Anotaciones por Ernesto Moreno

Actualizado: ene 26

LXXVI Círculo Lovecraftiano & Horror de la Ciudad de México y Monterrey:

Anotaciones acerca de los relatos “Dejad a los muertos en paz” de Ernst Raupach, “El antropógago” de Pablo Palacio y “El prodigio de los sueños” de Thomas Ligotti.


La “carne”, la “sangre” y la “vida” misma se convierten en el vínculo perfecto para abordar los tres relatos que el Círculo profano de cultistas discutió el pasado viernes cinco de junio del 2020. Y es que estas esencias, estas materias vitales, dieron pie para que pudiéramos reflexionar sobre un tema central que se encuentra en nuestros tres autores: aquel del “arrebato” violento de la vida misma, ya sea bebiendo el líquido vital de tu semejante, ya sea comiendo su cuerpo o aún peor; despojándolo de su existencia.


Ernst Raupach nos propone una historia de amor tóxico, en donde la obsesión del protagonista logra convencer a un brujo para que le regrese de entre los muertos a su amada. Esta nueva situación deviene en una orgía de sangre inocente hasta que al confrontar a su ex-esposa vampiro por sus atrocidades, por no amarlo, ella le responde: “Te amo como aman los muertos”. ¿Hasta dónde puede llegar ese deseo necrófilo por tener entre nuestros brazos a la persona adorada? Este relato de 1823 bien pudo influenciar al gran maestro Edgar Allan Poe para varias de sus obras que versan sobre el mismo tema, por ejemplo, Morella, en donde ella dice antes de morir: ”I am dying, yet shall live”. La sangre despojada, bebida.


Por su parte, el escritor ecuatoriano Pablo Palacio nos envuelve en la narración justificatoria que realiza el protagonista para defender “al antropófago”. Otro taboo es abordado en este relato, el canibalismo. Una estampa deliciosa que el autor nos regala, escuando el antropófago por fin sacia su hambre -su impulso salvaje- y mordisquea el seno de su amada como si de una fruta jugosa se tratase, es tremendo. El monstruo entonces prosigue su festín con la cara de su propio hijo, un acto totalmente condenatorio.


Michel Foucault nos refiere en su obra Yo Pierre Riviere, Habiendo degollado a mi madre, a mi hermana y a mi hermano..., que cuando la sociedad se enfrenta a un caso espantoso, en donde es simplemente un comportamiento ininteligible, la justicia y la opinión pública se encargan de elaborar un móvil, de devolver la locura a la racionalidad, de encontrar una forma de “controlar” esas realidades ominosas que construimos los seres humanos. En este cuento de 1927, me parece encontrar destellos de la “Gallina degollada” de Quiroga de 1917, en donde el “otro” es el monstruo, es el que no respeta las convenciones sociales y agrede a sus prójimos. Palacio nos ofrece esta hermosa línea al final de su obra: “Si yo creyera a los imbéciles, tendría que decir: Tiberio (padre) es como quien se come lo que crea” en clara referencia al Saturno de Goya. La carne arrebatada, engullida.


Y por último, Thomas Ligotti nos invita a descender a las entrañas de un pasado extraño, borroso, en donde un intercambio ominoso es realizado, y años después, una fuerza antigua regresa para reclamar la vida del protagonista.


Aquí Ligotti toca varios temas que me llamaron la atención, por un lado, la terrible claridad del tiempo circular, a la manera de los antiguos griegos, de una realidad que se ha repetido siempre, “la sensación de su propia historia patética formaba un fragmento prácticamente invisible de lo que en sí mismo no era más que una oscura astilla del infinito”. El maestro Jorge Luis Borges lo refiere cuando afirma que “tu historia es la historia de todos los hombres” y es que como bien lo apunto Ramón López Castro, el autor ha referido la influencia borgeana en su obra.


Por otro, los pactos terribles que la humanidad ha tenido que realizar con las fuerzas arcanas para poder habitar esta roca. Aquello que es más grande, más antiguo, más poderoso, y que nos odia porque al ser finitos, podemos escapar de este mundo. Otro gran tema, a mi parecer. El robo de la vida misma.


Al final quiero mencionar la reflexión del autor sobre aquellos espacios de “extrañeidad”, de weird que encontramos si recordamos con intensidad nuestra niñez. “Comprender lo que en otro tiempo le había parecido una existencia asombrosa e incluso espeluznante”. Los mundos de lo ilógico no nos abandonaron, somos nosotros quienes decidimos cerrarles la puerta.


Mayo de 2020, México Tenochtitlán.

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