• El Juez

INTEMPERIE

Actualizado: ene 26

Tres colaboradores de esta página, cada uno de manera independiente, han escrito una microficción o relato a partir de la misma imagen, obra del reconocido ilustrador Stefan Koidl. Al otro lado de la barrera del desvelo...


INTEMPERIE

Dalila estaba dormitando. Visitaba ese parque dos de cada tres tardes aunque en un orden que ni ella conocía. Le gustaba mirar los patos una década atrás, cuando colmaban las inmediaciones y medraban ficus que había colocado la administración municipal, antes de que algún funcionario hubiera decidido que ya no había presupuesto para tales irrelevancias. En el presente, sin aves y con una sombra auspiciada por la vegetación más bien escasa, se entretenía contemplando a los niños jugar. En las tardes calurosas como aquella no podía evitar que la cubriera cierta modorra y su vista oscilara como hacían los subibajas. Eso le gustaba, le daba, según sus términos, una tregua. Últimamente sus cavilaciones eran más sombrías que de costumbre. Claro que hacía muchos años que no estaba bien, pero esa mañana se sorprendió pensando en su esposo muerto en la guerra de Corea. No había podido sacárselo de la cabeza durante todo el día y la persistencia de su recuerdo se vio reforzada cuando notó algo especial en la manera de caminar de una criatura que iba del césped al área de juegos. Se parecía a la de su Martín. Aquel niño, o niña con corte de niño que se trepaba por los escalones de un resbaladero para deslizarse múltiples veces, tantas que cualquiera que le estuviera observando se marearía, pero no ella porque la hipertensión le procuraba una desagradable protección contra los mareos -ya no podía vivir con más vértigo-, caminaba como su Martín, incluso tal vez sonreía como Martín o se paraba como él. Se trataba de algo que no podía precisar. Viéndolo, no pudo evitar rememorar cómo se habían despedido. Había madrugado para acompañarlo hasta la puerta, helaba, él iba engalanado con su uniforme de servicio. Le dio un beso en la boca y otro en la frente tras asegurarle que volvería pronto. Seis meses después recibió una carta del presidente y Dalila nunca más volvió a sonreír con sinceridad. Martín había desaparecido en una misión de exploración, alguien encontró su cuerpo destrozado, irreconocible, por circunstancias que no estaban claras.


Ahora se preguntaba quién sería la madre o el padre de aquel niño, o niña, que tanto se parecía a las maneras de su esposo. Rara vez veía a hombres llevar a sus pequeños al parque, salvo algún abuelo, era cuestión de mujeres. Hizo un esfuerzo por despabilarse y no ponerse a roncar, se dio cuenta de que la candidata más probable era una mujer joven de hermoso pelo negro sentada más allá, en otra banca, junto a los bebederos. Sostenía lo que suponía era una novela que a ratos leía y era la única a la que no se habían acercado otros chiquillos para exigir jugo y galletas. Dalila no había tenido hijos y no porque ella y Martín no lo hubieran intentado, tampoco se había vuelto a casar, y, de nuevo, no porque le hubieran faltado oportunidades, sino porque la primera ocasión que accedió a dejar que un hombre volviera a entrar en su vida no pudo parar de pensar en Martín toda la hora que duraron haciendo el amor. Se había sentido extrañamente culpable, más por aquel amante, que había sido honesto, que por el recuerdo de Martín. Fue la primera vez y la última.


Prefería pensar que, a diferencia de todas las personas, tuvo el privilegio de saber el momento exacto en que entró en la vejez. Fue la ocasión que sus dos únicas amigas, ahora ya fallecidas, se rindieron en su afán por interpelarla para animarla a amar a alguien más, le decían que era injusta consigo misma, que merecía ser feliz. Ahora que ya era vieja y la felicidad y el amor eran mundos distantes no se preocupaba por eso. Pero aún podía sentir una punzada de alegre melancolía cuando miraba a los niños con su sagacidad tan intensa, la seriedad con la que parecían tomarse sus juegos, por ver a las familias. O al menos así era desde que no había patos en el lugar.


Así se sintió, reconfortada, cuando vio los saltos que daba aquel pequeño Martín y cómo convivía con amigos imaginarios. Era un niño, ahora que se había fijado bien su inconsciente le atribuía el nombre de su esposo como apelativo temporal. Quizás si ella hubiera tenido hijos o la necesidad de trabajar no se habría visto tan inmersa en la soledad, pero de alguna manera el amor de su esposo la había condenado a la peor parte de estar sin él. Seguramente Martín había sido estéril y ella, a cambio de un hijo, recibió una pensión. Y aunque media docena de veces había intentado ganar dinero extra, saberse poseedora de esa cantidad periódica la imposibilitaba para comprometerse. Quien nos protege nos aísla. Él tomó la decisión de enlistarse precisamente para que ella tuviera un mejor nivel de vida, pero un mejor nivel no dice mucho sobre la calidad.


Pensaba en todo eso mientras seguía admirando al niño, sus expresiones, cómo daba vueltas en los tubos de los pasamanos y quedaba colgado de cabeza, sus gritos dirigidos hacia un interlocutor invisible, su risa con la altivez que sólo confiere la juventud cuando no se ha sentido aún la desesperación, que llega siempre, más temprano o más tarde, con los años. Su insensibilidad luminosa que no era presa de la soledad aún cuando ninguno de los otros niños lo buscaba o hablaba con él.


Así que tampoco pudo resistirse, en contra de la prudencia sugerida por sus instintos, a caminar hasta donde se encontraba la que, albergaba pocas dudas, era la madre.


Se sentó torciendo con sutileza los labios en una mueca que era lo más que podía acercarse Dalila a la amabilidad.


-Tiene un hijo muy simpático. Se parece a mi esposo Martín, ¿sabe? Él murió hace mucho tiempo.


La mujer giró el cuello con inquietante rapidez y no dejó de mirarla con los ojos muy abiertos ni siquiera cuando se levantó para recoger con una mano su bolso mientras cerraba el libro con la otra. Se quedó, impertérrita, junto a la banca, un momento que para Dalila fue demasiado largo, y por fin, habló antes de marcharse.


En ese instante inició un aguacero demencial, acompasado con los latidos descontrolados en el pecho de Dalila. El zumbido en sus oídos envolvía las gotas frenéticas otorgándole la impresión de que escuchaba llover desde una caverna. Los efectos de la hipertensión eran apropiados de un modo perverso. Toda su vida de viudez Dalila se había sentido apartada, como si la vida de su esposo se hubiera derramado al morir para cubrirla con una impermeable energía que la separaba del mundo exterior.


La gente corría en la calle para guarecerse, unas llantas patinaron para rematar con el inconfundible estallido de un accidente automovilístico. Todos los niños se habían ido junto a sus madres y el parque se había quedado vacío excepto por Dalila y el niño que le recordaba a su esposo muerto, que ahora se reía y se había virado hasta tenerla de frente. Sí, su risa era idéntica a la de Martín.


Dalila sintió cómo su cuerpo se negaba a moverse y tenía dificultades para respirar, cuando el niño echó a andar con paso decidido hacia la calle, alejándose. Luchó contra la parálisis que le había arrebatado las piernas y lo siguió. Justo cuando la densidad que nublaba su mente y le impedía pensar dejó abierta una rendija por la cual le fueron lanzadas las palabras que aquella mujer más joven que, estaba segura ahora, era la madre de ese niño, había pronunciado, dejó de llover. Así, tan pronto como comenzó.


La mujer le había dicho que había tenido un hijo, y que de hecho se llamaba Martín, igual que el padre de ella, pero que ambos habían muerto pocos años atrás en un accidente cuando iban a un paseo de abuelo y nieto a un parque como ese, semanas después de mudarse desde Corea. Luego se había disculpado y se fue. El recuerdo le resultaba doloroso.


Toda su vida de viudez Dalila se había sentido apartada, como si la vida de su esposo se hubiera derramado al morir para cubrirla con una impermeable energía que la separaba del mundo exterior. Ahora, mientras seguía al niño caminar por el asfalto, se sentía a la intemperie. El pequeño Martín iba de la mano con alguien que no podía verse al nivel de la calle pero estaba presente en el reflejo de los charcos.


Quizás si ella hubiera tenido hijos o la necesidad de trabajar no se habría visto tan inmersa en la soledad, pero de alguna manera el amor de su esposo la había condenado a la peor parte de estar sin él. El amor de su esposo por otra mujer y por otra familia. Quien nos protege nos aísla. Ahora, Dalila, por primera vez desde que enviudó, no se sentía aislada. Era parte de todo y todo era parte de ella cuando su corazón se detuvo ante la sonrisa de Martín en el espejo del agua y ante la del pequeño Martín en los átomos del aire.


- Isidro Morales “El Juez”




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