Eli

Insistieron. Ya habían llamado a la puerta un minuto antes pero siguió dibujando a la temblorosa luz de la vela pretendiendo no escuchar. Las sombras flotaban sobre su cabeza y sus pertenecías estaban en desorden por el suelo y encima de los muebles. Era el tercer día que su madre había fallado en su intento por conseguir que se levantara para ir a la escuela.


-¿Quién es?- si no le contestaba no se iría.


-Buenas tardes, Elizara. He hablado con tu madre, ¿puedo entrar?- le respondió una voz sofocada tras la madera. Suspiró de resignación, abandonó el lápiz sobre el papel de dibujo en que empezaban a materializarse las dos mitades de la cara y el cuerpo de un demonio. Arrastró la silla fuera de la mesa, se paró y caminó un tramo, oyó el característico ruido del picaporte al girarlo y regresó con lentitud a su lugar para seguir coloreando. Fingió desinterés pero se mantuvo atenta a las bisagras y a los pasos del visitante. Sólo percibió el chirrido tan pronto como volvió a concentrarse en su dibujo. Había abierto la puerta con bastante calma. Al menos había tocado, desde que su padre desarmó el pasador para evitar que se encerrara nadie más lo hacía.


-Elizara-. La voz del visitante era masculina y al parecer dudaba en entrar. -¿Me permites pasar?


-Está abierto.


-Eso veo. ¿Te gustaría decime si por ti está bien que entre a hablar contigo?


-Como quiera.


Lo escuchó adentrarse y cerrar la puerta tras de sí.


-Soy el Padre Malaquías- por el lugar del cual provenía su voz, el visitante se había quedado parado en el marco de la entrada. Debía ser un viejo cobarde al que le daba miedo una niña en la oscuridad, tal vez pensara que tenía un cuchillo escondido muy cerca o algo; al menos era listo-. ¿Cómo prefieres que te llamen? ¿Eli o Elizara?


-Me da igual- dijo, mientras usaba el sacapuntas echando la viruta directamente en el suelo.


-Eli, entonces. ¿Sabes por qué estoy aquí?


-Supongo.


-¿Por qué crees que estoy aquí?


-Porque mi madre es una exagerada.


-¿Qué te hace pensar eso?


-No sé- meditó su respuesta mientras mordía la parte posterior del color que tenía en la mano-. Porque se le ha metido en la cabeza la idea de que estoy poseída, lo vio en alguna película y cree que es verdad.


-Tu madre me ha contado que le has dicho que Jesús ya no te ama, ¿es eso cierto?


-No- se debatía entre el color verde o el rojo para la esclerótica.


-¿Ella mintió, entonces?


-No mintió- le dijo a la silueta del religioso, en el otro extremo del cuarto-. Sólo que… eso no fue lo que dije exactamente.


-Ya. ¿Puedo saber qué fue lo que dijiste?, ¿cuáles fueron tus palabras?


-¿Por qué no se sienta?


Ella continuaba pintando cuando oyó los pies del viejo moverse, acercándose a la cama. Tendría que quitar la ropa interior que había encima para hacerse un lugar, seguro que eso lo ponía nervioso, o tal vez lo excitara. El sonido del peso sobre los resortes le indicó que ya estaba en su sitio.


-Gracias.


-No hay de qué. Lo que dije es que por mí, a Jesús pueden violarlo por el culo.


-Ya veo- suspiró. Ella insistía en dotar a su obra de más detalles, sombras rojizas en los brazos de un bárbaro, quizás un yelmo con cuernos, como los vikingos.


-Eso es muy parecido a decir que Jesús ya no te ama, ¿crees que sea incluso peor?


-No lo sé, ¿usted qué opina?


-Creo que algo te pone triste.


¿El ser infernal que salía de su imaginación debía tener cabello? ¿Qué era más amenazador? ¿Calvo, o con una copiosa cabellera de fuego púrpura? Se alzó de hombros.


-¿No suelen estarlo las niñas de mi edad?


-Sí y no- dijo mientras lo escuchaba frotándose las rodillas. Su voz era la de un hombre sereno. Tal vez no era tan malo para venir de la iglesia-. Es normal que tengan dificultades, pero también es normal que las superen y sigan con sus vidas.


-¿Usted cómo lo sabe? Nunca fue una adolescente, ¿o sí?- casi escupía de la risa ante su chiste involuntario. Si ese viejo desinformado supiera lo que hacía en la escuela con los niños, cómo los seducía para llevárselos a una parte tupida entre los árboles, prometiéndoles todo lo que sus enfermas mentecitas saboreaban, para terminar lanzándoles la pulpa extraída de las vísceras de un zorrillo muerto sobre el pelo, o polvos pica pica en las fosas nasales. Era tan fácil hacer que cerraran los ojos, casi tan fácil como hacer que se bajaran los pantalones. Una vez le dio una patada en las bolas a uno, lo incapacitaron una semana y ella salió impune, lo había planeado bien. Estaba a punto de conseguir que su amiga Lucy le robara a su papá un gas pimienta de la policía, era la única que le hablaba porque todas las demás le tenían miedo, les hablaba de la muerte y de brujas. Pero nada de eso podía saberlo aquel hombre, ¿o sí? ¿Alguien se había ido de la lengua? Debió haber sido Tony, el muy cabrón. El silencio la inquietó. Alzó la cabeza sin girarla, mirando a la penumbra que tenía delante junto a la pared, arremolinándose sobre el escritorio.


-No, nunca fui una adolescente- respondió por fin-. A decir verdad, no recuerdo nada de mi juventud.


Ella no contestó. Volvió a ocuparse en su dibujo.


-¿Crees en dios?- le lanzó de pronto. No podía evitar sentir un placer interior siempre que le hacían esa pregunta. Era una oportunidad para incomodar a la gente.


-No- que le preguntara más, lo haría caer en su trampa. Nunca perdía ese debate.


-Ya veo... ¿Y qué me dices del diablo?


Eso no se lo esperaba.


-Si no existe uno no existe el otro- dijo ella.


-Tiene sentido. Entonces, ¿por qué crees que la gente cree en ellos?


¿Bastaría un cuerpo humano para su criatura? Le puso muchos brazos, un número no menor de piernas, le precedía una sulfurosa densidad de humo, tenía tres cuernos y la boca casi tan grande como la de un tiburón. Tomó aliento antes de dar su respuesta, una salida directamente de su corazón. Nada de cinismo, aquello era sincero.


-Las personas sienten dolor, por eso se inventan esas cosas. Todas las religiones existen... por eso. Es mejor... no, es más reconfortante que pensar que no hay nada después de morir.


-¿Por qué no enciendes la luz?- otro giro sorpresivo. El viejo era listo.


-Mi madre debió haber cortado la luz de mi habitación para obligarme a salir. Es algo nuevo, pero si piensa que con eso va a hacer que me arrastre, se equivoca.


-Podrías abrir la ventana...- el anciano sonaba agitado.


-Hay mucho sol, hace que me duelan los ojos-. ¿Dónde estaba su madre? No lo había pensado pero habría supuesto que la percibiría tras la puerta, tratando de escuchar, en cambio imperaba la tranquilidad en toda la casa más allá del delgado contrachapado que aislaba el mundo de su habitación.


-¿Crees que es verano?


Aquella pregunta no tenía sentido. Se sintió molesta.


-¡Claro que es verano!- alzó la mano para empujar la pesada cortina frente a sus ojos, justo encima de su escritorio y de su dibujo-. Por eso no he querido ir a la escuela, quedan pocos días y no quería perder el...- detrás no estaba el cielo azul que tanto le asqueaba, la cúpula superior era de un ajedrezado prismático sin árboles, sólo un yermo pálido y en lugar de las casas de los vecinos había ruinosos y enormes montículos que parecían nidos de aves irguiéndose hasta donde alcanzaba la vista. Bajó la mirada y le dedicó una contemplación fugaz a su dibujo, la criatura era más inhumana de lo que se había propuesto. Se sorprendió por un cortísimo momento de haber creado algo semejante, lo suficiente para meditar con los párpados apretados. No eran brazos ni piernas lo que había pintado, no era una boca, parecía un ojo con pinchos, un torrente infernal de nervios que se dilataban, adaptados para tareas ilógicas extraídas de un universo insólito.


-¿Quién eres?- viró su silla y quedó enfrentada a la sombra que había sobre su cama.


El bulto de ramificaciones se deslizó por el borde haciendo un ruido chicloso al caer.


-Ya te lo dije, soy el padre Malaquías. Pero no la especie de padre que crees.


Los ojos de Eli intentaban adaptarse a la oscuridad.



-Humildemente lo repito, soy el padre Malaquías, pero no el típico padre al que están acostumbrados-. Se arrastró hasta la esquina próxima a la salida, girando sobre los ejes de su complicada anatomía. Tres apéndices con el aspecto de energía estática abrieron la puerta y una claridad violeta cubrió la habitación. Eli reconoció el pasillo de su casa, lo pies de su madre asomaban horizontales sobre el piso tras el marco despejado, rodeados por un charco de un líquido viscoso y casi negro.


-Haz el favor de acompañarme- dijo la criatura, que rodeó las extremidades torciéndose mientras se estiraba hasta convertirse en un cubo con púas, gesto que ella interpretó como que la estaba esperando con paciencia. Eli le alcanzó. Una vez fuera de su habitación contempló los resplandores purpúreos y rosados en cada rincón de los cristales, evanescentes a través de los barrotes que adornaban las ventanas y entre las paredes que se habían vuelto traslucidas. Se inclinó sobre el cuerpo, tenía un profundo picotazo en el corazón, un túnel diminuto y enrojecido, un sangrado que debió fluir desde la espalda pero hacía rato que se había estancado. Al contemplar sus arrugadas facciones, sus pendientes de perlas de imitación y su maquillaje abundante, estuvo a punto de sentir piedad.


-Por favor, tenemos que seguir- la criatura le quitó la oportunidad de pensar en algo más solemne. No hubo palabras de despedida. Le siguió a través de la cocina, iban hacia la puerta principal.


Junto al comedor vio a su padre, tendido también sobre las baldosas. Estaba con los brazos abiertos, en mangas de camisa, los ojos cerrados y llevaba una mancha semicircular en la bragadura del pantalón. Lucía muy pálido. Su cabeza, de inflados cachetes, su bigote bien recortado y su cabello largo hasta el cuello que brotaba desde la coronilla era algo que no necesitaba volver a ver. Así que siguió a la criatura hasta el vestíbulo y una nueva emanación de órganos, esta vez como caramelos navideños, se materializó para abrir el cerrojo de la gran puerta de metal. Dio paso al mundo que había visto por su ventana, pero ya era otro, era cambiante, vio nubes ardientes y ráfagas doradas en un horizonte bastantes grados más arriba de lo que era natural, crustáceos que cruzaban las alturas, pulidos obeliscos de un azul sombrío que conectaban sus vértices mediante arcos de plasma, espirales de neón, espacios donde granizaban fibras de vivos colores y montañas que reflejaban el espacio exterior, con millones de estrellas latiendo en sus centros líquidos. Un infinito derroche de maravillas. Y en las inmediaciones de lo que antes era su jardín esperaba un séquito de nuevos seres. Había un triángulo vivo, un diablillo que flotaba montado en un pez esférico, una especie de pantera que iba erguida y otras alteradas formas de vida inteligente.


-Es tu corte, mi emperatriz. Debemos darnos prisa, tu coronación será pronto- dijo el padre Malaquías-. Aquí llega tu montura real.


Un anfibio con rayas de cebra venía guiando la brida fantasmal de una titánica bestia con piel de limón que emitió un poderoso grito cuando estuvo frente a Eli. De algo estaba segura, por mucho que la engañaran sus sentidos, aquel ser parecía una mantis religiosa, pero no era una mantis religiosa.


Por Isidro Morales "El Juez"

Ilustraciones de Samantha García.

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