"Krysar"
- Abraham Martinez
- 31 jul
- 2 min de lectura
Actualizado: 1 ago
Uno de los cuentos de hadas más famosos de los hermanos Grimm es el de “El flautista de Hamelin”, y aunque haya sido adaptado a las pantallas grande y chica, la recomendación para este Viernes de película es el mediometraje de animación stop motion dirigida por Jiri Barta en una coproducción tanto alemana como checoslovaca de poco menos de una hora.
En aquel lugar de la Baja Sajonia, a las orillas del río Weser, el reloj marca la hora de comenzar la larga jornada, y la ciudad pronto se llena de la cacofonía de los martillazos de los herreros, el tallado de los carpinteros y las agujas zurcen la tela desde temprano en manos de los sastres; mientras tanto en el corazón de la industriosa población, los banqueros acuñan monedas de oro, plata y cobre para incentivar el consumo interno. Aquí todo parece hecho de piedra o madera tallada, incluso sus habitantes, como si ellos no fueran carne y hueso, sino la misma materia de la que trabajan de sol a sol para obtener dividendos. Esta clase trabajadora tan gris y angulosa como sus propias viviendas, apiñadas apretadamente en torno al zócalo, asiste al mercado para abastecerse de alimentos. Así vemos como el regateo entre los vendedores de pan o embutidos con sus clientes se torna violento, deformando los rostros enrojecidos mientras cacarean y reclaman no cuatros sino dos monedas, o incluso fracciones de estas, y al mismo tiempo que existe un sistema de pesos y medidas tan preciso como el reloj de la torre, también hay trampas con las que algunos comerciantes estafan a sus vecinos para maximizar su ganancia.
En contraposición a la estética opresiva, empañada y claustrofóbica de estos deshumanizados villanos, las ratas de la ciudad no son figuras artesanales, sino cuerpos orgánicos de ratas verdaderas. Estas también pululan por todas partes, aprovechando el descuido de los marchantes para robarles el pan o la longaniza. De este modo, al mismo tiempo que corretean por los pasillos los contables llevando libros a los burgomaestres, lo hacen los roedores, ambos escabulléndose, siempre hambrientos los unos de monedas, joyas y telas exóticas, lo otros de alimento para roer. Llega el punto en que no hay lugar en el caserío que esté libre de ratas, mismas que perforan las paredes, destruyen muebles y escarban bajo Hamelin por miles.
A través de la campiña desolada, aparece una figura de igual textura pero acaso de silueta más humana, es un flautista encapotado, quien se presenta en el peor momento de la crisis para ofrecer sus servicios. Tocando una melodía hechizante, invoca a todas las ratas del edificio, haciéndolas saltar por la ventana. El regente le ofrece mil monedas a cambio de que haga lo mismo con todas las ratas del pueblo, y aunque esta historia aparentemente está basada en la extraña desaparición de niños del 26 de junio de 1284 en aquella población sajona, el giro de tuerca de esta adaptación y su extraño final tal vez nos recuerden más bien a los cuentos de Sheherezada, donde los djinn del desierto pueden concederte un deseo, pero que generalmente será retorcido en tu contra.





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