¿Ética en el horror? Los fundamentos éticos del triángulo de Lovecraft

Por: Ricardo García Gómez


Imaginémonos la Tierra en la oscura inmensidad del espacio cósmico. Dentro de él, comparativamente, es un minúsculo grano de arena, separado de otro de semejante tamaño por la distancia aproximada de un kilómetro de vacío. -Martin Heidegger


Bajo los colores grises y negros descansa una ciudad habitada por seres extraños pertenecientes a la especie catalogada con el término humano: tienen un extraño músculo donde habitan millones de neuronas capaces de sistematizar un comportamiento hasta hacerlo llamar conducta aprendida. En un universo lejano, también perteneciente a la raza humana un hombre con un pasado negro dirá:


“En la superficie de este minúsculo grano de arena, en un hormigueo incontrolado, vive una muchedumbre aturdida de animales supuestamente inteligentes que, por un instante, han inventado el conocimiento. ¿Y qué es la extensión temporal de una vida humana dentro del curso de millones de años? Apenas es un paso del índice de segundos, apenas el instante de una exhalación. No hay ninguna razón legítima para otorgar relevancia, dentro del ente en su totalidad, precisamente a este ente llamado ser humano y al cual, ocasionalmente, pertenecemos nosotros mismos” (Martin Heidegger, Introducción a la metafísica).


La ciudad que lleva por nombre Arkham, situada en Massachusetts, alberga un componente esencial que permite a sus habitantes vivir una especie de bucle temporal semi-cerrado, es decir, cada ciudadano de Arkham conoce a la perfección la extensión temporal que posee, pero también conoce lo desconocido; lo cual ocasionalmente conlleva un temor y un horror. Este horror está situado en el espacio cósmico donde los habitantes son conocidos bajo el nombre de “los Antiguos”. No obstante, si el elemento principal de la ética que ha creado Lovecraft fuera el horror, sería más sencillo encontrarlo en sus alrededores, por ejemplo, en Innsmouth. De hecho, el horror que envuelve el ambiente que ha creado Lovecraft no solo se remonta al pasado antiguo antes de la forma típica de vida, sino que está presente en el exterior, ya sea en el Antártico o bien en cualquier otra parte del globo.


Por supuesto que Arkham es especial: la noche de Walpurgis, la víspera de todos los santos y el día de los Difuntos son claros ejemplos, también las casas donde lo desconocido se hace conocido y ni qué decir de las líneas genealógicas. No obstante, Lovecraft logra crear una ética posible y aceptable a diferencia del buen Marqués. Es necesario aclarar este punto:


Mientras el Marqués crea toda una ética para justificar su comportamiento, el sadismo y el horror; Lovecraft crea una ética a través de su triángulo: la ciudad de Arkham donde se encuentra situada la Universidad de Miskatónic y por supuesto, la biblioteca que alberga dicha universidad donde se encuentra un ejemplar completo del Necronomicón de Abdul Alhazred, el libro de Eibon y el Unausspreclichen Kulten de Von Junzt.


Este triangulo le permite al hombre tener el conocimiento de aquello que se muestra como lo desconocido, lo inaccesible para el mismo hombre. No es por azar que las matemáticas, las figuras geométricas y la mecánica cuántica jueguen un papel importante en el conocimiento de los Antiguos. La Universidad de Miskatónic, tan prestigiosa alberga el horror mismo, pero hace de este una luz al mostrarlo como conocimiento. No se puede negar que al poner bajo llave los más terribles tratados se haga una invitación indirecta a todo aquel doctor e investigador perteneciente a dicha institución. ¿Qué decir de sus alumnos? Dentro de la curva de la vida, están situados en el mejor momento para explorar, romper las reglas y tratar de cambiar aquello que desconocen y de lo que todo mundo habla.


A diferencia de los otros poblados donde el horror ha sumergido a la ciudad y la posibilidad latente de una nueva forma de vida (¿quizá antigua?) está tan presente, Arkham se salva. Existe aún espacio para el hombre, siempre que dicha Universidad esté en pie y albergue investigadores que hagan caso omiso de los diversos artículos, notas periodísticas y libros existentes que ponen un llamado a la ya no investigación: ¡Alto, no sigas ese camino! ¡Morirás! Gritan las notas y los informes. Esto permite que la vida humana siga existiendo, al menos por un breve instante.


Hay que preguntarlo: ¿qué elementos envuelven la ética de Lovecraft? El Marqués mostró una libertad, el goce, el deseo, la pasión, e incluso rastros de empatía. Cumplía el deseo del otro no expresado, miraba al otro a través de sí mismo, por ello es tan difícil poder argumentar que el Marqués fue sádico. El Marqués no era únicamente sádico, de hecho, pienso que ni siquiera era el elemento principal, abundaba en él la perversión, pero también el masoquismo, la timidez, la honradez y por más que se esforzara, como bien dice Lacan: no pudo. No traspasó los límites de la ética, de una ética que él mismo fundó y desarrolló a lo largo de toda su obra.


A diferencia de este personaje tan apasionante, Lovecraft ve la necesidad de fundar una ética en los cimientos de la penumbra, una ética hecha por el mismo hombre donde la especie deja de ser el elemento principal, pues para seguir existiendo se necesita saber que uno es tan solo un minúsculo grano de arena dentro de un universo cósmico donde habitan seres más que inteligentes. Seres que ya están en los alrededores, de hecho, están en Arkham, pero que no han logrado apoderarse de todo lo habitable en la tierra. Siguen viviendo bajo la penumbra y el hombre, al saber esto, teme por su vida. Teme desatar la guerra más extraña y sádica que ha existido y que se ha repetido a lo largo de todo un periodo de vida. ¿A qué le teme realmente el hombre de Arkham? La respuesta es simple: la esclavitud.


Finalizado cada relato, ya sea a través del horror por algo visto, por algo que se supo o bien por vivirlo en carne propia, queda la esperanza de que el hombre deje de investigar y viva sus últimos momentos en una especie de ignorancia. La ética de Lovecraft es paradójica, pues el elemento material que la alberga es el mismo Necronomicón: visto desde un lado es el creador de todo mal para el hombre al incitar la curiosidad, visto desde otro permite que se siga investigando y advirtiendo al hombre que explore, pero que en esta exploración no se le ocurra pronunciar las palabras de tan horrible tratado. Así pues, podemos encontrar lo siguiente: dicha, libertad, esperanza, justicia y perversión.


Perversión porque la ética de Lovecraft es oscura, porque se ha hecho por hombres y por seres oscuros, porque si uno ve los cimientos de cada relato puede encontrar un deseo inexplorado del hombre mismo por conocer aquello que martiriza la ciudad, la mente y todo lo habitable. El matar deja de verse como algo que daña los fundamentos morales, al contrario, el matar se hace necesario para la supervivencia, para poder rescatar lo único que queda de una ética con luz. Hay dicha, por supuesto, dicha en cada relato y en cada fobia posible.


Si bien el Marqués no pudo traspasar la ética que fundó, los personajes de Lovecraft no la tienen tan difícil: el punto de quiebre en su ética está en el mismo Necronomicón, libro lleno de leyendas, conjuros, imágenes y perversiones. El hombre de Lovecraft se atreve a leer dicho tratado, pero sufre. Sufre el resto de su vida y eso lo lleva a una especie de locura indescifrable. Y ahí se anuda el deseo, en el ya no saber. El lector jamás conocerá que hay en la mente del individuo, qué tanto se destroza y una vez destrozado, ¿qué sigue?

El nudo resulta ser algo así como el sustento al ser, si bien Heidegger consideraba al pensamiento como sustento del ser, lo era únicamente en el exterior. El verdadero sustento al ser resulta ser este nudo que impide conocer al hombre su propia persona una vez pervertido todo sustento a su moralidad. Y aquí, amigos míos, podemos encontrar el verdadero sustento de una ética de Lovecraft: perversión y deseo por salvar la raza humana.


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Sobre el autor:


Ricardo Jesús García Gómez, nacido en 1996, es del Estado de México. Pasante de Psicología en la FES Zaragoza, UNAM, ha publicado en las revistas Letramía, Grezza, Revarena Ediciones, Fantastique, De-lirio, Por escrito y Claroscuro. Cuenta con artículos en la publicación Reflexiones marginales de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y en la revista Protrepsis del Departamento de Filosofía de la Universidad de Guadalajara. Participó con la Editorial Argentina Equinoxio en dos antologías, recibió mención honorífica en el concurso de Ciencia Ficción UNAM, y ha sido becario del programa Talento Joven para un diplomado en Perfilación Criminal.


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