Más que la suma de sus partes - Parte II

El monstruo primo y la suma de todos los demás


1 Una de las instancias que encierran los orígenes potenciales del monstruo humano en la mitología es la práctica de la sexualidad aberrante o considerada como perjura según las distintas culturas. Desde el pecado nefando hasta el incesto, pasando por la infidelidad y el bestialismo, la sexualidad errónea y quebrantadora de tradiciones será el origen genético y natural de los monstruos. Representando al sexo desleal y con animales tenemos la línea genealógica del Minotauro. Zeus, convertido en un resplandeciente toro blanco raptó a Europa para llevarla nadando más allá del mar hasta la isla de Creta, en donde se revelaría con su forma divina, a imagen y semejanza de los hombres, para poseerla y concebir así a Minos, futuro rey de aquella isla (en otras versiones, abuelo de Minos el malo, su descendiente homónimo que daría lugar a estas leyendas). Más tarde, Minos sería castigado por Poseidón al negarse a sacrificar al toro que el dios le había dado como regalo por su coronación para ofrendarlo en el propio honor de la deidad de los mares (los dioses, siempre tan generosos), y este animal, este toro de Poseidón, también habría surgido del mar y habría sido de un color níveo. La venganza de Poseidón por la desobediencia de Minos consistió en hacer que la esposa del monarca, Parsifae, se enamorase del animal que Minos se había negado a matar y copulara con él a través de una vaca de madera cuya construcción le fue encomendada a Dédalo por la reina, para dar de esta manera nacimiento a uno de los monstruos más contundentes de la historia de todos los imperios: Asterión, también conocido como el Minotauro, hijo bastardo y maldito del imperio cretense. No es posible dejar de notar la semejanza entre los dos aspectos masculinos de la concepción del Minotauro a tan sólo una generación de distancia. Ambos, toros blancos y etéreos como premisas argumentales, aun cuando no se correspondan las dos figuras con la de Zeus, ni haya tenido el dios supremo del Olimpo dicho aspecto en el momento exacto de concebir a Minos con Europa sino sólo a la hora de raptarla. La relación entre Europa y Zeus, una humana y un ser sobrenatural, no dio lugar a un monstruo como el Minotauro, pero en cambio sí engendró a un rey-tirano, Minos. Porque es típico de la estirpe mestiza entre los dioses o seres sobrehumanos y los humanos de la mitología concebir una u otra combinación, o incluso la figura mítica del héroe como en los casos de Hércules y Aquiles. El producto de Parsifae y el toro de Poseidón, en cambio, no fue ni un héroe ni un tirano, sino que de esta última unión, bigámica, infiel, zoofílica, negadora de las leyes de los hombres, de los dioses y de lo natural, surgió la monstruosidad - ni héroe, ni rey, ni tirano, sólo antihéroe y eternamente insurrecto, lo contrario de la autoridad política que es también la civilización, de ahí que se le tenga que encerrar en un laberinto por su naturaleza indomable-. El Minotauro es, como todo monstruo humano, también suma y mezcla de dos elementos insolubles, de las especies diferenciadas de sus progenitores y de las pasiones contradictorias e inmorales que lo constituyeron.


2 Pero la culpa del rey Minos también importa, fue él quien primeramente desobedeció los designios de Poseidón. Y la suma de las dos culpas, la de Parsifae y la de Minos, da como resultado un monstruo híbrido. Los monstruos, entonces, surgen como por mandato y capricho de los dioses, una representación de lo caótico e impredecible. Sobre los dioses podemos decir: Son monstruosos los frutos de su venganza. El Minotauro era entonces un monstruo político como reflejo de Minos y su despotismo. Como híbrido insaciable, era alimentado con los enemigos capturados en las guerras de Creta, lo que nos retrotrae a una de las primeras acepciones del monstruo tirano. Joseph Campbell, sin embargo, tiene otra interpretación bastante más sublime: La culpa fue sólo del rey, la culpa de haber olvidado su investidura real para convertir un asunto público en otro privado al haberse prendido del toro de Poseidón y dedicar en su lugar en sacrificio a uno de los animales de sus rebaños particulares. Vemos aquí otra de las dimensiones políticas del Minotauro, no sólo aquella que lo describe como nacido de la lujuria bestial, de la hipnosis divina, de los deseos insensatos o la infidelidad y la desobediencia, sino también, en origen, del despotismo que olvida todo bien político en nombre del egoísmo narcisista, el hecho de que el gobernante debe siempre hacer sacrificios por su pueblo (aquí las concepciones de lo interno y lo externo ya se intuyen, adentro y afuera son casi las categorías más básicas del pensamiento, abstracción hecha de sí y no –positivo y negativo-; Minos como héroe es un asunto particular, es un asunto de sí y para sí, interno; Minos como rey es un asunto público, de sí para otros, externo; la violación de estos principios elementales por el egoísmo real, trae como consecuencia el castigo de los dioses y la animadversión del destino).


3 Con cabeza de toro y cuerpo de hombre, o como prefirió Dante y resalta Borges, con cabeza de hombre y cuerpo de toro, Asterión representaba una violación de la lógica, de la biología y de las leyes. Era, además, antropófago, pues no es sólo aquello con lo que se copula, sino también aquello que se come -el rompimiento de las prohibiciones tanto de la sexualidad como de la alimentación- lo que hace caer sobre una criatura el manto de las características monstruosas. El Minotauro, encerrado en su laberinto, edificación tan ilógica como la fisiología de su huésped, asimilado en las entrañas de la ciudad, es el signo de la propia belicosidad interiorizada del imperio cretense; porque es importante recordar aquella concordancia que Campbell señalara, entre el toro de madera y el laberinto, ambos diseñados por Dédalo, ambos, máscaras que sirvieran para encubrir el rastro de las pasiones infames.


- Isidro Morales "El Juez"


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Pablo Picasso, Minotauromaquia, 1935

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