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De la muerte del adivino y sus postreras profecías

hace 5 días
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Actualizado: hace 46 minutos

Al palacio en el día del viento hubo llegado aquel que hace. Preguntó, y echó sus suertes, y en el calor y la sangre el padecer del adivino encontró. En el día de la oscuridad, aquel que hace inició el ritual, machacó hierbas frías y hierbas rojas, y las administró, prendió inciensos, recitó plegarias, y en un sacrificio de sí, la piel se perforó, y su sangrar ofreció. En el día del maíz duro, el desequilibrio creció hasta lo irremediable. El adivino, destituido de toda fuerza física, supo que el viaje sin retorno habría de llegar pronto, lo hubo entendido desde antes, pues el desequilibrio trajo consigo más que enfermedad. En el día de la lluvia serpentiforme, el adivino hizo traer al hijo, le extendió la mano derecha y lo hizo sentar a su lado y en su lecho de muerte le dijo:

— No bastarían ni cinco veces cinco y cincuenta profecías, para describir lo que en estos cuatro días me fue revelado. Pues he visto mucho y más —dijo el adivino—. Se ha decidido, sin embargo, que he de atravesar ríos de pus, de sangre, al comenzar el día de la muerte. Atiende, niño, a estas mis últimas palabras, pues por cada cuenta en esta mi mano, una profecía me resta y pues, una profecía por cada cuenta bastará.

—  Entonces, venerable adivino, aquel que habla con la boca del jaguar —dijo el hijo—. Imparte en mí la que es tu sabiduría final ¿qué me es dado saber de ti?

El adivino cerró los ojos y de este modo dijo:

— He aquí, el olvido de los Hacedores. Los hijos de hombre, hijos de mujer, hijos siempre de la abuela del maíz. Demandarán todavía el sacrificio, todavía sangre y ofrenda, todavía alabanza. Más no en consagración al nombre de los Creadores. De su grandeza tan seguros estarán, que las cuatro direcciones de la tierra en su palma creerán tener. A su modo reformarán lo que fue hecho. Juntarán mares, derribarán montañas, entonces pues, los que despojan, los que dilapidan, se nombrarán los dioses supremos, en semejanza del predecesor, el Falso Sol.

Así habló el adivino y cuando hubo terminado su profecía se enfrió, y el uso de sus piernas lo abandonó, y en la agonía el Descenso de los Dioses recordó. Al hijo instruyó para bendecir, adorar. Entre los jóvenes cazadores, sin embargo, la palabra el hijo desatendió, y en lugar del copal, el arco y la flecha portó. Así fue, y así debía ser, y así sería siempre.

El hijo administró hierbas calientes al padre y dijo entonces:

— Venerable adivino, aquel que conoce el cantar de los monos aulladores. Restan todavía cuatro profecías. Imparte en mí la que es tu sabiduría final ¿Qué me es dado saber de ti?

— Esto, mucho y más.

Y de este modo dijo:

— He aquí, animales de ojos amarillos. Al Sol Jaguar querrá imitar su mirada, animales que no visten piel sino plata, negro su alimento, negra su respiración, sobre la faz del mundo vagarán, toda senda obrada y reobrada al modo de su andar. El hijo de hombre ha de viajar en sus entrañas, en sus adentros el hijo de mujer ha de encontrar el fin, pues traicioneros serán también estos animales. Al lugar del miedo llegarán, el que hoy allí transita mejor estará, pues a los difuntos del mañana no les será dicho el nombre de Una Muerte, de Siete Muertes, y en el reino de estos Señores perecerán.

Así habló el adivino y cuando hubo terminado su profecía se enfrió, y el uso de sus brazos lo abandonó, y en la agonía el Descenso de los Dioses recordó. El adivino de la desobediencia advirtió, el aire vino a silbar y se hendió, la flecha del hijo siempre al padre encontrará. Así fue, y así debía ser, y así sería siempre.

El hijo administró hierbas calientes al padre y dijo entonces:

— Venerable adivino, aquel que ve con el ojo del águila. Restan todavía tres profecías. Imparte en mí la que es tu sabiduría final Qué me es dado saber de ti?

— Esto, mucho y más.

Y de este modo dijo:

— He aquí las guerras del fuego. Atrás quedarán la lanza y la obsidiana, pues los hijos de hombre en sus manos sostendrán las bocas, las que escupen fuego, las que traen el sonido del trueno. Ya no será cercano el combate, pues de lejos la muerte se dictará , y el viento la llevará consigo. Estará también, el ave gigante cuya majestuosidad opacará el día, desde las alturas el fuego derramará. Estará también el ambulante volcán de los mares, con negro aliento su furia anunciará, y aun encenderá hasta las aguas. Estará también la invocación del Rostro del Sol, que por designio de los hijos de mujer caerá, y su poder en la tierra caminará, liberado.

Así habló el adivino y cuando hubo terminado su profecía se enfrió, y el uso de sus ojos lo abandonó, y en la agonía el Descenso de los Dioses recordó. El ritual trucado fue, pues la  sangre de aquel con la boca de jaguar se derramó, y en brazos de los jóvenes cazadores al palacio regresó. Así fue, y así debía ser, y así sería siempre.

El hijo más que hacer por el padre no supo, se limitó a decir entonces:

— Venerable adivino, aquel que escucha con el oído de murciélago. Restan todavía dos profecías. Imparte en mí la que es tu sabiduría final ¿Qué me es dado saber de ti?

— Esto, mucho y más.

Y de este modo dijo:

— He aquí, el destino del hijo de hombre, del hijo de mujer. Se multiplicarán, tan grande será su sociedad, que por cada brizna de hierba en un campo, un hombre habrá para arrancarla. El pasado, sin embargo, habrán de preterir, y  en la otra vida  los ancestros inquietarán, sin ofrenda ni reconciliación, en contra de sus familias estos espíritus se volverán. Grande el pesar de los vivos será , pues abundará en ellos el infortunio, y la enfermedad, y  ajeno será el hijo del padre, la madre, ajeno el padre, la madre del hijo, y en la soledad pues, morirá.

Así habló el adivino y cuando hubo terminado su profecía se enfrió y el uso de sus oídos lo abandonó, y en la agonía el Descenso de los Dioses recordó. En el palacio sacerdotal, el daño enconó, y de la herida no brotó ya la sangre, brotó entonces el pus. Y con el calor se hizo la revelación, la profecía, la postrera profecía. Así fue, y así debía ser, y así sería siempre.

El hijo más que hacer por el padre no supo, se limitó a decir entonces:

— Venerable adivino, aquel que sabe los caminos del Lugar del Miedo. Resta todavía una profecía. Imparte en mí la que es tu sabiduría final ¿Qué me es dado saber de ti?

— Esto, mucho y más.

Y de este modo dijo:

— He aquí, de nuestro tiempo el fin. Como el primer diluvio al hombre de lodo el fin dio, como el segundo diluvio al hombre de madera el fin dio , así también, el tercer diluvio llegará y el fin nos dará.

Cuando olvidado sea el nombre de los Hacedores, cuando camine el animal de ojos amarillos, cuando con fuego la guerra se haga, cuando la espalda se den los unos a los otros, terrible la furia de los Dioses será, y de nuestra ruina al nuevo hombre crearán, y de nosotros se hablará, y si a esa sabiduría el sucesor acata, quizá un cuarto diluvio nunca llegará.

Así habló el adivino y cuando hubo terminado su profecía descendió sobre él la sombra de la muerte y de sus labios una palabra más no llegó. El hijo hizo traer nuevamente al que hace, y juntos prepararon el cadáver. Le colocaron cuentas de jade en la boca, y en el cuello un collar de conchas, y en las manos su piedra de luz y punzón de obsidiana. Llevaron el cadáver a la cueva, y en la antesala del Lugar del Miedo cavaron la tumba, entre vasijas con alimento y sus libros sagrados, lo enterraron. El hijo las profecías al que hace repitió, por el adivino entonces juntos rezaron. Por su discernimiento a los trucos y engaños, y también por su supervivencia a las Casas del Terror, y también por su victoria en el juego de pelota. Así fue, y así debía ser, y así sería siempre.

 
 
 

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