Anotaciones por Ernesto Moreno

XLVIII CÍRCULO LOVECRAFTIANO & HORROR DE LA CIUDAD DE MÉXICO: ANOTACIONES SOBRE “EL GRAN DIOS PAN” ARTHUR MACHEN (1894).

Anochecía rápidamente y la penumbra lo cubría todo, mi corazón palpitaba fuertemente, desesperado, corrí. Al fin pude llegar al primer piso del Centro Cultural Juana Cata, en donde ese funesto quince de noviembre del 2019, me reuniría una vez más con las personas integrantes del Círculo, eternas buscadoras de conocimiento prohibido, adictas a lecturas blasfemas e ideas incorrectas. Hoy revisaríamos “El Gran Dios Pan”. De todos los relatos de Machen, el predilecto del Maestro de Providence.


Arthur transitó su infancia y adolescencia entre una educación religiosa –su padre era pastor- y un ambiente plagado de lugares profundamente vetustos por donde pasaron caballeros medievales, conquistadores romanos, sabios druidas y quién sabe qué tantas cosas más. Machen creció envuelto en un mundo que empezaba a sentir el abrazo ingente de la modernidad y la industrialización feroz, del capitalismo incipiente y el triunfo del racionalismo. Desconfiaba de todo ello. Esa desconfianza hacia lo que ofrecía este nuevo paradigma influyó su escritura, y a su vez, a los que vendrían después.


En el caso específico de H. P. Lovecraft, Machen es tal vez uno de los escritores que más lo impresionaron y lo influyeron en la manera de interpretar la realidad. La terrible idea de una verdad invisible para la pequeñez humana, de una realidad plagada de entidades antediluvianas, cósmicas e inefables, la encontramos en “The White people” de 1904, y en “The Great God Pan” de 1894. Machen -al igual que Lovecraft- amaba el mundo antiguo, en este, encontraba alivio, el destello de un mundo en donde la modernidad no existía, un mundo que era regido por fuerzas espirituales extrañas y maravillosas, un mundo en donde los dioses aún se les mostraban claramente a los hombres.


En “El Gran Dios Pan”, Machen elabora una de las ideas transversales de su obra, o ¿una de sus más terribles obsesiones? La realidad como un velo que nos protege de lo que realmente yace en el universo, algo tan espantoso y ubicuo, que nuestra mente no podría soportarlo. De la misma forma en que Sémele, hija del Rey de Tebas, murió fulminada ante la experiencia de mirar al poderoso Zeus en su tremenda totalidad, Machen describe lo que ocurre cuando a través de una operación quirúrgica, el visionario Dr. Raymond, conculca las leyes naturales y logra que una chica pueda observar en todo su esplendor al Gran Dios Pan, que no es otra cosa que una metáfora de esa realidad inalcanzable que los seres humanos somos incapaces de percibir.


La idea en sí me parece peligrosa, tal vez por lo inexorable, por lo ineludible. El vivir resignado a una ceguera que nos mantiene a salvo, a un desconocimiento necesario para seguir existiendo. La ambigua decisión entre una existencia sencilla e ignorante o un conocimiento que nos empujaría al abismo de la desesperación y el dolor, entre el orden y el caos, entre la vida y la muerte. Pero ¿cómo conseguir este conocimiento sin perecer en el intento?, ya desde tiempos remotos la humanidad presintió estas fuerzas colosales, y buscó la forma de llegar a ellas a través de ritos arcanos e innombrables, o a través de lugares -puertas- que deben quedar en secreto.

La influencia de esta idea que Machen retomó de los textos antiguos y le insufló un vigor sin igual, la podemos encontrar en obras tan actuales como el relato “Hinterlands” de William Gibson, publicado en 1981. En donde la humanidad ha encontrado por casualidad una “entrada” hacia un espacio-tiempo oscuro y desconocido, que trae recompensas tecnológicas incalculables, pero que al mismo tiempo arrebata la cordura de los condenados astronautas que viajan a través de ella.


Ahora bien, al igual que la chica que el Dr. Raymond utilizó para conocer “esas realidades que nadie debería atisbar”, algunas pobres almas humanas han sobrevivido a esta experiencia, aunque nunca para ser las mismas. Recuérdese en los evangelios sinópticos la extraña parábola de la “transfiguración de Jesús”, en donde tras ascender el Cristo y tres de sus apóstoles –Pedro, Santiago y Juan- al Monte Tabor, éste se mostró a sus discípulos en su forma verdadera. Lo hizo así para acallar las dudas en torno a su divinidad. Nos dice el texto sagrado que la figura del mesías se iluminó, y que una nube los cubrió infundiendo temor en los apóstoles, entonces Dios habló y pudieron ver el verdadero rostro de su hijo amado. Después de esa experiencia, los apóstoles decidieron no hablar de ello, y desde entonces, le temieron. Habían sido testigos de una terrible realidad, habían vislumbrado un destello de lo que está detrás. Se entiende entonces que los apóstoles hubieran aceptado el periplo oneroso que los llevaría al destierro, al maltrato, a la tortura y a la muerte más ignominiosa, con tal de no enemistarse con su Dios, pues sabían de primera mano que su venganza sería mil veces peor e inimaginable que cualquier cosa que los hombres terrenales pudieran infringirles. Se había acabado el libre albedrío, ¿cómo tener decisión después de conocer la verdad? ¿cómo pretender ser libres después de eso?


Nos damos cuenta de que estos impíos misterios han sido develados por un puñado de mentes humanas a través de los tiempos, usando la magia, el espiritismo, la religión y ahora, la ciencia. El Dr. Raymond practicó la llamada “medicina trascendental”, así que, retomando a Kant, pienso que esta práctica tendría que ver con las formas anteriores que conforman el conocimiento, con la experiencia del objeto o de su contenido. El objeto en sí mismo no está en la palestra de esta reflexión, sino sus consecuencias, sus acciones. Factores como lo son el tiempo y el espacio saltan a la palestra para ser diseccionados y analizados. Los fundamentos matemáticos forman el andamiaje de este atisbo al acontecimiento, de esta experiencia de conocimiento. Es a través del ominoso procedimiento perfeccionado por el Dr. Raymond, que el cerebro humano puede “acceder” a tales experiencias abrumadoras, y el contenido de este evento (conocimiento) sería igual a que una hormiga comprendiera cómo y porqué sucedió el día D en Normandía.


Noviembre de 2019, México Tenochtitlán.

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