"Los últimos días de Anthibitas" - Por Cuervoscuro

CAPITULO 4 - Primera Parte


Dicen que quien desembarca en las costas de Hetyu una vez, no querrá morir antes de regresar, porque la exquisita visión de sus desfiladeros verdes y floridos, se queda grabada en el corazón de los hijos de las mujeres; y el gozo de respirar su aire perfumado de frutas exóticas, rivaliza con el que siente un recién nacido que mama de su madre por primera vez. Yo puedo decir que esto es cierto en parte, pues Hetyu fue un hogar acogedor, tras largos días y noches de penurias, su calidez me fue transmitida en el momento mismo que la suave arena dorada nos recibió a mí y al hombre bestia del norte, que me acompañaba.


Mis ojos escocidos por la sal se reconfortaron cuando un grupo de jóvenes pescadores, más jóvenes que yo, se acercaron a nosotros sin temor, y nos ofrecieron agua de manantial y ostras que habían recogido. Lo hicieron sin preguntarnos nuestros nombres, por el simple hecho de vernos fatigados y hambrientos. Ese era el espíritu de Hetyu, la fragante, la fértil, la esmeralda que brilla cuando el sol abre el velo de nubes que cubre sus cimas. Después de alimentarnos, traté de hacerme entender utilizando las palabras que había aprendido en los días previos, de boca del anciano fallecido. Una de las muchachas hizo el esfuerzo por entenderme, ahogando sus risillas al escuchar mi extraño acento, y tirando suavemente de mi brazo, me indicó que debía seguirlos. Dos jóvenes más vigorosos hicieron el mismo gesto con mi acompañante, no parecían temerle, sin embargo entendí que estaban siendo precavidos. El hombre bestia se dejó guiar tan mansamente como yo, con la melancólica mirada perdida, y ligeramente encorvado, siempre enfermo de melancolía, aun en un paraíso como el que nos recibía tan abiertamente.


El ascenso por las escarpadas laderas de la playa, podría parecer una tarea imposible a primera vista, pero los fundadores del puerto habían labrado escalones anchos y lisos, pulidos por el viento, la arena y el tiempo, que mientras no lloviera, facilitaban el acceso. Supe después que en muchas ocasiones, en los años anteriores a los convenios comerciales entre reinas, hordas invasoras de piratas y saqueadoras habían intentado utilizar los peldaños para atacar la ciudad, solo para encontrarse con un torrente de aceite que los volvía peligrosamente resbaladizos, y una trampa mortal cuando se les prendía fuego, haciendo que quienes no murieran abrasados, fallecieran por los golpes con la dura piedra o al caer de ellos hacia la playa. Pero ese día el sol brillaba y a pesar del cansancio, animado por el agua y el alimento ofrecido, recobramos fuerzas para ascender. ¡Cómo nos llamaban las blancas columnas de la ciudad! ¡Entre el canto de las aves, tan diferentes de los horribles chillidos de los pájaros del mar, y el eco de címbalos que en la lejanía parecían llamar a celebraciones públicas!


Después de una hora de ascenso, nos encontramos en la cima de los acantilados, sobre una mullida alfombra de césped, cuyo profundo verdor impedía que hierba mala alguna creciera, cubriendo toda la planicie sobre la que se asentaban los edificios de gruesas columnas, elevándose hacia el cielo blanco y nublado, que disipaba la luz solar de modo que no hería con sus rayos nuestra reseca piel. Seguimos al grupo de jóvenes pescadores, y nos encontramos en una calzada de arcilla apisonada por miles de pies, unos descalzos y otros en sandalias, pero todos de andar pausado, como si no tuvieran prisa por hacer otra cosa que disfrutar de la ciudad. Aquí y allá, algunas comerciantes guiaban sus séquitos de esclavas, intercambiando entre ellas ramilletes de flores cuyos diseños parecían cambiar bajo la luz del sol. Era esa la moneda de Heytu, que se intercambiaba por pieles exóticas traídas de tierras lejanas, por aros de oro amarillo brillante, por especias cuyos intensos aromas me remitieron a las riberas del Río Sagrado y me hicieron llorar de nostalgia.

Cruzamos el mercado acompañando a los jóvenes y fuimos llevados a un edificio público, en cuyos muros se podían leer las leyes de la ciudad, escritas en caracteres cuneiformes, que en ese momento me parecieron ininteligibles. Cuando una de las pescadoras entró, fue para regresar acompañada de una matrona anciana, de largas trenzas y marcadas arrugas, quien apoyada en un cayado de madera de olivo, avanzó despacio hasta nosotros, mirándonos desde la profundidad de sus cuencas y desde el tiempo mismo que había atestiguado en su larga vida. La Gran Matrona pasó sus dedos por mi rostro, por los lóbulos de mis orejas, por mi cabello, e hizo lo mismo con el hombre bestia del norte, que lo permitió dócilmente. Después del cuidadoso examen, nos indicó que entráramos con ella al edificio de mármol.

En el patio central, había varias mujeres y hombres que parecían debatir en círculos sobre diferentes temas, algunos en un idioma parecido al rhuano, otros en la lengua que el anciano había empezado a enseñarme, y aunque parezca increíble, a forma en que todas aquellas palabras se mezclaban no resultaba en una cacofonía, sino en un coro de sílabas cantarinas, de siseos dulces y gorjeos graves y suaves, más parecidos a un arrullo que a una discusión académica.


Con una señal de la Gran Matrona, se nos acercó una doncella de largos cabellos negros que estudiaba una tablilla sostenida por un esclavo. La anciana habló con ella en voz baja y la muchacha, asintiendo con reverencia, nos tomó de las manos y nos llevó a otro jardín, en el que varios esclavos estaban llevando bandejas con legumbres, pescado asado, tiras de carne y una bebida que era en parte fruta fermentada y leche. Todo esto lo supe primero a través de mi olfato y después por mi lengua, ya que se estaba ofreciendo un banquete y nos habían invitado a formar parte de él.

¡Qué sencillo es para los hijos de las mujeres entregarse al reposo y olvidar las horas fatigosas! Desde hacía mucho tiempo no había disfrutado de manjares dignos de las reinas, y ahora me eran entregados sin reserva. Mi compañero, como un caballo bien amaestrado, permitió que varias esclavas le cepillaran el cabello y lo acicalaran, hasta que se quedó profundamente dormido. Y yo, no tardé en hacer lo mismo.

Desperté cuando el sol ya declinaba, me encontré aseado y vestido con una toga de lino. Mi mente estaba clara y despejada, sintiéndome capaz de escuchar con mayor claridad el murmullo de los esclavos, y de apreciar con sentidos agudizados, cada color y forma del mosaico de sensaciones que ofrecía el jardín.

En dicho estado, la doncella de cabellos negros se dirigió a mí en el idioma de aquel anciano amigo conocido en la galera: tras repasar mi escaso vocabulario, ella se dedicó a enseñarme nuevas palabras, mismas que entendí y memoricé con una facilidad que jamás había experimentado. El vino de fruta y leche, y ciertos condimentos, aunados al descanso, habían expandido mi mente, y ahora me sentía tan receptivo, que en el curso de las horas anteriores al anochecer, pude aprender lo suficiente para comunicar mi nombre y las necesidades más básicas que un niño pequeño puede comunicar, inlcuyendo el nombre de mi instructora: Veh.


Mi compañero dormía profundamente desde media tarde y seguiría haciéndolo durante toda la noche: el viento era tibio, el cielo de ónix y me percaté de que varios esclavos dormían cerca de nosotros. Mi maestra no parecía estar cansada al anochecer, y bajo la ténue luz de las estrellas, su cabello parecía fundirse con el cielo sin luna. Me tomó de la mano y me guió fuera del edificio, diciéndome en palabras sencillas que la siguiera a una fiesta.


En la calle, una procesión de mujeres y hombres de aspecto noble, caminaban en silencio hacia una plaza ubicada en medio de la ciudad, dentro de la cual, se erguía una piedra tan negra y pulida, que también pareció confundirse con el cielo. A su alrededor, marchaban varias madres jóvenes, desnudas, que llevaban algo en brazos y cantaban dulcemente al unísono.


El efecto narcótico de la comida y la bebida parecieron empezar a desvanecerse. Noté que la mano de Veh me sujetaba con fuerza, y no era tan suave como me había parecido en un principio. Al notar que empezaba a distraerme, dijo a mi oído “mira” y yo seguí observando el ritual alrededor de la piedra negra. Noté también que la Gran Matrona estaba ahí, acompañada por varios de los estudiosos del edificio público en el que nos habían albergado. Había también capitanas de otras tierras, comerciantes y personajes que me eran desconocidos, pero usaban compleja pintura ritual en sus rostros o tocados de plumas.

Un címbalo sonó en algún lugar, las mujeres detuvieron su paso alrededor del monolito, y con un grito animal, una de ellas estrelló lo que cargaba en brazos contra la superficie pulida y dura.

Alzó los brazos sin dejar de gritar, y yo apreté con fuerza la mano de Veh, sintiendo que mi corazón se detenía: lo que alzaba sobre su cabeza, era el cuerpo de un bebé de pecho, al que sujetaba por las piernitas, inerte, y de cuya suave cabeza escurrían hilillos de sangre que salpicaron el rostro cubierto de lágrimas de su madre.


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