Black Mirror

Black Mirror: La oscuridad presentida.


Si nunca has escuchado la canción The Future de Leonard Cohen, te recomiendo que lo hagas. Ahora, que si el tono ronco de alcohólico medio muerto con que solía cantar el buen Leonard no es de tu agrado, siempre puedes ver Black Mirror. Porque si bien el espléndido tema de Cohen que versa sobre asesinos seriales y bombas atómicas, y que fue utilizado para los créditos finales de la polémica Natural Born Killers, con sus enigmáticas alegorías hace algo más que predecir las calamidades del porvenir a pesar de lo que su contraintuitivo nombre sugiere, la serie Black Mirror sí que las presagia con turbulenta intensidad. A la manera de Ray Bradbury en sus cuentos, esta, que promete ser una de las grandes obras audiovisuales del género distópico de nuestra generación, desarrolla un intrincado muestrario de historias que casi parecen estar entrelazadas, pero que, si no lo están, al menos comparten la característica de ser las piezas dispersas de un rompecabezas de mal agüero, uno que sin necesidad de ser armado expone desde el desorden el oscuro presagio de los no pocas veces intuidos riesgos que acarrean las tecnologías de la informática.


Su primer episodio, The National Anthem, ya nos hace la lóbrega promesa que será recurrente a lo largo de esta serie: La de que no todo lo que en estas historias tiene lugar es imposible y bien podría ocurrir mañana, pasado mañana o en el transcurso de nuestras vidas. En el capítulo que sirve de apertura se evidencia con el ya consabido poder destructivo que tienen los medios de comunicación, que en su afán de prevalecer ante la actual amenaza de las redes sociales, pueden cruzar ciertas líneas éticas con una temeridad que resulta inoportuna incluso para su (y no a causa de la mala recepción) deteriorada imagen. En esta entrega aprendemos que ya no es el fin el que justifica a los medios, sino que son los medios los que nos pueden manipular para justificar todos sus fines. Porque en la actualidad sobresaturada de información que retrata, la realidad que percibimos nos llega como una imagen distorsionada, igual que en un espejo empañado, que ya ha sido interpretada y digerida por alguien más varias veces. Siendo lo paradójico de lo mostrado en este primer episodio, que es la escenificación de una apuesta contra los pilares de la comunicación de masas: Los medios, la política y nosotros, los espectadores, hecha con el único propósito de desafiar nuestra percepción de los acontecimientos para recordarnos, que si la vida es la que imita al arte, más le valdría imitar a uno bueno. Pues mientras los espectadores vemos una falsa realidad en las pantallas, la realidad auténtica hace mucho que fue sacrificada como un cerdo en el matadero de la alta definición.


Símbolo potente: Lo que más sale en la tele suele ser sangre, gente importante y espectáculos basados no pocas veces en formas de abuso sin sentido.


En 15 Million Merits se captan las más destructivas consecuencias de la sobredosis al marketing. Y es que, si en el mundo mostrado en este relato, como en el nuestro, la agudización del culto a la frivolidad no resulta más notoria, es porque la idolatría a ciertas celebridades hace que pase desapercibida. Una forma de alienación que ha dejado atrás las compras compulsivas de artículos de consumo tipo Black Friday para dar lugar a la orgullosa pasión por poseer bienes virtuales que en esencia son inútiles. Pero, como dicen en los infomerciales, no se vaya, que aún hay más (si sigue leyendo en este momento se podrá llevar dos distopías por el precio de una). Porque en el universo que nos presenta Black Mirror en el segundo capítulo de su primera temporada, a los personajes se les mantiene entretenidos a la fuerza, compitiendo entre sí para que no puedan percatarse nunca de lo pesadillescas que son las condiciones en las que viven, situación que, para variar, tampoco difiere tanto del estado de “distracción informada” en el que vivimos fuera de la ficción.


La trama de San Junipero es luz y poesía, quizá una de las historias más cautivadoras que he visto desde Drácula. Presentada junto al que bien podría ocupar el título del invento definitivo entre todos los que alguna vez ha insinuado la ciencia ficción, los recursos estéticos y la fotografía de este episodio son exuberantes. Repleto de jovialidad y de una esperanza plasmada con encendidos colores, nos aclara con sugestiva festividad que si el amor romántico es un mito que nunca existió, salvo como un sueño de la imaginación, ese no sería un impedimento para la ciencia cuando de la felicidad humana se trata.


Si alguna vez te has preguntado, por otra parte, qué significa ese cuadro de los relojes derretidos de Dalí, La persistencia de la memoria, según esta serie, en el desafortunado relato The Entire History of You y la oda al caos que es el capítulo White Bear, significa que aunque siempre es posible escapar de tus peores enemigos, hay por lo menos uno al que nunca podrás evadir permanentemente, sin importar cuánto le ruegues o cuánto lo odies: Tú mismo. Y eso es lo que este par de episodios buscan grabarnos como un hierro al rojo vivo en la mente. Que si la memoria persiste para conseguir engañarnos, el olvido no es menos falaz, pues nosotros mismos somos quienes, sin saberlo, o tal vez obviando muchas de las reglas que creíamos saber, desempeñamos un papel en la obra de teatro de nuestras vidas que, tras el más mínimo (o execrable) error de nuestra parte, bien podría desencadenar una inesperada tragedia en el acto final.


Playtesting y Nosedive tienen, por su parte, argumentos invertidos, igual que Men Against Fire y Hated In The Nation, respectivamente. Estos últimos, relatos de exterminio e infestación que reafirman al ser humano como la plaga más mortal que alguna vez se haya propagado por el planeta. Mientras que los primeros, exploran lo que sucede cuando nuestra existencia está definida por un mundo virtual al grado de lo enfermizo. La reflexión es certera. Hoy sabemos que las redes sociales se han convertido para bastante gente en un substituto descafeinado y gluten free de la interacción. Hay millones de jóvenes que añoran más su vida en estos medios que la que llevan afuera. Así, en uno de los episodios el personaje principal construye con fanatismo su falso yo virtual de las redes sociales, desdeñando a la realidad que por acción del karma fáctico termina oponiéndosele. En el otro, el protagonista disfruta con algún hedonismo de su realidad, pero es absorbido por una dimensión virtual que termina siendo más peligrosa que la realidad misma. Todos estos, aspectos característicos de la era del Internet que The Waldo Moment lleva al terreno de lo político. Porque después de todo, la democracia ya estaba a la delantera en lo que a ser una enorme simulación de concursos de popularidad se refiere. Hechos que en alguna medida hoy pueden parecernos algo ordinario pero que no dejan de tener un cierto carácter artificial y de simulacro, cuya representación alcanza otro nivel en Be Right Back. Una historia de personas cualquiera que viven una vida cualquiera, que sufren una situación que puede ocurrirle a cualquiera pero cuyo desenlace nos hace reflexionar sobre lo singular que puede ser la identidad de alguien, precisamente, cualquiera.


Si se dice que en los tiempos que corren todos tenemos a un agente de la CIA en el bolsillo o debajo de la cama (aunque si eso fue lo que te dijo tu espos@ sobre el hombre que encontraste metido en tu armario aquella vez que decidiste llegar más temprano de trabajar, lamento decirte que tienes otros problemas además de los relacionados con el espionaje), en el episodio Shut Up And Dance, no apto para conspiranoicos, se trata ese tema con gran destreza al ejercer sobre nosotros una opresión indiscriminada. Nadie, en ningún lugar, sin importar su edad, su género ni sus intenciones, está a salvo. Cuando las circunstancias más inmediatas se salen de nuestro control, un terror desconocido podría apoderarse de él para usarnos como a su más vil y repugnante antojo le convenga.


Trece episodios en tres temporadas que, si se desplegaran con la simetría de un tapiz persa, tendrían su centro común en el no menos importante White Christmas. Capítulo especial de mayor duración, quizá el más contundente de toda la serie, con varios relatos que se van engarzando hasta demoler la tranquilidad con que hasta entonces habíamos vivido nuestras vidas en un knock out de revelaciones, conforme nos aclaran, que si la tecnología al avanzar nos traerá nuevas categorías para el crimen, no podrá dejar de otorgarnos también nuevas e infernales formas para el castigo. Luego de ver su final, podrías acabar despertándote pensando en él, una fría madrugada de este o de futuros inviernos, cuestionando tu existencia y todo lo que la rodea, y quizá, hasta deseando la certera paz de la muerte. Hazlo bajo tu propio riesgo.


Así que, ahora que la cuarta temporada de esta serie inglesa está por estrenarse, si no has visto las anteriores, tienes que hacerlo. No sólo te va a resultar entretenido sino que si logran su propósito te harán reflexionar sobre cómo la tecnología podría llegar a afectar, o de hecho está afectando, a nuestras vidas.


El significado del nombre de esta serie, por cierto, quizá parezca huidizo. Sin embargo, tras apagar la pantalla de tu Smartphone o de la computadora en que bien pudiste haberla visto, y visualizar en el cristal un reflejo brumoso devolviéndote la mirada, lo comprendes. El aparato que tienes frente a ti es el espejo negro que refleja con el mismo color las perspectivas de tu futuro y del mío.


- Isidro Morales "El Juez"

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