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"La Ofrenda"

En algún lugar de Michoacán, llegué al pueblo al filo del amanecer, cuando el cielo todavía no había decidido si quería ser naranja o gris. Lo primero que percibí fue ese olor tan peculiar y familiar. Caminé despacio por la calle principal de aquel pequeño pueblo cuyo nombre no vale la pena mencionar.

 

Vaya escena, tengo que reconocerlo, sonreí. Era un trabajo limpio, eficiente. Quien lo ordenó sabía lo que hacía, o al menos lo que quería conseguir. Los cuerpos estaban distribuidos a lo largo de la plaza central con una especie de estética: los hombres primero, luego las mujeres, todos con esa expresión final que tanto me dice de una persona. Algunos murieron con miedo, eso lo sé al primer vistazo. Otros con rabia. Unos pocos, sorprendentemente, con una especie de aceptación que me generó algo que no es común, respeto.

 

Me detuve frente a un hombre de unos cincuenta años tendido boca arriba ante la entrada de la presidencia municipal. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, lo cual evidentemente no fue intención de quien lo puso ahí, sino que así quedó al caer. Me agaché a su nivel y lo observé por un momento. Había llevado una vida razonablemente honesta, eso se siente. Me levanté y le hice una seña discreta, casi íntima. Se incorporó con esa perplejidad característica del primer instante, mirando su propio cuerpo en el suelo sin terminar de entender. Luego volteó hacia mí y, aunque no pudo ver con exactitud lo que soy, supo de inmediato a quién tenía enfrente. Asintió. No dijo nada. Los mejores siempre son los más silenciosos.

 

Los fui reuniendo conforme avanzaba por las calles. Algunos protestaron, algunos lloraron, algunos intentaron regresar a sus casas a ver a sus familias una última vez. Lo permití cuando lo pedían con la suficiente dignidad. Tengo mis métodos, pero no soy cruel.

 

La madrugada avanzaba y el trabajo marchaba bien. Había algo en aquella ofrenda que me resultaba casi generoso en su ambición. Quien organizó todo eso lo hizo pensando en mí, aunque no lo sabe con esa claridad, al final el resultado es el mismo: un tributo. Un recordatorio de mi presencia en este mundo.

 

Entonces . . . llegué a la casa de color melón en la esquina noroeste del pueblo.

 

La puerta estaba entreabierta y el silencio de adentro era diferente al del resto. Más denso. Más injusto. La empujé despacio . . . cuatro . . . cuatro niños.

 

El mayor no tendría más de nueve años. Estaba en el suelo de la sala con los brazos extendidos, como si hubiera intentado proteger a los más pequeños hasta el último momento. Los otros tres estaban en el cuarto trasero, amontonados en un rincón, como si el miedo les hubiera hecho pensar que entre más juntos estuvieran, más seguros estarían. Tenían razón en cierta forma, no estaban solos al final.

 

Me quedé parado en el umbral más tiempo del que acostumbro. Sentí algo que no me agrada reconocer: incomodidad. No del tipo que paraliza, sino del que indigna.

 

Existe una distinción que la mayoría de los vivos no comprende. Los adultos que mueren, independientemente de cómo lo hacen, cargan con su historia. Sus acciones, sus omisiones, sus elecciones. Todo eso es parte del peso que traen cuando vienen conmigo y que determina hacia donde van. Es un sistema imperfecto, lo admito, pero es el que existe . . . y funciona.

 

Los niños no tienen eso, son cuentas en blanco y no podían ir a donde iba el resto esa noche.

 

Me acerqué al mayor primero. Se llamaba Carlos y tenía exactamente nueve años y cuatro meses. Ya estaba de pie, mirándome con esa mezcla de miedo y curiosidad que tienen los niños cuando no entienden algo, pero no quieren quedar mal. Le extendí la mano. La tomó sin dudar.

 

Los otros tres aparecieron a su alrededor de la manera en que siempre ocurre con los pequeños: sin drama, sin protocolos, con una confianza que los adultos nunca tienen. Me rodearon. El más pequeño, que no llegaba a los tres años, me tomó dos dedos con su puño y tiró hacia arriba, como si quisiera que lo cargara. No pude negarme.

 

Los llevé por un camino distinto al de los demás. Más luminoso. Más tranquilo. Sin el peso, ni el ruido que acompañan a los adultos en ese tránsito. Cuando llegamos al punto donde los tendría que soltar, me detuve. Carlos me miró una última vez antes de voltear hacia la claridad que los esperaba. Los otros lo siguieron de inmediato, sin voltear. Los observé hasta que la luz los absorbió por completo.

 

Me quedé ahí unos instantes, que no se cuentan de la misma manera en que se cuentan para los vivos. Luego giré y encaré el pueblo a mis espaldas, que ya empezaba a despertar al horror de lo que había ocurrido. Se escuchaban en la distancia las primeras sirenas, los primeros gritos, los primeros llantos.

 

Hablé en voz alta, aunque sabía perfectamente que nadie en ese pueblo podía escucharme. No me dirigía a ellos.

 

"Agradezco el tributo", dije, con la misma solemnidad y furia con la que siempre me tomo estos casos. "Fue generoso, sí, pero los niños no forman parte de ningún trato que yo haya aceptado jamás, y quien los incluyó debería saber que eso no compra favores . . . sino lo contrario."

 

Hice una pausa.

 

"Y si piensa que por haberme dado tanto esta noche no vendré por él ... que descanse bien mientras pueda. Sus horas ya están contadas. Como lo están las de todos. La diferencia es que las suyas las estoy recitando yo, personalmente, desde este momento."

 

No dije más. No hizo falta.

 

Me alejé del pueblo al mismo paso tranquilo con el que había llegado, dejando atrás las sirenas, el llanto y el amanecer que por fin había decidido ser gris.

 

Tenía trabajo que hacer en otra parte.

 

Siempre lo tengo.

 

 
 
 

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Est. 2012 Círculo Lovecraftiano & Horror

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