Octubre de leyenda (7/10): El callejón del obraje
Circulo Lovecraftiano y Horror se enorgullece en presentar esta sección dedicada a rescatar leyendas del México colonial adaptadas en comic, en vísperas de Halloween / Día de los Muertos. Todas las leyendas aquí presentadas fueron publicadas en la colección “Tradiciones y Leyendas de la Colonia”, impresa de forma semanal por Ediciones Latinoamericanas, entre 1963 y 1983, con posteriores reediciones que llegaron hasta mediados de los noventas. Este título es considerado uno de los mejores del género en México, tanto por los argumentos como por el arte en portada e interiores, y arropó entre sus filas a los mejores artistas de la época.

EPISODIO 6: “EL CALLEJON DEL OBRAJE”
¿Son los sueños un canal de comunicación? ¿pueden los muertos hablarnos a través de los sueños?
Esta historia inicia en junio de 1660, cuando un carruaje llega a un obraje, un taller artesanal ubicado en la colonia Santa María, entre las calles de Galeana, Pedro Moreno y Riva Palacio. En este taller se producían zapatos y ropa económica, accesible para la clase media, pero de baja calidad. Del carruaje descendió Doña Catalina Orozco de Zermeño, una mujer de porte elegante y altiva, y que supuestamente estaba protegida por el Virrey Don Juan de la Cerda, Marqués de Leyva. La señora Catalina había llegado a este lugar con intenciones de tomar las riendas del taller y mejorar la producción local, sin embargo, conocía poco del negocio, por lo que sus acompañantes la llevaron a conocer todo el lugar. Al pasar por el área de calzado y de textiles, las trabajadoras del lugar murmuraban al paso de la nueva dueña, con opiniones divididas: unos criticaban el aspecto de la dama, su porte, su actitud; y otros comentaban positivamente sobre su género: “para gobernar mujeres no hay como otra mujer” decían. Se especulaban muchas cosas, pero la realidad era que ella había tenido momentos mejores, cuando era casada, pero al fallecer su esposo se vino a menos, sin embargo, su carácter noble y altruista la llevaron a ser benefactora de asilos y conventos, demostrando tener un gran corazón.
Su llegada al obraje la llevó a convivir con personas menos favorecidas, con limitaciones, pero su espíritu benevolente la llevó a apoyarlas de forma generosa y desinteresada. En sus momentos a solas, sufría en silencio, el recuerdo de su esposo la entristecía, ya que en sus aposentos tenía pertenencias de su marido, como ropa y armas que conservaba con cariño y atesoraba con amor. Consideró que podían perderse o dañarse y decidió construir un nicho en la pared, un sitio seguro donde resguardar la memoria del finado, así que ordenó a dos trabajadores que le construyeran un espacio que sellarían definitivamente, para guardar todo lo relativo a su marido. Los trabajadores accedieron pero en solitario comentaban que era posible que lo guardado allí no fuese solo ropa, sino riquezas inconmensurables, como oro o joyas. Entonces, urdieron un plan...
Al terminar el nicho, los albañiles comentaron con la Señora que el lugar estaba listo, ella acudió a dar el visto bueno y en ese momento la atacaron, golpeando su cabeza y acuchillándola, para después proceder al saqueo y hacerse ricos, pero el destino no lo permitió, porque Catalina decía la verdad: no eran joyas ni doblones lo que guardaría en el nicho, eran pertenencias de su marido, con alto valor sentimental, más que económico. Los pillos solo alcanzaron a robar un rosario de perlas y oro, para después colocar el cadáver en el nicho, emparedar la zona, y ocultar para siempre toda evidencia de su crimen.
Las trabajadoras notaron la ausencia de su patrona, pero no sospecharon nada, para ellas, la señora simplemente volvió a su palacio, o se escapó con algún amante. Pasaron los meses y el asunto se olvidó, hasta que una noche, una dama que vivía en la calle de La Joya tuvo un sueño inquietante: una muerta le pedía que le ayudara, que debía sacar su cuerpo del lugar profano donde descansaba y lo llevara a un camposanto. Al principio no creyó en ese sueño, pero al repetirse durante varias noches acudió con el sacerdote local para que la ayudase, pero ella no sabía el nombre de la aparición, y no podían proceder a su búsqueda. Para esto, el cura tuvo una idea: en el próximo sueño, la mujer debía preguntar a la fantasma su nombre y ubicación exacta, para poder rescatarla del sitio donde fue asesinada y depositada, pero aquí sucedió una curiosa coincidencia, ya que la persona que la visitaba en sueños estaba pintada en un cuadro en la pared del convento donde platicaban ella y el padre.
El sacerdote confirmó que la señora de la pintura era Catalina Orozco de Zermeño, benefactora del convento, y al tener su nombre, por fin empezaron las averiguaciones. El padre y dos oidores acudieron al obraje, y en la habitación de Doña Catalina no encontraron indicios de su paradero, por lo que también asumieron que se había escapado con un amante y dieron por terminado el caso. La mujer que veía en sueños a Catalina regresó al convento, a ver de nuevo el cuadro, quizás haciendo petición en ese lugar podría comunicarse con la muerta y recibir mas instrucciones para ayudarle, o al menos recibir una prueba tangible de que Catalina le hablaba en sueños. En ese momento, el cuadro habló: la mujer debía esperar en la iglesia de Santa María a las 23:00hrs, para poder dirigirla hacia su tumba vertical profana. Y si, puntualmente se reunieron a la hora acordada tanto la viva como la muerta, y ambas caminaron hacia el obraje, donde el fantasma señaló el sitio donde fue emparedada, la mujer prometió traer gente para sacarla del sitio y sepultarla adecuadamente, además de conseguir un sacerdote para confesar a Catalina.
Poco después, un fraile otorga la absolución a la muerta, pero antes de que su alma deje este plano, la mujer le pide una prueba de su presencia, una muestra que ella pueda llevar al santo oficio para reivindicar su nombre, y con un gesto delicado, Doña Catalina se retira un anillo del dedo, el que porta su escudo familiar, y se lo entrega como evidencia de todo lo sucedido. Al amanecer, se exhumó el cadáver de la pared para darle santa sepultura, y al completar ese proceso, sucedió un milagro, porque el cuadro del convento se alteró, la mano de Doña Catalina ya no mostraba su anillo, confirmando así que todo fue real.
Y así termina esta historia, donde un sueño inquietante ayudó a localizar un cadáver emparedado, y un anillo que salió de un retablo fue la prueba del contacto entre vivos y muertos.
DATA:
Tradiciones y Leyendas de la Colonia #83 “El callejón del obraje”
Fecha: 22 de enero de 1965
Editorial: Ediciones Latinoamericanas.
Realización: Cristobal Velazco
Escenografía: Roberto García G.
Precio: $1ºº
Dr. Cecilio A. Jacobo Gonzalez, The Comic Archaeologist. 2026






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