabellos desteñidos, del color del pasto seco, sus ojos azules miran sin emociones, vacíos, y sus pieles pálidas en la infancia, se vuelven rojas, tostadas por el deslumbrante reflejo del sol en la nieve. Sus manos y músculos son más gruesos que los de los hijos de las mujeres, pero nunca vi uno cuya altura fuera mayor a tres codos y medio. Su baja talla y su robusta complexión, además de una resistencia natural al maltrato, los convierten en mano de obra muy preciada, ahí donde es necesaria la fuerza y no la inteligencia.

Estaba en un mercado de esclavos.


Una capitana apareció acompañada por un hombre de piel tan negra como la brea, y una mujer muy alta, en cuyas formas se adivinaba una musculatura alargada, similar a la de los acróbatas del culto del toro en Anthibitas. La capitana tenía un largo tajo que le cruzaba la sien, pasaba cerca de su ojo derecho y terminaba en su mejilla. En sus movimientos había una prisa evidente, pero en su mirada era notorio un meticuloso escrutinio. Pasó primero delante de un grupo de ancianos, hizo una pregunta en aquella lengua llena de consonantes que yo desconocía, y ninguno de los viejos respondió. Ella gruñó y continuó avanzando. Eligió a algunas esclavas jóvenes después de abrirles la boca para examinar su dentadura, y el hombretón hizo una seña para que alguien más de su tripulación las apartara. El examen ocurría casi en silencio, pero pude apreciar como la mujer del látigo miraba nerviosamente de un lado a otro, apretando los dientes conforme la compradora se acercaba.

Me llamó la atención que al ver al grupo de los hombres bestia, sonrió y tras un intercambio de palabras con su captor, la mujer musculosa hizo una seña, a lo que un esclavo trajo dos pieles de camelopardo y se las entregó al esclavista.


Para cuando llegó a donde se encontraba mi grupo, la mujer del látigo hacía señas a una de sus compañeras, intercambiados bufidos y resoplidos. La disciplina que imperaba entre los piratas me inquietó, pero intuí que la mujer de la cicatriz debía ser una capitana influyente en Rhu y quien sabe cuántos puertos más. Mis captoras callaron de inmediato en cuanto ella empezó a evaluarnos. Me miró sin expresar ninguna emoción, y justo cuando iba a pasar de largo, una extraña idea cruzó por mi mente. Si ya una vez una capitana notable me había contratado por ser lingüista, tal vez esta mujer pudiera hacer lo mismo.

Hice acopio de valor, y la llamé “madre” en una de las lenguas más comunes entre los comerciantes del Río Sagrado. La mujer que había desviado su mirada, clavó sus ojos negros en mí, y me dio un puñetazo en el vientre, ahí donde apenas unas horas antes me habían pateado, reviviendo el dolor que el latigazo me había hecho olvidar.

Mis rodillas se doblaron, mi vista se nubló, pero antes de sentir el látigo de la pirata en mi piel, escuché a la compradora dar una orden y el hombretón negro me sujetó del brazo, obligándome a ponerme de pie, mientras ladraba ordenes en un idioma desconocido lleno de vocales.


Fui llevado con el grupo de hombres bestia, las mujeres y otros hombres.


Así dejé de ser un hombre libre, para convertirme en propiedad de Dathron, capitana pirata de Rhu.



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