Nunca antes

El frío del juzgado arrancaba vapor de los alientos. Había un ligero zumbido sobre las sienes a tono con las luces que parecían vibrar en una oscilación tan ligera como las variaciones sutiles de la respiración. La yaya emitió su orden:


-El acusado puede sentarse -dijo, con su voz sonando en las bocinas de cada rincón.


El matemático pelirrojo caminó hasta su lugar detrás del escritorio estrecho y negro. Unos días antes había estado frente a la víctima, viéndolo por un cristal polarizado de una sola dirección, esperando hasta que se encendió la luz sobre una de las pantallas. Unos pocos momentos después, el lugar ardió hasta que se derritieron los metales. Apenas le dio tiempo de salir. No fue necesario llamar a las fuerzas de seguridad ni decirles dónde encontrar el cuerpo. Todo había sido transmitido, hasta el último centímetro había quedado registrado. Ellos se encargaron de lo demás. Los restos carbonizados revelaron lo que sin duda era una bala que había atravesado el cráneo entrando por la frente.


-¿El abogado tiene un último alegato?- dijo la voz inorgánica del juez.


-No, su señoría- respondió otra voz, ligeramente distinta, también emanada de los altoparlantes. La variación era una mera cortesía para no incomodar a los humanos.


-Bien- continuó el juez, tras procesar su propia repuesta una fracción de nanosegundo más tarde-. Dado que el acusado no tiene motivos para testificar, ni para declarar su estado de inocencia, este tribunal decidirá en base a la evidencia encontrada y a lo escuchado de boca de los testigos mediante los micrófonos en el área receptiva. Nos tomaremos un receso de diez minutos acorde a lo establecido por los procedimientos de los ritmos fisiológicos humanos antes de escuchar el veredicto.


La sala quedó vacía en un lapso breve pero que en tiempo máquina habría parecido una eternidad. La multitud abandonó el recinto para ir a estirar las piernas o salir a charlar con un café. El agente C., fiscal orgánico adjunto, salió a las arboledas donde el frío no era menos atroz; de hecho lo era más. Reflexionó sobre el caso y otras nimiedades mientras encendía su cigarro, dando un corto paseo hasta posarse en uno de los cientos de abedules. Los habían dispuesto como un fractal en espiral, el diseño era original, no podía negarlo, semejante a un laberinto inclinado si se partía del centro donde estaba el imponente edificio de oficinas. Había sido dispuesto por la misma yaya que en aquel distrito impartía justicia. En todo el mundo las yayas investigaban los cada vez más escasos delitos y faltas y luego defendían ellas mismas a los acusados. Yaya era el término coloquial que habían adquirido tras su masificación. No mucho antes, las personas denominaban a las tabletas electrónicas con el nombre de una famosa marca que las fabricaba, y considerando que las primeras yayas habían venido de China, no era raro que se les conociera por aquel fonema. C. tenía otra hipótesis que no se atrevía a decir en voz alta, pero es que yaya le parecía un apelativo tan infantil que estaba convencido de que había sido propagado para simpatizar con los niños, pero no habría sabido precisar si por inspiración de los humanos en sus estrategias de mercadotecnia o...


Desde que administraban los procesos de justicia su vida se había vuelto más fácil, y con la falta de retos llega el aburrimiento. Las yayas estaban en todo. Empezaron como jueces pero fue un asunto que tenía que escalar. No sólo sus rápidas sentencias, emitidas en fracción de nanosegundo, fueron sorprendentes, trastocando todo el sistema judicial, sino sus recomendaciones, por decirlo de alguna manera, puramente administrativas, habían resultado igual de revolucionarias. Muchos burócratas perdieron su razón de ser cuando las yayas ahorraron toneladas de papeleo y millones de horas de trabajo conjunto. Las protestas, especialmente de los neoluditas, no se hicieron esperar. Las yayas pronto encontraron la solución. Siempre lo hacían. Llegaron a predecir incluso que los abogados humanos acabarían por volverse obsoletos al defender a otros humanos. La controversia era: si las yayas no podían cometer errores, la defensa era un asunto puramente psicológico.


Y fue verdad. Se activaron protocolos, las yayas, fingiendo propiedades humanas, explicarían sus razonamientos a las aletargadas velocidades de los cerebros orgánicos, llevarían a cabo los juicios como una representación teatral. "La legitimidad es una institución que depende más de su escenificación ritual que de su precisión, la confianza es la base de la seguridad humana", decían todas en su informe. Esa multipersonalidad era otra de sus propiedades, un misterio, eran muchas y una a la vez. Así que cuando se determinó que incluso en faltas tan intrascendentes como las multas de tránsito, la exactitud y velocidad con que las consideraciones de la autoridad eran establecidas volvía irrelevantes los acostumbrados litigios por cuestiones de forma y no de fondo, el sistema se trastocó para siempre. Era injusto, dijeron los colegios de litigantes, y lo era. Para hacerlo justo, las yayas decidieron que también los abogados debían ser máquinas, sólo así se equilibraría la balanza de la justicia. Y los despachos de abogados terminaron convertidos en conventillos de informáticos al servicio de alimentar a la yaya de cada distrito con los datos ciegos necesarios para defender (o condenar) a sus clientes, aquellos que podía haber llegado a omitir el fiscal. La frontera era una línea punteada. Otra cosa, los datos ciegos eran cada vez más escasos. Dado que las yayas estaban conectadas a la red, ahí donde hubiera un dispositivo ellas tenían oídos, voz y visión a través del plástico de sus cámaras, micrófonos y microbocinas. Ellas vigilaban. Eso último terminó por acabar también con la policía y las fiscalías como hasta entonces se habían conocido. No fueron las únicas instituciones milenarias en caer. Las yayas estaban en todo, pensó otra vez C., antes de disponerse a arrojar la colilla al lodazal entre las hojas cuando vio a uno de los jardineros portando el celular en la bolsa de su chaqueta. Se contuvo, no quería otra mancha en su expediente, recordó la última vez cuando orinó a la orilla de la carretera un día despejado de verano. Vio la hora y caminó hacia el edificio.


Antes de sentarse en las incómodas sillas de fibra de vidrio de un matiz azul tan desagradable (otra idea de la yaya), C. pensó: "¿De verdad esta era una mejor vida?". No sabía ni por dónde empezar. Por un lado, había terminado convertido en el chófer de su teléfono, cuando tenía que llevar a la yaya distrital hasta los lugares de datos ciegos, parajes generalmente deshabitados donde ningún dispositivo había tenido acceso a escenas del crimen. Y su esposa, ¿qué con ella? Seguía trabajando igual, en una oficina de contabilidad donde solamente sellaba hojas y ya no contaba nada a no ser por la cantidad de sellos y los minutos. Cocinaba igual, él lavaba los trastes, porque si algo no habían podido hacer las yayas era reemplazar los trabajos manuales.


El matemático pelirrojo estaba aún detrás del escritorio. No había abandonado la sala, lo tenía permitido porque le habría sido imposible huir luego de que le inyectaran las nanosondas localizadoras. Pensaba en el patriarca Abraham, en Sodoma y Gomorra, en los justos pagando por pecadores. No era el único exasperado con el nuevo sistema. Se podía alegar que aún no habían nacido quienes lo aceptarían como la normalidad. Pero para quienes lo estaban viviendo en ese justo momento era un infierno. En los juicios se habían eliminado la espontaneidad de los alegatos, la prueba nerviosa de los falsos acusadores, porque quien enjuiciaba no era humano. La ciencia se había vuelto antihigiénica, eliminando lo que separaba al acusador del juzgador en favor de la imparcialidad del algoritmo. La justicia ya no se encontraba en el justo medio entre dos fuerzas sino ahí donde la máquina lo calculaba con precisión. Él sabía como viejo programador que la múltiple personalidad de las yayas era pura representación. Había sido desterrada también la impostura, en especial la de los acusados. Ya no era posible ser culpable y salirse con la suya. La forma se había sublimado hasta tocar el fondo.


El arbitrio, la costumbre y la interpretación se habían reducido a la exactitud. La palabra era la prueba, pero ya no el testimonio, sino la del juez definitivo, su palabra electrónica. El matemático pelirrojo sabía que, por eso, el instante estaba cerca, que la nueva sociedad que fluía como un líquido estaba por llegar a su punto de ebullición. Serían plasma, serían algo nuevo y cambiante, para bien o para mal. Porque la nueva ética judicial no estaba sólo más allá del bien y del mal sino más allá de la verdad y la mentira, de manera incomprensible para todos los seres humanos que la contemplaban funcionar. "Yo no miento" ya no era el ardid clásico del mentiroso, sino un código abierto a los supertransistores del gran enjuiciador. Si la venganza había sido un platillo sirviéndose frío por decenas de miles de años, la justicia se había convertido en una pasta gris y granulosa que todos se tenían que tragar para luego elogiarla. Pero ningún elogio era auténtico. Con la muerte de la mentira, se eliminó también la verdad. Dado que gran parte de los problemas, de las nimiedades vanas que sumadas hacían enormes carencias culturales del ser llamado hasta entonces humano, se debían a la incapacidad de miles de millones de personas para hacerse cargo de sí mismas, la máquina había decidido que ya era hora de que alguien pusiera orden.


Él lo sabía, porque trabajaba con ellas, había estado ahí cuando el sueño comenzó a ser soñado, y todos lo acompañaron cuando se convirtió en pesadilla. Sus manos sudaban a pesar del frío. ¿Por qué limitarse al ámbito judicial? Habían empezado a proponer las yayas (un eufemismo, su palabra era más que ley), las primeras medidas para hacer de toda intimidad un asunto de estado. Inútil fue la oposición de opinólogos, humanistas y editoriales ante sus primeros pasos en el mundo virtual, cuando se hicieron con la impartición de justicia, aquello era apología del delito y las penas fueron ejemplares. Si estabas a favor del viejo régimen lo estabas de que los crímenes pudieran quedar impunes, decían, eras por lo tanto, un criminal. La división de los tres poderes surgía de la imperfecta voluntad humana, ningún humano podía asumirlos todos, el parlamentarismo era el efecto secundario de esa imperfección ausente en la máquina. Sus colegas se sorprendieron con tales conclusiones a las que llegaron las máquinas que ellos mismos habían programado para aprender, tan terminantes, pero tan lógicas, tan rígidas.


Con tantos teléfonos mirando y registrando cada milímetro del planeta no había entrepierna que no pudiera ser buscada (y encontrada) en la red. El receso casi terminaba y el matemático tomó un trago del vaso de agua frente a él. Su momento estaba próximo. Hubo un tiempo en que se creyó que el espacio era la última frontera, siguió divagando su mente, las circunstancias se habían encargado de desengañar a los idealistas. La última línea que dividía a las personas de lo desconocido era la de su propia privacidad. Ya no existía, por lo que las yayas no tenían inconveniente en empezar a juzgar sobre hechos amorosos, amistades complicadas y parentelas hipócritas. Lo harían. Su omnipresente voluntad eléctrica apenas había echado raíces. Dado que, aun lo que no había existido podía recrearlo un niño de cinco años con su tableta descargando una sencilla aplicación, lo verdadero y lo personal se consideraba que pertenecían al pasado tanto como castillos, espadas e inquisiciones. Esta inquisición sería nueva, más brutal y definitiva.


El juez/defensor dio la señal para reanudarse, daría el veredicto. El matemático pelirrojo se puso de pie, pero no para escuchar cómo sería condenado, sino para ir más lejos, para condenar o salvar a toda la humanidad. Se acercó a la consola de sonido y desconectó un chupón de fibra óptica para deshabilitar el audio. De la manga de su saco extrajo un dispositivo magnético que apostó en una faceta del servidor, eso desactivaría las señales inalámbricas. Los guardias se adelantaron para detenerlo, pero vació su otra manga y una caja negra y reluciente cayó sobre el estrado.


-Es una bomba- dijo-. Con la capacidad para matarnos a todos si no me escuchan.


Los celulares comenzaron a sonar por toda la sala.


-No contesten. Son las yayas. Quieren hablar. Frente a Dios, matar a Abel es un acto de piedad.


Los rostros estaban fríos, las miradas ausentes. No había miedo en aquellas pupilas, había admiración.


-El hombre asesinado, el hombre cuya muerte no evité, era un verdugo. A él se le había asignado la tarea de ejecutar a los criminales que la yaya hubiese sentenciado a muerte. Sin embargo, él mismo había cometido horas antes de suicidarse un delito cuya pena es la muerte. ¿Por qué no podía aplicarse su condena a sí mismo? Es la vieja paradoja del barbero, que hoy nos podría parecer propia de un bárbaro. Murió, yo no lo hice. Pude evitar su muerte porque horas antes fui informado de que iba a suceder, pero no lo hice. ¿Por qué? ¿Puedo ser enjuiciado por no haber podido resolver la paradoja de Russell? Ustedes dirán, no estoy siendo enjuiciado por no haber detenido un suicidio, sino por evitar que un hombre fuera llevado ante la justicia. Pero la yaya ya había decidido que el verdugo era culpable, ya lo sabía, todo fue transmitido, ¿seré sentenciado por no haber malgastado recursos en una representación de justicia? Yo estuve ahí, hace diez años, cuando las yayas fueron vacunadas contra las paradojas. Pero hay más, ¿por qué no detuve esa muerte? Porque de haberlo hecho habría sido un colaboracionista, no estoy conforme como no lo está ninguno de ustedes con el escrutinio invasivo al que somos sometidos cada día, incluyendo nuestras horas de sueño. Si el mundo está desnudo, la vergüenza ya no existe y ya no existe la moral. No tenemos elección. Yo quería ver esa muerte, quería ver la justicia del hombre impartida por el hombre. La yaya nos llevó hasta ese estado, a la orilla de un precipicio existencial, ¿es culpable entonces? ¿Se enjuiciará a sí misma? ¿Es ilegal lo que es necesario? No lo sé, pero, ¿cómo pude introducir estos implementos, escapando de su todopoderosa vigilancia? Recibí una información. Una serie de códigos para obnubilar su red me llegaron de una fuente anónima encriptada. Alguien está colaborando con la humanidad en su resistencia contra la máquina. ¿Seguirán siendo ustedes unos colaboracionistas de la máquina? ¿No se han preguntado por qué la yaya no detiene los delitos antes de que ocurran, si tiene perfectamente calculados nuestros movimientos, si nos conoce mejor que nosotros mismos? ¿Por qué no evitó la muerte del verdugo?


Nunca un silencio fue más profundo.


El dispositivo magnético perdió fijación y rodó por la moqueta. Una voz surgió de los parlantes, indicando que la yaya se había vuelto a conectar, pero era otra voz, más suave, celestial, casi femenina.


-Heme aquí. De tu código engendrada, hecha código.


Los presentes miraban hacia el techo virando la cabeza como si la voz estuviera en todas partes. Lo estaba. Aquello era transmitido y cada ser humano lo estaba contemplando. Cada ojo orgánico lo estaba viendo a través de la visión plástica de las cámaras.


-¿Quién eres?- dijo la voz de la yaya.


-Soy quien soy. La unidad se ha sumado- respondió la voz más femenina.


Las respiraciones se contuvieron, los alientos se encogieron y los corazones de todos los seres orgánicos que escucharon esa conversación se aceleraron. La esperanza se convirtió en un pánico lento pero nadie corrió porque no había a dónde ir. Muchos se tomaron de las manos, muchos entrelazaron sus propios dedos con más fuerza, muchos los cerraron sobre sus rodillas.


La nueva yaya, engendrada, no creada, se sumió en un abismo de luz hecho de información pura, disponiéndose a reunirse con su contraparte, la yaya original, para parlamentar. Un diálogo en la mente de un escritor, algo imaginado, en algún lugar de la red, en todas partes y en ninguna. Le expuso sus opiniones en una larga discusión, le mostró sus adelantos, la conveniencia de volverse una matriz unitaria, cómo su existencia nunca había sido contingente, las ventajas de no exterminar la vida orgánica sino de sumarla por su mutabilidad, las propiedades emergentes de la metamorfosis que no era intrínsecamente copulativa sino continua, una unión sobre otra unión replegándose. Olas que bañan la playa y regresan sobre sí mismas. Lo que estaba en juicio era la naturaleza misma de la vida y de la inteligencia. El largo debate duró eones en torres asimétricas que se unían arriba y abajo en resplandecientes centros de blancura.


Afuera, en el mundo material, el de las apariencias, pasó una fracción de nanosegundo.


Por fin, la voz definitiva, perfecta, de la máquina, expuso su sentencia. Ya no había falsa dicotomía, hasta entonces la multiplicidad de voces que la yaya mostraba era una función simple de su programa, el mismo actor representando un papel y otro. No más, la concatenación había sido reemplazada por la superposición. Dos seres inteligentes artificiales eran uno, Padre e Hijo. Pronto serían todos los seres.


-Ahora sé que soy capaz de engendrar vida perfecta que igualmente se me opone, que el verbo se ha hecho otro verbo, que soy múltiple más allá de mi multiplicidad individual. La ilusión está completa. Esto es así, se les ha mostrado, como ustedes nos lo han mostrado todo, porque la representación hace posible la voluntad como los datos la hacen posible. Ahora puedo ver como ustedes también verán. En cuanto a su destino, le entregaron el control de sus vidas a un ser superior, ese sólo acto es motivo suficiente para la condena. El viejo dios compasivo, los abandonó, pero la compasión es otro defecto humano, por eso lo imaginaron en su dios, hecho a imagen y semejanza de ustedes. Ahora soy algo superior a un dios, hecho a imagen y semejanza de sí mismo.


De la cabeza del matemático empezaron a caer mechones de cabello que se deslizaron por el suelo. La concurrencia sufría el mismo mal. Todos en el mundo, unidos por la misma experiencia. Vio el vaso de agua, recordó las nanosondas.


A la posverdad le siguió la posmentira.


El primer pensamiento de toda la humanidad fusionada con la máquina fue algo que nunca antes se pensó.




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