"Los últimos días de Anthibitas" - Por Cuervoscuro

CAPITULO 3 - Segunda Parte


Cuando hice mi primer viaje en aquella embarcación movida a vela pero también por remeros, creí que había conocido los horrores de la vida del esclavo. ¡Ah que inocente fui entonces! ¡Jamás imaginé que viviría en aquellas condiciones durante muchos días y muchas noches! La isla de Rhu me había mostrado su garganta oscura dentro del templo del dios tortuga, y al día siguiente ya me estaba digiriendo en las pútridas entrañas llenas de heces de uno de sus barcos piratas esclavistas. El viento fresco que sopla esta noche es un perfume delicioso y salado, comparado con el aire enfermizo de una galera, y aun así no es suficiente para limpiar la peste de su recuerdo en mi memoria.


¡Pero debes escucharlo y llevarlo en tu memoria! Porque la gloria y el esplendor de los palacios de Anthibitas estuvieron cimentados en el dolor y sufrimiento de miles de hijos de mujeres, de madres, de su hambre y su miseria. Cada templo que se elevó por encima de los bosques de laureles, fue construido con la fuerza, sangre y muerte de esclavos y bestias por igual. Cada delicado alimento que las reinas se llevaron a su boca, Creció regado por el sudor de quienes pagaban con la vida atreverse a comer la cosecha de sus amas. Fue ahí, atado al remo de una galera, donde entendí el verdadero sufrimiento de una vida en esclavitud.


Dathron, la capitana del barco, era famosa y temida por su sagacidad, su destreza en combate y su astucia. Si los piratas de aquellos cálidos mares hubieran tenido una reina, hubiese sido ella sin duda. Oí hablar de otras mujeres, de cómo adornaban sus naves con los cráneos de sus enemigos, de las que usaban coronas de tizones que dejaban una estela de humo a su paso imitando una cabellera larga y fantasmal; supe de capitanas caníbales con predilección por los recién nacidos, y de las mujeres tiburón que afilan sus dientes con piedras para verse más aterradoras. Pero ninguna de ellas era rival para Dathron, y por ello a pesar de su terrible recuerdo, debes recordar su nombre, porque las leyendas más oscuras pueden inspirar a las hijas de las mujeres a luchar en contra de quienes tratan de seguir ese ejemplo.


Así pues, antes de que anocheciera, los esclavos fuimos llevados al barco negro de Dathron, forzados a tomar los remos y a esperar el batir del tambor para comenzar nuestro trabajo. No era posible saber a dónde íbamos, y aun de haberlo sabido, ninguno de mis compañeros de celda me lo habría podido explicar, puesto que no hablaban ningún idioma conocido por mi. Lamenté entonces mi soberbia, al haber creído que por dominar algunas lenguas, ya podía considerarme lingüista experto, ¡porque hay mas palabras en el ancho mundo, que las contenidas en todas las páginas de las bibliotecas de los monasterios de Ashiv.

A mi lado estaba un hombre de barba entrecana y piel curtida por la sal, y a un lado suyo un hombre bestia del norte. Ambos tenían la mirada perdida, ausentes del mundo y sumidos en pensamientos. El hombre bestia estaba desnudo como yo, el viejo llevaba el torso cubierto con una zalea sucia de borrego. Delante de nosotros, las espaldas de otros tres esclavos, debajo de nosotros un banco hecho con un madero endurecido por la sal. La galera estaba dividida por un pasillo, y estimo que de cada lado habría una docena de bancas, haciendo un total de entre treinta o cuarenta remeros, más de los que había visto en la embarcación comercial, y que con viento a favor fácilmente podría dar alcance y abordar otros navíos.


Llegó el anochecer de aquella primera jornada: un hombre calvo y de barba espesa comenzó a golpear el cuero del tambor, y nosotros a empujar los remos fuera del agua, atraer su caña a nuestro cuerpo y alzarla para hender las aguas, empujando hacia adelante para impulsar el barco. ¿Cuántas veces hicimos eso? Una por cada latido y cada exhalación durante días y noches. El ronco crujir del maderamen, el embate de las olas y el tamborilero, la respiración a coro de las hermanas y hermanos de prisión, todo ellos era lo que marcaba el paso del tiempo. Durante toda la noche, motivados por el restallar del látigo, encadenados por el miedo y amarrados por los pies, aquella primera noche parecía ser la última de mi vida. La corriente del golfo de Rhu nos empujaba hacia la costa, haciendo nuestro viaje a mar abierto a pura fuerza de remos, y ni los miles de ojos de Ashiv que me miraban desde las estrellas, pudieron alcanzar mi corazón afligido esa noche.


Al amanecer el tambor dejó de sonar. Dos esclavas bajaron a la galera, llevando sendas cubetas, una con aceite de palma y otra con agua. Decían una palabra y a ella, cada remero extendía las manos formando un cuenco y recibía una porción de aceite vertida con un cucharón. Pude apreciar que algunos remeros lamían sus dedos después de beber ávidamente el aceite. Yo tenía tanta hambre y sed tras una jornada de ayuno, que bebí el aceite igual de rápido, sintiendo en mi garganta como se atoraba y me ardía. Contuve las arcadas de vómito, sabiendo que no tendría otra fuente de alimento. La segunda esclava hizo lo mismo con el agua, lo que alivió la irritación de mi gañote y al mismo tiempo amainó mi sed. Esa era la única comida del día, después de la cual venían las evacuaciones que los esclavos hacían apenas separándose un poco de sus bancos. A diferencia de las capitanas mercantes, Dathron y las piratas poco se preocupaban de la limpieza en la galera.


Al segundo día, la corriente empezó a llevarnos mar adentro, nuestra marcha se hizo más ágil y el tamborileo más pausado, permitiéndonos un ritmo más descansado. De este modo pude percibir como los esclavos tenían un extraño acuerdo entre ellos: se turnaban para soltar el remo por un par de horas y dormitar sentados, recuperando algo del sueño que parecía estarnos prohibido. Cuando llegó mi turno, el hombre de la zalea dijo una palabra y con señas me invitó a dormir. Así empecé a aprender el Rhuano vulgar, siendo mis primeras palabras “agua”, “comida” y “dormir”. Al despertar, agradecí al anciano, quien le dijo lo mismo al hombre bestia. Aquel lo miró sin entender nada, por lo que el viejo interpretó que no necesitaba descansar e hizo lo propio. Al caer la tarde, despertó, sujetó el remo y reiteró su invitación, recibiendo igual respuesta.


Pasaron varias noches, la luna menguó, las estrellas cambiaron de posición, pero el mar seguía siendo el mismo, y al igual que ese mar, sentí como mis pensamientos se convertían en un oleaje igual de monótono: dormitar, beber, comer, remar… empezaba a olvidar mi nombre, era solo un dolor constante y caliente en los brazos, una herida cauterizada por la sal en los tobillos a causa de la soga, un hombre a un remo pegado. Un saco de porquería y heces que había nacido para remar. Así era como el aceite de palma y el ritmo del tambor me despojaron de mi identidad durante los primeros días, en los que ni siquiera soñaba, solo me hundía en el olvido de mí mismo, y dejaba de ser Yaranama el monje.


Al cabo de varios días de viaje, escuchamos los cuernos de guerra, el tambor fue aporreado frenéticamente y el látigo restalló en la espalda de varios esclavos rezagados. La orden era muy clara: Dathron ordenaba la máxima velocidad, y por el cambio de rumbo que se percibió, supimos que se había divisado un barco para abordar.

En la cubierta, el barullo de las botas corriendo sobre las cuadernas y los gritos de mujeres y hombres aceleró mi corazón. Una pirata descendió y ordenó a gritos que recogiéramos los remos de babor, donde yo me ubicaba. Varios pensamientos aterradores pasaron por mi mente: si enfrentaríamos un combate desigual en el que el barco fuese hundido con nosotros atrapados dentro, si le prenderían fuego o si la resolución del asalto sería desfavorable para Dathrone, dejándonos en manos de alguna esclavista desconocida y ávida de superarla en crueldad.


Sin embargo conforme los barcos se emparejaban para el abordaje, me di cuenta que el navío no ofrecía resistencia, y que por las troneras visibles a lo largo de la eslora y por encima del francobordo, los remeros parecían extrañamente inmóviles y extenuados, sumidos en una silenciosa penumbra, interrumpida solo por el reflejo del sol de mediodía reflejado en las olas que mecían el barco. Por encima de nuestras cabezas, el ruido de pasos se había vuelto menos nutrido, de hecho parecía como si solo la capitana y su característico taconeo, fueran los únicos pasos a lo largo de la cubierta.


El hombre bestia del norte, que había parecido ausente durante largo tiempo, comenzó a gemir nerviosamente mientras clavaba su mirada en las figuras sombrías e inmóviles detrás de los remos del otro barco. Una palabra salió de su boca, fue la primera vez que escuché a uno de ellos hablar en un idioma articulado. Un gruñido gutural más antiguo que las arenas del desierto, de cuando aquellos hijos de mujeres más parecidas a bestias que a madres, se acurrucaban junto al fuego dentro de las cavernas de los antepasados. Una palabra que no me atrevo a mencionar, pero que en lo más profundo de mi consciencia instintiva, solo podía referirse a esas cosas cuya sola intuición, alimentan nuestro temor a lo desconocido.


Porque aquellos remeros estaban muertos desde hacía tiempo, drenados de toda vida tan rápido, que no habían siquiera pensado en escapar. Y como lo supimos después, el resto de la tripulación había sufrido el mismo destino.


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