Octubre de leyenda (9/10): La Coyota
Circulo Lovecraftiano y Horror se enorgullece en presentar esta sección dedicada a rescatar leyendas del México colonial adaptadas en comic, en vísperas de Halloween / Día de los Muertos. Todas las leyendas aquí presentadas fueron publicadas en la colección “Tradiciones y Leyendas de la Colonia”, impresa de forma semanal por Ediciones Latinoamericanas, entre 1963 y 1983, con posteriores reediciones que llegaron hasta mediados de los noventas. Este título es considerado uno de los mejores del género en México, tanto por los argumentos como por el arte en portada e interiores, y arropó entre sus filas a los mejores artistas de la época.

EPISODIO 9: “LA COYOTA”
¿Estás dispuesto a vender tu alma a cambio de venganza? ¿Aceptarías ayuda del mismísimo demonio?
Esta historia habla de una mujer vengativa, que vendió su alma al diablo para asegurar su venganza sobre sus enemigos. Dicha hembra era parte de la familia Rodríguez de Celis, y la leyenda dice que las mujeres de esa familia podían ocasionar la muerte a sus pretendientes. En los bailes, las otras damas comentaban entre si: “¿Habrá quien se atreva a bailar con ella?”, y al parecer siempre aparecía algún incauto donjuán que caía presa de sus encantos. Y los caballeros, para no quedarse atrás, también murmuraban: “amigo, ella es una invitación a la muerte” porque, a decir de los demás, debajo de ese rostro hermoso se esconde algo siniestro y repulsivo. Le decían La Coyota, y se aseguraba que su compañía era sentencia de muerte. A pesar de las advertencias, un joven atrevido y galante de nombre Fernando se atrevió a seguir bailando con ella, solo para aparecer muerto entre los matorrales, a la mañana siguiente. Su cadáver desfigurado y ensangrentado, fue depositado en el rumbo de Tacuba, y aunque se sospechaba de la Rodríguez Celis, nadie se atrevía a detenerla.
Pero antes de revisar lo acontecido entre Fernando y la Rodríguez Celis, veamos cual fue el origen de esta leyenda. Todo se remonta al siglo XVII, en la antigua calzada de Tlacopan, donde vivían un granjero llamado Álvaro y su hija Blanca, cultivando hortalizas en sus tierras como medio de vida. Ella era diligente y servicial, ayudando a su padre a vender todo lo cultivado, y ambos trabajaban hasta el cansancio. Sin embargo, un día Don Álvaro tuvo un golpe de suerte: mientras intentaba sembrar una semilla de manzana, hizo un pozo en sus tierras y descubrió un cuantioso tesoro. Seguro es de alguien, dijo Blanca, pero Don Álvaro contestó: sí, sin duda es de alguien, pero ya murió hace muchos años. Él desconocía al dueño de tales riquezas, pero sospechaba que sería de algún conquistador fallecido o de algún soldado caído en batalla. Sea cual fuere el dueño original, ahora ellos gozarían de lo encontrado.
En los días siguientes empezaron a construir una casa enorme, y en ella reinó Blanca, con su belleza enmarcada en brocado y oro, rodeada de sirvientes. Pero la sabiduría popular indica que quien encuentra un tesoro, no vive mucho para disfrutarlo, y al año del hallazgo, Don Álvaro falleció, dejando sola a su hija. Su soledad no fue duradera, ya que los pretendientes no faltaban, pero fue un caballero llamado Fernando de Girard quien ganó el corazón y atenciones de Blanca, aunque ella siempre dudó del amor verdadero del doncel, incluso le llegó a preguntar si su amor seguiría presente si ella fuera pobre, a lo que el joven respondió que si. Ella sabía que su linaje era de un hortelano, y Fernando era un conde, pero aun así, él le aseguró que su amor era real y que por matrimonio ella sería condesa también. Procedieron a la boda, evento al que acudieron también varios nobles de la época, y uno de ellos, tocayo del recién casado, comentó que Blanca era plebeya, que su unión no cambiaría ese hecho, y Fernando asintió, porque sabía del origen de su esposa y sus riquezas, y maliciosamente le reveló su plan al juicioso amigo: él aprovecharía los bienes para sostener su estilo de vida, y una que otra amante.
Pero no se dieron cuenta que Blanca los escuchó a la distancia, incluso se enteró de que Fernando no la amaba, que solo la buscaba por su fortuna, por lo que se retiró llorando a su casa, pero fingió no saber nada, ella volvió al baile donde todos concordaban en que era bellísima, y la fiesta siguió adelante, al igual que su relación. De esta unión deshonesta nació una bella niña, y mientras Blanca se dedicaba a cuidarla, el marido gastaba a lo grande en toda clase de cosas, como hacerse pintar retratos. Pero de nuevo, el refrán se cumplió: Fernando falleció a los tres días de finalizado su retrato, porque quien encuentra un tesoro, no vive mucho para disfrutarlo. Unos creían que murió por sus excesos, otros pensaban que fue envenenado, pero lo cierto fue que al finalizar el velorio, Blanca regresó a su casa, y transformada en una fiera por el odio, despidió a sus criados y se fue a vagar por las chinampas de lo que hoy es Nativitas, buscando a alguien: una anciana.
El remero que la estaba transportando le indicó que la anciana vivía en el agua, en la guarida del nahual, con el diablo… de ese tamaño era el miedo que le tenían a la senil mujer. ¿Qué motivos tenia Blanca para acercarse a ella? No fue necesario explicarlos, la anciana, llamada Marina, intuyó que Blanca buscaba venganza, y aceptó ayudarla. El remero, aterrorizado, huyó del lugar, abandonando a ambas féminas a su suerte, pero la anciana, con un ademán, hizo aparecer un elegante carruaje sobre el fangoso canal, ambas abordaron y se dirigieron a casa de Blanca. Ya instaladas en la sala y bebiendo el te, se especificaron las condiciones de trabajo: Blanca deseaba hacer el mal, vengarse de Fernando, pero no de su Fernando, que ya había muerto, sino del otro Fernando, del tocayo que conoció los planes de su ex-esposo, del Fernando que se burló de ella y mal aconsejó a su marido. La anciana le expuso que solo ofreciendo su alma al diablo lograría lo que deseaba y ella accedió. Se hizo la invocación al maligno en ese mismo momento, la bruja llamó tres veces a Satanás y el rey del infierno apareció. Blanca se entregó a él y el demonio, embelesado por su belleza, la cubrió con sus alas y accedió a la petición.
Ahora, la bruja y la protegida de Satán preparaban todo para matar a Fernando: Blanca lo seduciría y la bruja lo asesinaría en el despoblado. Ella sedujo a un joven Fernando que admitió ser amigo del finado y Blanca lo condujo hacia un jardín, donde apareció una coyota, enviada del mas allá. La coyota le saltó al cuello, matándolo al instante, y Blanca sonrió, pero de los arbustos salió Marina, preocupada… se habían equivocado de persona, ¡este Fernando no era el que ellas buscaban!
En los días siguientes, otro Fernando apareció en escena y fue asesinado también por la coyota, pero tampoco era al que buscaban, ambas mujeres seguían sin dar con el Fernando correcto: estaban matando Fernandos indiscriminadamente, pero eso no las detendría, Blanca juró matar a cada Fernando de la Nueva España hasta dar con aquel al que deseaba enviar al infierno, y así fue, Blanca, enloquecida, seguía llevando hombres llamados Fernando a donde la coyota, para que la fiera los asesinara, y eventualmente lograron su meta: el 18 de agosto de 1627 fue asesinado Don Fernando Ballesteros y Moncada, quién tenia la marca del demonio en la frente, en clara señal de que él era el objetivo que buscaban. Una vez terminada su labor, Blanca fue a buscar al Diablo, para cumplir su parte de lo prometido, alejándose entre la bruma con su nueva pareja infernal.
Poco después, la gente haría conjeturas: ¿qué extraña maldición perseguía a los hombres bautizados como Fernando?¿Fue acaso la viuda, o una fiera salida del averno? Nadie lo supo a ciencia cierta, lo que si se supo es que los descendientes de Blanca nacieron con esa maldición: atraer a la muerte. Y aquí se cierra el ciclo , porque la mujer de apellido Rodríguez Celis es nieta de Blanca, la consorte del diablo, la vengativa mujer que mató a los Fernandos.
Y así termina esta historia, con una mujer invadida por el deseo de venganza, y que con ayuda infernal logró localizar y matar no solo a uno, sino a varios Fernandos, en busca del que se atrevió a burlarse de una hortelana.
DATA:
Tradiciones y Leyendas de la Colonia #44 “La Coyota”
Fecha: 22 de Abril de 1964
Editorial: Ediciones Latinoamericanas.
Realización: Cristóbal Velasco CRISVEL
Escenografía: Galán R.
Colaboró: T. Matadamas
Precio: $1ºº
Dr. Cecilio A. Jacobo Gonzalez, The Comic Archaeologist. 2026






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