"Los últimos días de Anthibitas" - Por Cuervoscuro

CAPITULO 3 - Quinta Parte


Déjame tomar un respiro, niña. Aprovecha para tomar tu tiempo y digerir estas duras palabras, el testimonio de un viejo en sus días de juventud, cuando creyó que sería sencillo alcanzar los palacios más bellos del mundo, y predicar las palabras dulces del dios que se adora en las montañas del este. Porque la vida es un molino de piedra que destroza los cantos de los hijos de las mujeres, para convertirlos en aullidos de pena y llanto. Solo así se afina el alma, y como el sol ardiente de verano hace con la fruta, las mujeres y los hombres pueden madurar.


Está bien pequeña corredora, veo en tus ojos que deseas saber cómo fue que la muerte no recogió entonces a este anciano narrador. Aún hay mucho que contarte, no desesperes, pues la noche es larga y mi corazón galopa de horror al recordar aquellos momentos.

La noche cayó y las mujeres y hombres que durante tanto tiempo habían sido prisioneros, se entregaron a los excesos, como si se tratase de las fiestas que siguen a las cosechas más abundantes del año. Entre las pertenencias de la anterior capitana se encontró vino de arroz, suficiente para animar los espíritus de todos los esclavos. Se comió y se bebió en gran cantidad, se cantó y se bailó en una fiesta de libertad, digna de reinas y ricas comerciantes. Cuando nos tocó el turno de beber y comer, mi viejo compañero me empujó a que lo hiciera, y al primer trago el hombre ya estaba bailando, canturreando una tonada cuya letra no pude entender, pero que hizo reír a varias mujeres. En aquel momento no supe cómo era posible que con un solo trago bastara para embriagarse, pero pronto descubriría la razón.

Por otro lado, el hombre bestia del norte se había sentado en un rincón de popa, lo más lejos posible de la cubierta donde antes hubiéramos visto al parásito invisible cebarse con los moribundos. Miraba las estrellas apesadumbrado, y juro que de haber sido capaz de llorar, aquella especie de simio lo hubiera hecho. Por mi parte, siendo un monje joven y célibe, me sentí cohibido ante la carne debilitada por la bebida espirituosa y la comilona. Bajo los ojos de Ashiv, esclavas y esclavos se entregaron a las caricias y el placer con quien tuvieran más cerca. Pronto el vaivén del mar hizo compás con el vaivén de los cuerpos desnudos, en escenas que por respeto a tu corta edad no describiré más.

Después de eso, mis compañeros tripulantes se entregaron al sueño, quedando solo yo despierto, medio escondido entre los toneles vacíos cerca del camarote principal.

Fue el anciano quien se acercó sigiloso a mí: llevaba entre las manos un pequeño tonel de agua sin abrir, unas pocas tiras de carne seca y un arpón de madera. Me habló en voz baja, y me di cuenta que estaba bien sobrio; pero al ver que no respondía, me entregó el tonel, me sostuvo del brazo y me llevó con él a la banda de estribor. Hablaba en voz baja y me señalaba las estrellas, después me señaló el último bote de desembarco que descansaba panza arriba en popa.

Después de voltearlo, intentamos levantarlo para echarlo al agua, pero era mucho peso para mí y el viejo no tenía ya fuerzas. Al ver la maniobra, el hombre bestia pareció salir de su ensimismamiento y se apresuró a sujetar la lancha del lado del que estaba el viejo, y entre los tres pudimos botarla. El chapoteo de su caída no pareció perturbar a quienes dormían hartos de beber, comer y copular.

El viejo usó lo poco que le quedaba de fuerza para descender al bote por un cabo, lo seguimos en silencio, y tanto el hombre bestia como yo tomamos un remo cada uno. El hombre miró las estrellas de nuevo, sonrió y señalando hacia el noreste, nos indicó que remáramos.


¡Que estrellas tan hermosas! Bajo la hoz de las diosas, bajo las formas dibujadas en las luces del cielo, libres como el día que fuimos paridos; remamos con buen ánimo. No sabía que tan lejos estaba la costa, que supuse de algún modo el anciano suponía dónde estaba, así que en ese momento me ilusioné con que al amanecer del día siguiente estaríamos en suelo firme de nuevo.

Después de recobrar el aliento, el anciano navegante señaló las estrellas más brillantes del cielo y me dijo su nombre: “Utn”. Conforme señalaba las formas en el cielo, me hizo memorizar sus nombres. No supe entonces si eran los acostumbrados por los navegantes de Rhu o de los tres reinos, lo relevante era como me indicaba que debíamos mantener el curso entre Utn y Sabt, “la serpiente entre los juncos” si queríamos llegar al destino elegido por el anciano. Me sentí aliviado: después de semanas de ser tratado como un animal de carga, me había convertido de nuevo en un estudioso, en el joven atento a sus maestro en el monasterio, a Yaranama, ¡porque ese era mi nombre que parecía haber olvidado bajo los latigazos y malnutrido por el aceite de palma, amarrado a un remo! Y después de la lección de astronomía, aquel hombre prosiguió la lección, enseñándome su idioma poco a poco. Mi mente, ávida de conocimiento, se dio un festín aprendiendo los nombres que en su idioma tenían las manos, la boca, los ojos, cada uno de los dedos, los números, y cada vez que él terminaba de mencionarlos, yo los repetía y señalaba sonriendo.

Finalmente caí rendido por el cansancio, dormí y soñé en paz, como hacía mucho tiempo no lo hacía.


Quisiera poder decir que tocamos tierra al día siguiente, pero no fue así. Durante cuatro días estuvimos rodeados solo por las olas, y al anochecer descubría con pesar que la corriente nos había arrastrado al este, teniendo que corregir el rumbo en base a las estrellas. El viejo continuó las lecciones de su idioma, aprendí los nombres de los animales en base a los sonidos que él hacía, los nombres de las cosas que el dibujaba en el aire con sus manos, y cuando fue necesario, tomé el arpón de madera para zambullirme e intentar pescar algo que complementara las magras raciones, sin tener mucho éxito.

Por su parte el hombre bestia parecía haber vuelto su mente a la banca de la galera, remando con la mirada perdida, moviendo monótonamente los brazos y haciendo pausas solo para dormitar un par de horas y para comer sin protestar.


Al amanecer del cuarto día, el anciano estaba muerto.

Bajo la luz de “Ra” naciendo del océano, parecía dormir, pero su corazón ya no latía. Solo en aquel momento el hombre bestia salió de aquel perene ensimismamiento, y gimió como un niño pequeño, mirando desconsolado el cadáver. ¿Cuánto tiempo habían estado juntos? ¿Había sido su amo durante largo tiempo? ¿Eran amigos? No podía sino imaginarlo. Me entristeció que nunca supe el nombre de quien me había dado la oportunidad de acompañarlo en su escape del navío negro, del que quien sabe que horrores habrían perpetrado ya hombres y mujeres, al quedarse sin comestibles y a la deriva. Era triste también que probablemente encontráramos la muerte por hambre y sed en aquella chalupa, pero al menos moriríamos siendo plenos dueños de nuestro destino.


Entonces un pensamiento sombrío me asaltó: ¿aquella sombra translúcida que el hombre bestia conocía, seguiría en el barco o estaría con nosotros, poseedora de alguna maligna inteligencia? Durante dos días más, mientras nos duró el agua y la carne, vigilé el cuerpo del viejo, conforme se resecaba y descomponía, haciéndolo a un ritmo natural, y no de forma acelerada como ya había visto… aunque por otro lado, aquella observación la había hecho sobre un moribundo y no sobre un cadáver.


Cuando la carne se terminó y una espantosa idea asaltó mi mente, arrojé el cadáver de nuestro amigo al agua, a lo que el hombre bestia solo emitió un resoplido. La corriente que nos arrastraba y desviaba de la ruta que cada noche corregía, fue la misma en mantener en cuerpo en una cercanía relativa a nosotros en los minutos que siguieron. Pronto la primera ave marina apareció para picotear el cuerpo, y pronto bajo las olas un remolino de peces de diferentes tamaños ya estaba dando cuenta de la carne.

Algo vio entonces el hombre bestia, que se puso de pie velozmente, tomó el arpón de madera y se lanzó al agua. Nadó chapoteando con torpeza, para luego sumergirse. Solo en el bote, me aterró la idea de que se hubiese ahogado, pero cuando la inquietud del agua alrededor del cadáver volvió a ser evidente, vi un chapoteo violento, seguido de la aparición de la cabeza de mi compañero de viaje, quien después de aporrear el agua con la mano, regresó al bote con un enorme pez clavado en el arpón, cuya cabeza semi arrancada por las agallas, ya no boqueaba.


Provistos de alimento, pudimos soportar tres días más, remando siempre en dirección a Unt y la serpiente de estrellas, a medio palmo de donde nacía el sol. Mi recio compañero seguía soportando el castigo de la faena, hasta que al amanecer del décimo día, pude ver en el horizonte lo que parecían unas altas y desconocidas colinas verdes.


¿Qué pasó con Dethrone y aquel barco de esclavos? De ellos no supe nunca más nada, solo espero que las diosa madre haya tenido piedad de sus hijas e hijos, y hoy descansen en sus brazos. De la pirata, no es una leyenda por casualidad, y no sería esa la última vez que sabría de ella, pero eso ocurrió mucho tiempo después.


¡Ese día llegamos a la verde Hetyu, la resguardada por pilares blancos, cuyos palacios se elevaban al cielo y parecían tener sus fachadas siempre cubierta por un hijab de nubes y niebla!


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