Susurros Innombrables - Magdalena Lopez
Susurros Innombrables
Voces que exploran lo arcano y lo indescriptible del horror
Magdalena López — Escritora, investigadora y especialista en literatura fantástica y terror
En este sendero de sombras y revelaciones, se realizarán entrevistas que darán voz a los creadores, personalidades y guardianes del horror, para que sus visiones y obras nos acompañen en esta travesía compartida, un viaje de palabras y ecos que iluminan la oscuridad.
El Círculo Lovecraftiano y Horror recibe a una invitada cuya mirada crítica y creativa ha sabido explorar las grietas de lo innombrable. Desde la Ciudad de México, Magdalena López (escritora, investigadora y especialista en literatura fantástica y horror contemporáneo) quien es Licenciada en Literatura y Creación Literaria por Casa Lamm y Maestra en Literatura Mexicana Contemporánea por la UAM, indaga en los cruces entre lo fantástico, el horror y las narrativas de la violencia.
Es autora de los libros Insomnes (2020) y Suturas (2025), y ha coordinado encuentros académicos y festivales como Entreabriendo las puertas y Narrar el mundo. Además de su labor literaria y docente, se desempeña como estratega y directora creativa.
Magdalena López —

CL&H —Tomando en cuenta tu experiencia en la docencia, ¿qué aprendizajes te han dejado los talleres que has coordinado y cómo han influido en tu propia escritura? ¿Hubo algún momento, ejercicio o intercambio con los participantes que transformara tu manera de concebir lo fantástico y el horror en la literatura?
ML — Dar clases, coordinar talleres, encuentros y festivales literarios me ha dejado, sobre todo, una enorme conciencia de la pluralidad de perspectivas. Me gusta mucho conversar. Creo que es justamente en la conversación, más que en la inspiración, donde nacen las grandes ideas porque, cuando ponemos una obra, una teoría o una pregunta sobre la mesa, cada persona llega con una experiencia y una forma distinta de mirar, y de ese intercambio suelen surgir cosas que difícilmente habrían aparecido de manera individual.
Y eso está directamente relacionado con mi proceso creativo. Durante mucho tiempo entendí la escritura como una labor solitaria, casi individualista; ya saben, la imagen del escritor frente a la página, aislado, tratando de producir algo desde sí mismo. Hoy ya no lo veo así. Creo que todo acto de creación es, en realidad, comunitario. La idea misma rara vez aparece de la nada; nace de una conversación, de una lectura, de un intercambio, de una confrontación con determinados actores o experiencias de la realidad. Y después esa obra sigue construyéndose en diálogo con otras personas. ¿Qué sería de mis textos sin mis lectores beta, mis correctores o mis editores, por ejemplo? Incluso después de publicar, mis lectores han terminado de transformar la obra con su propia lectura.
Esa misma lógica atraviesa mi trabajo fuera de la literatura. Las dinámicas que ocurren cuando discutimos una interpretación literaria aparecen, por ejemplo, cuando construimos una campaña publicitaria: una idea se transforma cuando entra en contacto con otras miradas. Para mí, crear también es conversar, escuchar, cuestionar y volver a pensar lo que uno creía resuelto.
Y ese intercambio también ha transformado mi manera de entender el fantástico y el horror. Cuando comencé a estudiar literatura, e incluso cuando leía de manera más lúdica, se entendía el terror como un género menor frente a otras formas literarias canónicas. Con el tiempo esa percepción, gracias a Poe, ha cambiado radicalmente. Hoy me parece que el horror es uno de los géneros que mejor nos permite mirar críticamente el mundo y hacerlo, además, desde lugares incómodos y mordaces.
Pienso, por ejemplo, en autoras latinoamericanas contemporáneas como Mariana Enríquez, Fernanda Ampuero, Mónica Ojeda, Lola Ancira o Agustina Bazterrica, que han demostrado las posibilidades del horror para hablar de violencia, género, cuerpo, clase, enfermedad, maternidad, poder y muchas otras problemáticas actuales. Y creo que esa transformación también viene de conversar: de leer a otros, escuchar otras interpretaciones y permitir que nuestras propias ideas cambien. Para mí, esa es una de las partes más estimulantes de la docencia y de la creación: descubrir que una conversación puede modificar la manera en que entendías un texto y, a veces, incluso la manera en que entiendes el mundo.
CL&H —¿Cómo es tu rutina de escritura?
ML — Verás, soy una amante enorme de los decálogos y las poéticas. Siempre me ha fascinado leer cómo escriben otros autores y autoras. No para reproducir sus métodos, sino para entender qué puedo aprenderles y qué herramientas puedo incorporar a mi propia escritura. En ese sentido, me considero hija directa del Decálogo del perfecto cuentista de Horacio Quiroga.
Hay un mandamiento que para mí se volvió casi una regla personal: las tres primeras líneas son tan importantes como las tres últimas. Antes de comenzar un cuento necesito tener muy claro cuál es el recorrido que quiero hacer, casi de una manera cinematográfica, pero sobre todo necesito tener las palabras exactas que conformarán el inicio y el final. Hasta que no los tengo, no empiezo a desarrollar.
A partir de ahí comienza lo que yo llamo mi TOC escritural. Es probablemente la parte más obsesiva, aunque al mismo tiempo más divertida, de mi proceso. Escribo a mano, prácticamente línea por línea. Voy ensamblando, corrigiendo y tejiendo el relato mientras avanzo, porque para mí cada frase tiene que encontrar su lugar exacto en relación con la anterior. Me importa muchísimo el ritmo y la musicalidad. Creo que el ritmo puede determinar si un lector continúa dentro de una historia o si, de pronto, la abandona.
De hecho, muchas veces escribo como si estuviera armando un rompecabezas. Utilizo post-its con frases, imágenes o fragmentos que en apariencia están sueltos, pero que poco a poco comienzan a encontrar conexiones hasta que puedo ver cómo se construye el cuento.
Es una práctica que incluso podría parecer contraproducente. Alguna vez un profesor de cuento nos dijo que nunca corrigiéramos mientras escribíamos porque eso podía producir un bloqueo. Yo hago exactamente lo contrario: me autoedito conforme escribo. Voy corrigiendo, moviendo, quitando y reescribiendo hasta que cada pieza me convence. Mi texto va llegando a su versión casi definitiva al mismo tiempo que lo estoy construyendo, por eso escribo lento y publico poco.
En fin, supongo que ahí también hay una relación con mi propia ansiedad de perfección. Sin embargo, no lo vivo como una limitación; al fin de cuentas, es la manera en la que he aprendido a trabajar y estoy bien con ella.
Y hay otra influencia fundamental: Edgar Allan Poe. Cuando escribo siempre estoy pensando en el efecto. ¿Qué quiero provocar? ¿Con qué emoción quiero que el lector llegue al final? ¿Qué quiero que permanezca después de la última línea?
Por eso, aunque mi proceso pueda parecer obsesivo, en realidad todo responde a una misma preocupación: quiero saber hacia dónde estoy llevando al lector y quiero que cada palabra contribuya a llevarlo exactamente hasta ahí.

CL&H — El hecho de crear te remite muchas responsabilidades en un curso literario. ¿Cómo estructuras un taller para que los participantes no solo escriban, sino también desarrollen una mirada crítica sobre la literatura? ¿Qué dinámicas, lecturas o ejercicios consideras esenciales para que el taller se convierta en un espacio de diálogo y reflexión, además de creación?
ML — Para mí, un taller o un curso de literatura no puede ser solamente un espacio al que llegamos a producir textos. Bajo mi perspectiva, antes de aprender a escribir, o por lo menos mientras aprendemos a hacerlo, tenemos que aprender a leer. Y para mí leer implica también aprender a mirar: entender de dónde viene una obra, con qué tradición está dialogando, qué está haciendo con ella y qué decisiones permiten que funcione de determinada manera.
Por eso mis cursos suelen partir de una combinación de contexto, teoría, lectura, análisis y, sobre todo, conversación. Me interesa mucho que podamos desarmar una obra, no para destruirla, sino para entender cómo está construida. ¿Por qué esta historia produce inquietud? ¿Cómo se construye una voz? ¿Qué información se nos da y cuál se nos niega? ¿Qué papel tiene el cuerpo, el espacio, el tiempo o el lenguaje? ¿Qué está haciendo la persona autora con los recursos que tiene?
Esa es también la razón por la que me gusta trabajar con genealogías y con autores y autoras de distintas épocas. No me interesa presentar el horror como un género aislado, sino entender cómo se transforma, qué hereda y qué rompe. Una historia de vampiros contemporánea, por ejemplo, puede decirnos cosas muy distintas si entendemos qué significaba el vampiro en el siglo XIX y qué significa hoy; si ha sido construido en Europa, Estados Unidos o Latinoamérica. El contexto siempre modifica la lectura.
Y aquí vuelve a aparecer algo que para mí es fundamental: la conversación. Un curso tiene que ser un espacio donde alguien pueda decir “yo lo leí de esta manera” y otra persona pueda responder “yo lo entendí completamente distinto”. No busco que todos lleguen a la misma interpretación. De hecho, muchas veces lo más interesante ocurre precisamente cuando una lectura contradice o complejiza la de los demás.
Después, cuando el curso lo permite, llevo esas herramientas a la creación. Me gusta que los ejercicios no aparezcan como una receta para escribir, sino como una consecuencia de lo que acabamos de leer y discutir. Por eso tampoco me interesa enseñar una única manera de escribir. Cada autor y autora tiene procesos distintos. Lo que sí quiero es que el participante pueda reconocer sus propias herramientas, tomar decisiones de manera consciente y desarrollar una mirada crítica sobre lo que está leyendo y sobre lo que está escribiendo.
Al final, me interesa que quien pasa por mis cursos salga con dos capacidades que para mí son inseparables: poder leer de una manera mucho más exigente y, a partir de ahí, poder escribir de una manera mucho más consciente. Porque cuando uno aprende a desarmar una obra, también empieza a entender mejor cómo construir la propia.
CL&H —Estando en tu faceta de escritora ¿Qué temas centrales atraviesan Insomnes y Suturas?
ML — Hay una preocupación que atraviesa buena parte de mi escritura: la violencia, pero entendida en un sentido mucho más amplio que la violencia social. Me interesa la violencia doméstica, la que ejercemos sobre otros, pero también la que nos infligimos a nosotros mismos. Y, a partir de ahí, hay una pregunta que aparece constantemente en mi obra: ¿qué sucede cuando descubrimos que no existen lugares completamente seguros?
Insomnes, mi primer libro, es una antología de seis cuentos de terror y, de alguna manera, fue mi primera apuesta por explorar esa idea desde lo fantástico. En los seis cuentos hay una ruptura con aquello que debería proporcionarnos seguridad o familiaridad. No son solamente historias sobre monstruos o acontecimientos sobrenaturales; son historias en las que dejan de ser seguros el sueño, el placer, el cuerpo, el amor, el tiempo, la muerte. Incluso aquello que pensamos que conocemos perfectamente puede convertirse en una fuente de amenaza.
Por eso el título Insomnes también me parece importante: dormir supone entregarnos a un espacio de vulnerabilidad, dejar de controlar lo que ocurre mientras estamos inconscientes. Y en estos cuentos ni siquiera ese territorio está a salvo. Creo que en Insomnes llevo esa pregunta hasta un lugar bastante oscuro: si ningún espacio es seguro, ¿dónde podemos refugiarnos?
Suturas parte de preocupaciones similares, pero toma otro camino. Es un poemario construido en tres “puntadas” que reproducen, de manera muy libre, el ciclo de la vida: nacer, reproducirse, ¿morir?. El libro reflexiona sobre las heridas que vamos acumulando desde que nacemos, las que recibimos al crecer y también aquellas que nosotros mismos vamos generando.
La casa y la familia tienen un peso muy importante en Suturas. Me interesa precisamente confrontar esa idea de que deberían ser nuestros primeros lugares seguros. ¿Qué sucede cuando no lo son? ¿Qué heridas se producen dentro de esos espacios y cuáles llevamos después con nosotros?
Pero hay una diferencia fundamental entre ambos libros. Si Insomnes termina de alguna manera en la constatación de que no hay lugares seguros, Suturas intenta preguntarse qué podemos hacer con esa certeza. Y ahí aparece una posibilidad que para mí es profundamente esperanzadora: si las casas y las familias que nos fueron dadas no son necesariamente lugares seguros, también podemos construir otras casas y otras familias.
Creo que esa es quizá la diferencia más importante entre ambos libros. Insomnes explora el miedo de descubrir que no estamos a salvo; Suturas intenta pensar qué hacemos después de descubrirlo.
CL&H —¿Qué autores del horror y lo fantástico han marcado tu escritura (Lovecraft, Poe, autores latinoamericanos)?
ML — Sin duda, Edgar Allan Poe es el autor que más profundamente ha marcado mi manera de entender el cuento y el horror. Hay una parte de su influencia que tiene que ver con su Filosofía de la composición: esa idea de pensar el efecto que queremos producir en el lector y construir el relato a partir de ahí está muy presente en mi propia escritura. Pero Poe me interesa muchísimo porque, cuando lo lees desde el presente, descubres que fue un autor extraordinariamente adelantado a su tiempo. Antes de que existieran las grandes urbes como las conocemos hoy, ya estaba explorando problemas asociados con la vida urbana: el anonimato, la convivencia entre desconocidos, la vida en departamentos, la pérdida de identidad y el aislamiento que puede producir una individualidad llevada al extremo.
También me interesa cómo explora la relación entre lo humano y lo animal, la tecnología, la ciencia. Hay relatos que, leídos hoy, parecen estar dialogando con discusiones contemporáneas sobre inteligencia artificial, cuerpos artificiales o seres humanos construidos a partir de discursos políticos y científicos. Incluso encuentro en algunos de sus textos intuiciones que hoy podemos leer desde conceptos como la física cuántica, los agujeros negros, la teoría de cuerdas o de la evolución, aunque obviamente esos conceptos científicos todavía no existieran con esos nombres en su época.
Después está Guadalupe Dueñas, que considero una de mis grandes maestras. Me interesa profundamente esa capacidad suya para demostrar que lo cotidiano también puede ser monstruoso. No necesita llevarnos a un universo extraordinario para producir inquietud: una casa, una familia, un animal, una relación pueden contener algo profundamente siniestro. Esa línea también la encuentro en Amparo Dávila, Inés Arredondo, María Luisa Bombal, autoras que han sido fundamentales para mi formación y para mi manera de pensar lo fantástico.
Y actualmente hay una generación de autoras latinoamericanas que me interesa muchísimo y que demuestra que el horror y lo fantástico siguen siendo herramientas extraordinariamente fértiles para pensar nuestro presente. Mariana Enríquez, Fernanda Melchor, Clyo Mendoza, Claudia Amador, Lola Ancira, entre otras, están explorando desde lugares muy distintos temas como la violencia, el cuerpo, la clase, la familia, la sexualidad, la enfermedad, la precariedad y la memoria, y estoy fascinada con ellas.

CL&H —¿Crees que el horror en México se vive distinto que en otras tradiciones literarias? ¿Qué elementos culturales, históricos o sociales consideras que hacen que el horror mexicano tenga una voz propia frente al horror anglosajón o europeo?
ML — Sí, aunque no creo que exista una única manera de entender el horror mexicano. Me parece más interesante hablar de una serie de imaginarios que conviven y se contaminan entre sí.
En México tenemos una relación muy particular con la muerte, con los muertos, con la memoria y con los espacios donde pasado y presente parecen coexistir. Pero reducir el horror mexicano a la muerte o al folclor sería demasiado sencillo.
También tenemos otros miedos profundamente contemporáneos: la violencia, la desaparición, el narcotráfico, la precariedad, la violencia contra las mujeres, la desigualdad, la impunidad. Son experiencias que pueden resultar mucho más aterradoras precisamente porque no necesitan de un elemento sobrenatural para existir.
Eso me interesa mucho: preguntarnos qué ocurre cuando la realidad ya tiene elementos que parecen pertenecer al género de terror. En ese sentido, el horror mexicano puede dialogar con las tradiciones europeas o anglosajonas, pero también tiene que responder a una historia y a una experiencia social particulares.
Y creo que ahí la literatura fantástica tiene una posibilidad muy poderosa que consiste no en escapar de la realidad, sino encontrar otra forma de mirarla y, más importante aún, confrontarla.
CL&H —¿Cómo se relaciona tu trabajo en publicidad y storytelling con tu escritura literaria?
ML — Muchísimo. Creo que trabajar en publicidad modificó mi manera de pensar las historias, sobre todo porque me obligó a tomar muy en serio algo que también es fundamental en la literatura: la atención del otro.
Cuando trabajas en creatividad estás constantemente intentando resolver una pregunta muy sencilla y muy difícil a la vez: ¿por qué alguien debería detenerse aquí y no frente a todo lo demás que tiene alrededor? Eso ocurre con una campaña, pero también con un libro. Basta pensar en una feria: cientos de portadas, autores, presentaciones, editoriales, conversaciones. Hay una saturación enorme de estímulos y, en medio de todo eso, una historia tiene que encontrar la manera de llamar la atención, pero sobre todo de permanecer.
Eso me enseñó a pensar mucho en la experiencia y en la memorabilidad. No solamente en qué quiero decir, sino en qué quiero que suceda mientras alguien recibe una historia y qué quiero que permanezca cuando termine. En publicidad puede ser una imagen, una idea, un tag line o una asociación con una marca; en literatura puede ser una escena, una sensación, o una pregunta que la persona que nos lee mantiene en su cabeza días después.
También aprendí que una buena idea no se sostiene por sí misma. Hay que construirla. El ritmo, la estructura, los puntos de entrada, las expectativas, la manera de dosificar la información: todo eso determina la experiencia. Y esa es una lección que me llevo directamente a la escritura.
Por supuesto, no escribo literatura como si estuviera haciendo publicidad. De hecho, muchas veces busco exactamente lo contrario: en una campaña necesitas que una idea pueda ser identificada dentro de un entorno saturado; en literatura me interesa también aquello que tarda en revelarse, lo ambiguo, lo que incomoda y lo que obliga al lector a detenerse y reflexionar contigo.
De igual forma, ambas disciplinas me han enseñado a respetar mucho a la persona que me recibe. No asumir que las lectoras y los lectores son pasivos. Al final, una historia, sin importar en qué formato o plataforma viva, siempre se completa en la cabeza de quien la recibe.
CL&H —Siendo experta con el contacto en tus talleres y cursos, ¿Qué recomendación darías a la larga lista de escritores noveles que deciden entrar en este mundo de creación y expresión literaria? Más allá de la disciplina de la escritura, ¿qué actitudes, lecturas o experiencias consideras fundamentales para que un autor joven pueda construir una voz propia y sostenerse en un camino tan exigente como el literario?
ML — Primero, que lean muchísimo y que lean fuera de aquello que ya saben que les gusta. Una voz propia no aparece porque decidimos tenerla; la descubrimos y pulimos, paulatinamente, después de leer mucho, escribir más, equivocarnos, copiar involuntariamente, descubrir influencias y finalmente empezar a discutir con ellas.
También les diría que aprendan a recibir críticas. Eso no significa aceptar cualquier opinión sobre su trabajo, sino aprender a escucharla sin sentir que una observación sobre un texto nos coloca en la guillotina.
Y hay otra cosa que considero fundamental: la disciplina. Escribir se parece bastante a ir al gimnasio. No puedes ir una vez cada tres meses, levantar cien kilos y esperar que eso construya un músculo. La escritura también necesita práctica constante. No necesariamente significa escribir todos los días ni producir páginas a toda costa, como sí lo haría Stephen King, pero sí es importante mantener activo ese músculo: escribir, corregir, leer, experimentar, volver a escribir. La constancia termina siendo mucho más importante que esos momentos extraordinarios en los que creemos que nos llegó la inspiración.
Y, al mismo tiempo, creo que hay que tener paciencia. Existe una presión muy fuerte por publicar, tener seguidores, demostrar resultados y construir rápidamente una carrera como autor o autora. Pero escribir un libro requiere otro tipo de tiempo, mucho más cercano a la reflexión que a la producción.
Por eso también creo que tenemos que darnos permiso de vivir fuera de la literatura. Tener conversaciones, trabajar, fracasar, aburrirnos, enamorarnos, observar. Incluso el ocio es alimento para la escritura. Y ojo, no todo lo que vivimos tiene que convertirse inmediatamente en material literario, a veces simplemente hay que vivirlo.

CL&H —Con la completa satisfacción de hacer algo por la cultura en tus lectores, ¿qué esperas que el lector sienta al terminar tus libros? Más allá de la experiencia estética.
ML — Incomodidad.
Realmente, no me interesa demasiado que alguien termine mis libros pensando que leyó algo bonito, lo que realmente quiero es que algo se le mueva de lugar. Estoy convencida de que las personas incómodas terminan siendo las más memorables, y con los libros me pasa lo mismo. No quiero escribir para tranquilizar al lector, sino para astillarlo.
En Insomnes, por ejemplo, me interesaba quitarle al lector la posibilidad de refugiarse en aquello que normalmente consideramos seguro: la casa, el cuerpo, el sueño, el amor, la familiaridad. En Suturas la pregunta cambia, pero sigue existiendo esa incomodidad: ¿qué hacemos con las heridas que recibimos de los lugares y las personas que deberían habernos protegido?
Así que, si después de leer uno de mis libros alguien se queda pensando, aunque sea con un pequeño “¿y ahora qué hago con esto?”, entonces me doy por satisfecha.
Porque creo que justo esa es una de las funciones más interesantes de la literatura: dejarnos preguntas en lugar de darnos respuestas.
Con esta conversación hemos atravesado por la mirada crítica y creativa de Magdalena López. Sus palabras nos recuerdan que la literatura es un espejo de lo innombrable y que, en cada relato, se abren puertas hacia lo desconocido.
Agradecemos profundamente su presencia en el Círculo Lovecraftiano y Horror, que este encuentro sea apenas un umbral: una invitación a seguir leyendo, pensando y creando desde las sombras y las suturas de la imaginación. Gracias.
ML — Muchas gracias a ustedes por la invitación y, sobre todo, por mantener abiertos estos espacios de conversación alrededor del horror, lo fantástico y la literatura.






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