"Los últimos días de Anthibitas" - Por Cuervoscuro

CAPITULO 3 - Cuarta Parte


A veces cuando duermo, siento en mis pesadillas presencias extrañas que llegan impulsadas por el viento, e igual de etéreas. En esos sueños suelo estar tan ciego como lo estuve sumido en la oscuridad del templo del dios tortuga de Rhu. En otras ocasiones, es una luz blanca e intensa la que me impide ver aquello que me observa con ojos invisibles, y se acerca sin hacer ruido. Y no es sentir garras o colmillos lo que me despierta, sino un palpitar doloroso en el pecho, un galope del corazón que me roba el aliento. Me despierta mi miedo.

Y no me engaño, es lo mismo que sentí al despertar en aquellas horas interminables encadenado a los remos de la galera de Dethrone, cuando bajo su látigo feroz tratábamos de salvar nuestros demacrados pellejos de una enfermedad desconocida entonces, que había maldecido al barco.


Para cuando un tercio de los remeros habían muerto, después de ser llevados a cubierta por los marineros, se suscitó una refriega a bordo de la nave. Al parecer la contramaestre había desafiado a la temible capitana Dethrone, y algunos tripulantes la estaban respaldando. Incluso el tamborilero había abandonado su puesto, convocado junto con el resto de la tripulación a cubierta, pero no sin antes asegurar la trampilla por fuera. Escuchamos primero una acre discusión entre ambas mujeres, posteriormente sus voces subieron de tono, llegaron a los gritos, secundadas por diferentes grupos. Si bien era imposible saber cuántos tripulantes respaldaban a cada una, supuse que estaban divididos casi a la mitad, de lo contrario Dethrone hubiese despachado a la minoría sin trabajo. Pronto el sonido de gritos, hicieron un coro espantoso al chasquido de los látigos, el choque de las hojas metálicas de alfanjes y espadas, y los alaridos de los heridos; todo acompañado por una atronador golpeteo de pasos apresurados y cuerpos cayendo sobre la cubierta. El motín había tomado forma y enmudecidos por el miedo, nos limitamos a mirarnos unos a otros conforme la batalla sucedía por encima de nuestras cabezas. Varios marinos heridos de muerte cayeron al mar, como pudimos ver por las troneras del barco, y no tardaron en aparecer los peces carnívoros y barracudas para aprovechar el alimento. Al estruendo de la batalla se sumó la cacofonía de albatros gigantes que descendieron para dar picotazos en los cadáveres, chillando “tekeli-lii-tekeli-lii” en el viento aullante.


El combate se prolongó durante una hora. Al cabo de la cual, solo quedó el chillido de algunos pájaros y los pasos apresurados de varios marinos. Esperábamos que la trampilla se abriera para conocer el rostro de nuestro amo, pero nadie apareció durante largo tiempo. En cambio los esclavos ubicados del lado opuesto de mi banca, empezaron a gritar el nombre de Dethrone mientras observaban hacia el exterior del barco. Gritaban su nombre en tono de súplica y trataban de extender sus manos hacia ella hasta donde se los permitían sus amarres. La palabra “madre” en Rhuano fue pronunciada con desesperación, en un tono angustiante, el de hijos que saben están siendo abandonados.


Y no era de otra forma: Dethrone y la tripulación leal sobreviviente al motín, estaban echando las lanchas de desembarco al mar, abandonando no solo a la nave, sino a todos nosotros. ¿Y no era lo mismo que había ocurrido en la nave dejada a la deriva días atrás? Remeros atados, muertos y resecos en el mismo lugar al que los habían esclavizado desde su abordaje, y nuestra suerte no sería diferente.


El viejo a mi lado hablaba, pero poco podía entenderle. Señaló al hombre bestia del norte, que parecía extrañamente en paz, como quien ha aceptado un destino fatal. Insistía en que imitara sus esfuerzos por zafarse de las cuerdas que nos amarraban por pies y manos. Imité el ademán del viejo, sabiendo que sería imposible romperlas, y miré a los ojos azules y vacíos del remedo de bruto humanoide, quien siguió con la mirada perdida. Entonces pensé en repetir aquella palabra de largas vocales “o” y “a” mientras agitaba el remo que los tres sosteníamos. El efecto de la palabra fue inmediata: él salió de su estupor, sus ojos me miraron llenos de miedo y de inmediato imitó nuestros esfuerzos, logrando romper las cuerdas al tercer intento, demostrando su fuerza animal. Al hacer esto, los nudos se aflojaron y pudimos liberarnos después de incontables días. El salvaje se puso de pie pesadamente, tenía las rodillas arqueadas y gimió de dolor al hacerlo, producto de largos días sentado. Su aspecto simiesco se acentuó aún más, mientras resoplaba por el esfuerzo hecho. Al verlo libre, algunos de los hombres más fuertes hicieron intentos vanos por liberarse del mismo modo. En cuanto el viejo y yo zafamos nuestras muñecas y tobillos, nos vimos atenazados por la rigidez de nuestras rodillas y espaldas. Pero el hambre de libertad nos dio aliento nuevo, y poco a poco, nos dedicamos a desatar al resto de nuestras hermanas y hermanos de esclavitud. Poco tardamos en estar todos libres, algunas mujeres hablaban entre ellas, tratando de organizarse, lo que resultó en que a fuerza de golpes pudiéramos destrabar la escotilla y finalmente, poder emerger a la cubierta para respirar aire limpio en vez del vapor hediondo del vientre de la galera.


Pero poco duró la alegría de la libertad: en la cubierta, una docena de marineros y marineras yacían moribundos, algunos con tajos aun sangrantes. Mientras varias esclavas discutían, dos esclavos de los más fuertes se precipitaron a los toneles de agua y conservas, para saciar su sed y hambre. Otros más los siguieron, devorando ávidamente las menguadas raciones, que era imposible calcular cuánto nos durarían, estando a la deriva en altamar. Las esclavas los increparon, pero fueron ignoradas por la mayoría que ya estaba cebándose tras días de privaciones. Estaba a punto de unirme a aquel grupo, para alcanzar a comer algo antes de que no quedara nada, cuando el viejo me sujetó del brazo y señaló al hombre bestia, quien observaba aterrado el montón de cadáveres de piratas. ¿Era posible que aquel bruto jamás hubiera visto tantos muertos? Era imposible saberlo. Pero murmuraba aquella palabra de dos sílabas entre dientes casteñeantes. Entonces presté más atención, y bajo los rayos del sol, pude verlo, como se ve la sombra del vapor de un caldero a la luz del mediodía: Uno de los piratas, cuya sangre apenas estaba coagulándose sobre la cubierta, parecía estar envejeciendo ante mis ojos, y sobre él, algo etéreo e invisible flotaba sobre él. Como dije, era una sombra muy tenue la que fluctuaba a un costado del cuerpo del hombre, una especie de medusa de aire tan invisible que solo podía ser percibida en esas circunstancias. El hombre bestia del norte, cuyos ojos parecían más sensibles que los míos, estaba mirando hacia lo que proyectaba aquella sombra, hipnotizado por el sutil cambio que se operaba en la piel del moribundo, que al paso de los minuto se resecaba y oscurecía, enjutándose como lo hace la salazón en el aire caliente, pero a un ritmo mucho más acelerado. No me percaté de que el viejo estaba junto a mi igualmente quieto, respirando tan quedamente como podía. ¿Cuántos minutos pasamos mirando esa escena, sin que el resto de los esclavos nos prestara atención? No lo se. Pero cuando el cadáver tomó el aspecto de una hoja en el otoño, la sombra se deslizó bajo el sol sin prisa, hacia el siguiente cadáver. Tuve la impresión de que había aumentado de tamaño, como una garrapata hinchada, y me pregunté si acaso podría huevos como aquellas, y si no habría más como ella a bordo.


Una nube ocultó el sol, y súbitamente, la sombra desapareció.


A nuestras espaldas, ya se iniciaba una nueva disputa entre los remanentes de la tripulación de la nave negra: uno de los esclavos golpeaba a una de las mujeres que habían estado tratando de organizarse, como si hubiera olvidado quien lo parió. No era difícil adivinar que se trataba de un pleito por la posesión de un cuero de agua que el hombre sujetaba con una mano mientras daba puñetazos con la otra. Aunque todos los esclavos gritaban, ninguno intercerdía para separarlos. La mujer le dio un puntapié y de un salto se encaramó sobre él, mordiéndolo salvajemente en el cuello. Los gritos del hombre solo animaron el escándalo del resto de los esclavos, quienes se enfurecieron cuando el cuero de agua cayó sobre la cubierta, rasgándose y vomitando su contenido, sin que la mujer dejara de golpear, morder y arañar a su contrincante.

El viejo a mi lado murmuró palabras que me recordaron una especie de cántico sacro y suspiró. El hombre bestia del norte se había sentado en el suelo y lloraba en silencio, y yo entendí que mis compañeros de cautiverio, sabían que si el parásito invisible no nos mataba, lo haría el hambre y la sed cuando se acabaran las raciones, o la furia irracional de quienes en vez de apoyarse para sobrevivir, estaban peleando para definir quien se convertiría en el nuevo amo de todos los recursos de un navío en medio de un mar desconocido, sin que ninguno de nosotros supiera como llevarlo a puerto seguro.


De nuevo, como se había vuelto costumbre desde que iniciara mi viaje a Anthibitas, me sentí aterrado por la incertidumbre y la desesperanza.


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