PEWA

Por: Ignacio Aceves (Javier Aceves Ramos)


Los dos chicos salieron del auto, llevando su botella de cerveza, cada uno, en su mano, Michael no estaba ebrio, pero fingía estarlo para lucir más como un hombre de mundo, en tanto de Chris, sí se encontraba con alcohol de más en su cuerpo, pero no llegaba, todavía a sentirse borracho.


En la mochila que cargaba Mike había cuatro latas más de cerveza y una botella grande de licor, sin marca, que habían comprado a un granjero cerca del sitio donde se encontraban; le habían preguntado al hombre sobre un sitio apropiado para beber y él, con una sonrisa irónica, les indicó esa casa, que estaba sola desde hacía varias semanas y que aún tenía energía eléctrica y camas.


-El tipo ha pensado que somos gays- reclamó Chris cuando entraron en aquella casa abandonada, cuya puerta de entrada había desaparecido y recorrían una vieja y pobre sala, mugrienta y ya impregnada de polvo en todos sus rincones- estoy seguro que quizá más tarde venga a ver si lo estamos haciendo, tal vez quiera que lo invitemos.

-No le hagas caso- aconsejó Mike, mientras abría la puerta de una de las recámaras y entraba en ella, buscando con la mano el interruptor de la luz y encendiendo un pequeño foco- es mejor que piensen eso de nosotros a que nos pesque un policía por estar bebiendo en el auto y que nos lleven a la cárcel de Osborne.


El cuarto era también muy humilde, una vieja cama, un ropero destartalado y un escritorio rudimentario, los dos caminaron hacia la cama y se sentaron en ella, apresuraron la cerveza que llevaban en la mano y luego, sacaron otra de la mochila, aunque consideraron también la botella, pero acordaron dejarla para más tarde.


Al tiempo que le daban un sorbo a la nueva cerveza, un sonido hizo que se detuvieran, un sonido que provenía de un sitio cercano en el exterior de la casa y cuando los chicos voltearon, sus ojos se dirigieron a la ventana y reconocieron un viejo cobertizo, el sonido volvió a dejarse escuchar y provocó la sonrisa de Chris, era el ruido de un cerdo, que, con toda seguridad, se encontraba ahí bajo el cobertizo.


-La verdad es que tengo hambre- anunció Chris, con una gran sonrisa en el rostro- y ahí afuera hay comida; hay leños, hay cuchillos, así que podremos tener carne fresca y hacer que en lugar de que sea sólo una fiesta de alcohol, que también la sea de comida.

-Pues tú eres el que sabe- aceptó Mike, sin mostrar mucha emoción, sabía que su amigo, por ser hijo de carnicero y estar ya aprendiendo el oficio, sería capaz de matar al cerdo y cocinarlo- si quieres hacerlo hazlo, sólo no me pidas que te ayude, no quiero manchar mi ropa de sangre de puerco.


Chris dio un sorbo largo a su cerveza, sonrió, miró a su amigo y le guiñó el ojo, luego se dirigió hacia el exterior de la casa; Mike lo escuchó caminando hacia el viejo cobertizo y se levantó de la cama, sabía que los cerdos gritaban mucho al morir y no quería escucharlo, por lo que se puso a recorrer el cuarto, para ver si encontraba algo que le llamara la atención.


El escritorio notó un viejo libro, con una pasta extraña, que le produjo nauseas y evitó que lo tocara, y se fijó que, a un lado de ésta, había algunas hojas de papel, con garabatos que parecían ser letras, la tomó, le quitó la capa de polvo y se colocó bajo el foco y comenzó a leer.


Ha vuelto a gritar, pero sus gritos ya no son como al principio, sus ruidos parecen ser voces y, esas voces, amenazas; ha vuelto a golpear la puerta y no busca entrar, sino que quiere obligarme a salir, a encontrarla yo, a mirarla y horrorizarme como ha sucedido en los últimos días… y claro que lo haré, no puedo ni quiero estar aquí por siempre, no anhelo volverme loco, quiero tan sólo que la pesadilla termine y si tiene que ser con la muerte, así será entonces.


Pero antes, tengo que escribir, tengo que confesar; mi nombre es Luke y mi madre me dijo, cuando yo era un joven, que, si no hay un sacerdote en los últimos momentos de tu vida y alcanzas a escribir tus pecados, debes hacerlo así, para poder preservar tu alma eterna y eso es lo que quiero hacer, no sé si alguien lea esto o si sea mejor que no lo hagan.


Pewa se ha quedado en silencio en este momento, pero escuchó el sonido de su respiración agitada, de sus pisadas afuera de mi cuarto, puedo incluso sentir su olor… quisiera pedirle perdón a Pewa por lo que le hice, pero también a mi madre, quien siempre vivió conmigo y nunca creyó la forma en la que yo se lo pagaría.


No quiero culpar a mi madre, en definitiva, todo lo que puede ser culpa no es más que mía, pero el día que regresé del campo con aquella caja de cartón, que venía envuelta en un costal viejo, hecho de manta, debió haberme ordenado que dejara aquello donde lo había tomado, pero sólo se limitó a preguntarme dónde había encontrado eso, yo le dije que bajo un árbol cerca del río, lo cual era verdad y luego le comenté que había sido una suerte que nadie más lo encontrara, y ella dándose la vuelta, dijo que con seguridad me estaría esperando a mi… no sabía lo que decía.


Pero se detuvo y volteó a mirarme, con ese gesto de siempre que ha bebido, con ese color en los ojos que me dicen que ha estado llorando por mi padre, que ella dice que murió, pero en el pueblo, cuentan que se fue con otra mujer; me miró y me preguntó qué pensaba yo que habría en el interior, le dije que ya lo había abierto, en el camino y que era un libro, Norma, mi madre, soltó una carcajada y luego me dijo que no sacara ese libro en mi cuarto, porque seguro tendría mujeres desnudas y lo que hace un hombre en un cuarto con un libro así, es algo asqueroso, que me fuera al chiquero, con Pewa, nuestro cerdo, ahí podría hacer lo que se me diera la gana.


Y lo hice, en verdad, yo deseaba que aquel libro tuviera mujeres sin ropa, pero luego de que me senté en el heno del corral y lo saqué de la caja, encontré algo diferente por completo, era un libro, sí, pero la pasta, era diferente, parecía como si fuera piel de vaca o algo similar y olía feo, pero lo peor fue cuando lo abrí y vi los dibujos, las imágenes, cosas que nunca antes en mi vida había llegado a ver y que me horrorizaron, eran peor que los demonios que llegué a ver en los libros de la formación religiosa.


Pewa entonces, salió caminando de la esquina donde acostumbraba dormir y se acercó a donde yo estaba, casi pudiera decir que se sintió atraído por el olor de aquel libro, pero no le di importancia; seguí pasando las hojas hasta que me encontré con la el dibujo de un rostro que ocupaba la hoja entera, era otro demonio, pero sus ojos parecían fulgurar y de la boca brotaban enormes colmillos, más grandes que los de un jabalí.


Vi letras en la parte baja de la hoja y aunque no aprendí mucho a leer en los tres meses que fui a la escuela, cuando era niño, traté de mencionarlas, pero era difícil, no recuerdo, incluso, lo que decía, porque eran frases que yo desconocía por completo, pero terminé de leer justo cuando escuché a Pewa gritar, desesperado y salir corriendo, como si lo hubieran picado con una tiza caliente.


Me levanté y fui detrás de él, pero parecía haberse quedado escondido en la oscuridad; mi primer pensamiento fue dejarlo ahí y regresar a seguir viendo el libro, pero recordé que ese cerdo era muy querido por mi madre, pues planeaba que fuera nuestra cena en día de acción de gracias, en lugar del pavo que nunca podríamos tener.


Escuché su respiración y me acerqué a una caja de madera, el cerdo estaba detrás, tirado en el piso, agitándose, como si estuviera envenenado; me incliné con cuidado y puse mi mano derecha sobre su lomo, noté un calor inusual, me retiré y mi primer pensamiento fue que Pewa habría sido mordido por una araña o algo similar y tuve mucho miedo de decirlo a mi madre.


Pero entonces, justo al ir caminando hacia la salida del chiquero, escuché de nuevo a Pewa, respirando y haciendo otro ruido que no había escuchado antes, por lo que me di la media vuelta y regresé, sólo para verlo sentado sobre sus patas traseras y mirar su rostro, que había cambiado, no era ya el de un cerdo, estaba inflamado, sus ojos eran ya de un color rojo y aunque me pareció tonto, me di cuenta de que el cerdo estaba haciendo un gesto con la boca, un gesto como el que tenía el grabado del libro.


Comencé a caminar hacia atrás y el cerdo empezó a seguirme, noté que su piel, entera, parecía estar cambiando, como si algunas escamas surgieran de ella; me di la media vuelta y corrí hacia fuera del chiquero, luego me dirigí hacia la casa y entré con rapidez, quería llegar a mi cuarto y encerrarme, escuché a mi madre llorando en su habitación, pero no quise ir con ella, tan sólo tenía que esconderme.


Pasaron algunas horas, cuando escuché el ruido del cerdo, justo debajo de mi ventana, por fuera, como si estuviera aguardando a que saliera a verlo; me asomé y me di cuenta de que había aumentado su tamaño y su cara, ya no parecía la de un animal, eran los rasgos que había visto en el grabado del libro.


El animal, o lo que fuera, comenzó a caminar en dirección a la puerta de la casa y, entonces, supe que algo tendría que ver con el libro, aproveché que el animal no estaba ahí y abrí la ventana, salté hacia fuera y corrí, con todas mis fuerzas, hacia el chiquero, ahí se había quedado el libro y tal vez en éste viniera una solución para librarme de él.


La oscuridad era demasiado en ese sitio, pero logré encontrar el libro y me di la media vuelta para regresar a mi cuarto, pero antes de entrar por la ventana escuché un grito, un grito que me taladró hasta el alma y supe que era mi madre, por lo que lancé el libro por la ventana hacia el interior de mi cuarto y corrí a la puerta de entrada.


Ya no había puerta, no sé cómo, la habían arrancado y cuando entré a la sala, vi a mi madre, sobre uno de los sillones, mirándome con los ojos llenos de terror; aquella cosa, lo que había sido Pewa, estaba devorando el brazo izquierdo de ella, pero al sentir mi presencia, se detuvo, para luego soltar una mordida hacia el pecho de ella, arrancándole un seno.


Comenzó a trepar en ella, a comer su rostro, mientras Norma gritaba de la forma más aterradora; vi cómo le arrancó uno de los ojos y luego mordió su nariz, para seguir con las mejillas, mientras que yo no podía moverme, no podía creer lo que estaba viendo, era como una pesadilla.


Me quedé un rato más, viendo cómo Pewa destrozaba a mi madre, cómo brotaba la sangre y caía sobre el mueble, luego sobre el piso de madera; entonces, aquella cosa se detuvo, tan sólo para mirarme, para mostrar sus ojos que parecían, al mismo tiempo, ser más humanos, pero menos humanos, como si toda aquella forma de carne fuera un demonio que estaba surgiendo del cerdo.


Entonces reaccioné, corrí hasta mi cuarto y me encerré, pero supe que de nada serviría, arrancaría la puerta como lo hizo con la de la entrada, me perseguiría si saltaba yo por la ventana y estaría siempre en mis miedos; claro que pude escapar, tal vez esa cosa esperaba que lo hiciera, pero de qué me serviría vivir si esta noche ya he muerto.


Pewa comenzó a caminar fuera de mi cuarto minutos después, casi puedo jurar que lo escuché reír, pero no me atreví a salir, tal vez él no tardara en entrar y acabar conmigo de la misma forma en que lo hizo con mi madre; me puse a ver el libro, a fijarme en la imagen, en las letras que poco conocía, buscando una salida, una forma de acabar con aquello, pero no logré encontrarlo, tan sólo descubrí imágenes más grotescas.


El cerdo ha comenzado, ahora, a gritar con más fuerza, su sonido taladra mi alma y me llena de miedo, voy a salir, voy a dejar que acabe conmigo, que me mate, porque tal vez, si el cerdo muere, esa cosa que hay dentro de él busque un nuevo cuerpo y no quiero que sea el mío.


Éstas son mis últimas palabras, porque me doy cuenta que la puerta se está abriendo sola, tal vez lo mejor sea saltar por la ventana y tener, al menos, un día más de vida, tal vez…


El relato concluyó y Mike se quedó quieto, mirando la última frase, como si esperara que comenzara a escribirse sola y a narrar lo que sucedió a continuación; respiró con fuerza luego de unos segundos y volteó a mirar aquel libro que estaba sobre el escritorio, tuvo la tentación de ir a tomarlo y ver su interior, pero tuvo más la necesidad de salir corriendo de ese sitio.


Dejó la cerveza sobre el escritorio en el momento en que escuchó el sonido de pisadas que cruzaban el umbral de la puerta, se acercó a la ventana y pensó en que tal vez, Chris habría matado al cerdo, pero no lo había escuchado gritar, tal vez lo que había en esas hojas fuera cierto y el cerdo fuera por él.


Pero logró distinguir, bajo la luz de la luna, el cuerpo de Chris, destrozado, la piel que había estado en su rostro, colgaba de una de las ramas; los brazos, piernas, intestinos estaban esparcidos por el sitio y mientras su corazón latía con fuerza, Mike supo que aquello lo había hecho el cerdo del que se hablaba en esas hojas y que eso era lo que iba por él.


Pero mientras Mike se encaramaba en el marco de la ventana para saltar hacia el exterior de la casa, vio en los matorrales que crecían junto a la pared, justo debajo de él, el cuerpo muerto y descompuesto de un cerdo, con algunas deformidades en su rostro y en el lomo, con la piel cubierta de escamas.


No pudo mirar más, unas manos lo tomaron por los hombros y lo estrujaron, lo jalaron hacia atrás, y al caer en el piso, justo unos segundos antes de que la luz del foco desapareciera, pudo ver a una mujer mutilada, con ojos rojizos y piel muy blanca y un joven, con el rostro desfigurado, como si fuera una máscara de cerdo.


Los dos cayeron sobre Mike cuando las sombras cubrieron el cuarto, sintió los dientes sobre su piel, sobre su rostro, sus piernas y entonces gritó, gritó esperando que lo mataran y que el martirio terminara, pero la risa de aquellos seres, le hizo saber, que el festín de la carne, apenas empezaba.



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IGNACIO ACEVES México 1970, es autor de varios libros, dos de ellos Faremont pueblo solo y Eterno Invierno, publicados bajo el sello Alfeízar de España, y varios más que se encuentran disponibles en Amazon, así como de varias obras de teatro, que, de la misma forma, abordan el género del terror. Ha sido periodista y profesional de la informática.




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