1922

Lo siento, había estado ocupado. Eso es lo más cercano a una disculpa que van a obtener de mí, así que, a lo que cruje.


Cuando leí 1922, estaba enrachado. Corría el 2015 y estaba redescubriendo el estilo de Stephen King después de tomarme un merecido descanso de un par de viajes a Mundo Medio con el equivalente con armas de fuego de Kratos, el fantasma de Esparta.


Terminando Doctor Sleep, y retomando el respeto por el horror introspectivo del autor en cuestión, me adentre a Full Dark, No Stars (No en balde, 3 de las 4 historias que comprenden esta antología ya tienen adaptaciones cinematográficas). Las primeras dos, de por si, son buenas, pero la joya más brillante (¿resplandeciente?) de ese libro es sin duda 1922.


Recientemente, Netflix hizo una adaptación cinematográfica de esta obra, la cual es el objeto de esta reseña. Esta película es lenta. Lenta como jugar Street Fighter con Zangief, contra Chun-Li y con lag de modem de 56k. L E N T A. Yo sé que eso no es exactamente lo que uno quiere escuchar en una reseña, pero aguanta, ya estás aquí. ¿Ya que diferencia hace leerlo todo, que quedarte a la mitad? ¿Has escuchado la frase cocinar a fuego lento? ¿Y qué tal costillas a fuego lento?

Ok, más o menos así.


La historia se desarrolla en Nebraska, en una granja, donde Wilfred trabaja su tierra y la tierra que le dejaron a su esposa y que Wil espera algún día heredarle a su hijo menor, Henry. Es claro desde el principio que el matrimonio entre Wilfred y Arlette no es exactamente feliz, pero como todo en aquella época (te doy tres intentos para adivinar en que año se desarrolla) se maneja con la más absoluta discreción (o al menos eso creen los involucrados). Una compañía carnicera desea adquirir la Tierra de Wilfred y de Arlette, pero para Wilfred eso es imperdonable. Desde el principio, Wilfred da la impresión de tomar la decisión equivocada (cuando leí la historia la primera vez, recordé a los comerciantes de cuetes en el centro, que llegabas con el dinero de tu Navidad y le decías “deme todo” y te contestaban tímidamente “no patrón, ¿luego que vendo?”.


De hecho, 1922 es un cuento de advertencia sobre tomar la decisión equivocada y comprometerse con ella hasta al final. Wilfred es listo, a pesar de ser solo un granjero. Pero es sumamente necio. Tan necio, que decide, a través de una fracción de su psique que él llama “el hombre manipulador”, asesinar a su esposa y quedarse con sus tierras, ya que ella si está muy tentada a vendérselas a la compañía carnicera para mudarse a Omaha. Quizá el hecho de asesinar a su esposa no sea el más terrible pecado. A fin de cuentas, desde el principio de los tiempos los hombres y las mujeres han asesinado a sus parejas para librarse de algo, o para ganar algo. Pero lo que sí es inmediatamente evidente, es que Wil sella su destino al enlistar la ayuda de Henry.


Cuando los dos hombres emborrachan a la mujer para hacer la labor más sencilla, es evidente que ninguno de los 3 es un personaje empático. No tengo idea de si así era la gente en 1922, pero lo que si se es que no hay manera en que alguien se relacione con alguno de esos 3. No hay una víctima, en realidad, cada uno de ellos recibe exactamente lo que se merece, y lo peor es que no hay un momento en el que dudemos de que los tres estuvieran mal desde el principio. Lo que sí es notable, es que, tomando una página del libro de Henry James “The turn of the screw” (repite el nombre del autor hasta que recuerdes donde lo leíste antes en este texto), no es exactamente evidente que algo sobrenatural este sucediendo en la granja. Concedido, 1922 carece de mucha de la maestría para sembrar la duda y generar una discusión que dure 100 años sobre el tema, pero al mismo tiempo, es debatible si existe o no una presencia sobrenatural. Lo que no extraña a nadie, es que esos 3 no requieran de fantasmas para desatar horrores.


Lo más cercano a un personaje empático es Shannon Cotterie (hija del exitoso vecino de Wil, Harlan Cotterie). Shannon es una dulce niña, cuyo único error fue enamorarse de Henry. El “hombre manipulador”, de hecho, utiliza este amor juvenil como palanca para hacer que Henry acceda a asesinar a su madre. Y es partir de aquí donde la pesadilla comienza. No sé si alguna vez, nuestros apreciables lectores se hayan encontrado en una situación de emergencia. Cuando un amigo tiene un accidenta o algo explota y afecta a gente más allá de nuestra casa, todo parece alentarse y juntarse en un montón de ansiedad que poco a poco y muy, pero muy lentamente se va acumulando para después explotar como una olla exprés en un grito desgarrador de pánico, horror, pero más que nada, desesperación que no parece que vaya a terminar nunca. Bueno, si estas familiarizado con ese sentimiento, no necesito decirte más. SI no, pues, 1922 te va a dar como 101 minutos de eso, precisamente.


Estos 101 minutos son más sencillos de llevar gracias a la gran actuación de Thomas Jane. Después de protagonizar la catedra de adaptación que dio Frank Darabont en The Mist, Thomas Jane se pone a las órdenes de Zak Hilditch el cual sabe llevar un ambiente pesado e incómodo. La mayor parte de la cinta la tenemos encima como una pesada loza que cuesta trabajo quitarse. De hecho, me sorprendió lo sencillo que es sumergirse en la cinta. Esto debe ser gracias al gran trabajo que hizo el mismo director con el guion (aunque ciertamente, es casi una copia al carbón de la novela) y del aclamado músico Mike Patton, encargado de la música del filme.

Como dije, la película es lenta. SI estas esperando sustitos a lo Scream, o a lo película de terror ochentera, busca otra movie. Pero si entiendes el dolor interno de una persona, y aprecias las analogías entre una historia que juega con la idea de lo sobrenatural, con el esqueleto de la mejor historia de fantasma victoriana que se ha contado, y con un tinte de horror Lovecraftiano sin el recurso simple de recurrir a los nombres familiares, aquellos que te ponen en los títulos de la película de bajo presupuesto para vendértela, porque de otra manera no la comprarías, ponte cómodo.


Lo digo en serio.


Vas a estar aquí un buen rato.


Por: Javo Monzón.

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