"La corona invertida"
- Miguel Borjas
- 13 may
- 9 Min. de lectura
Cholula de Rivadavia, Nueva España — Año de Nuestro Señor de 1743
Al Muy Ilustre Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de México, sede de la Ciudad de los Palacios.
De Fray Juan de Aragón, hermano lego del Convento de la Santa Cruz, en la villa de Cholula, jurisdicción del obispado de Tlaxcala y Puebla de los Ángeles.
Reverendísimos Padres:
Escribo estas líneas en estado de gracia, aún, por misericordia de Dios Nuestro Señor, y en estado de razón, todavía, aunque no sé ya por cuánto tiempo. Lo que aquí pongo por escrito ocurrió en este convento y en la villa que lo rodea a lo largo de los últimos treinta días. Debo dejar constancia de ello porque temo que, en pocas horas, quizá menos, ya no haya en este lugar nadie capaz de hacerlo con la cabeza puesta en su sitio. Si alguien encuentra esta carta y conserva aún los ojos cristianos para leerla, le suplico por la sangre del Señor que la haga llegar al Santo Tribunal por el medio que sea. No sé cómo enviarla yo. La puerta de mi celda lleva ya rato siendo golpeada y no creo que el cerrojo aguante una noche más.
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El nuevo abad llegó la madrugada del segundo viernes de septiembre, sin escolta, sin recua, sin más equipaje que un saco de viaje atado al hombro y un bastón. Traía una carta sellada con el lacre del obispado que el padre prior, Fray Eulogio de Mendívil, recibió sin sospecha y leyó en voz baja antes de besar el anillo del recién llegado. Yo estaba presente, sirviendo el agua de la mesa, y vi con mis propios ojos cómo el lacre cedía. El sello me pareció correcto. Tenía las armas episcopales que conocemos todos los que hemos servido en sacristía. Hoy ya no estoy tan seguro de lo que vi.
El abad, quien era un hombre de edad imprecisa, alto, enjuto, de ojos hundidos y manos largas; se hizo llamar Fray Anselmo del Olmo, y así pido que sea registrado en los archivos para que se busque, porque no existe tal hombre en la nómina del obispado, lo he comprobado revisando los libros del archivo conventual con mis propias manos antes de encerrarme aquí. Vestía el hábito como cualquiera de nosotros. Sin embargo, su bastón llamaba la atención de todo el que lo viera por primera vez. Era una vara torcida, oscura, hecha al parecer de la rama nudosa de un árbol que yo no supe identificar, completamente cubierta de espinas pequeñas pero muy agudas, como las de un naranjo de Castilla, pero más negras. En el extremo superior, donde la mano se cierra para sujetarlo, llevaba labrada una pieza de hueso pulido en forma de cruz. La cruz estaba invertida. Yo lo noté de inmediato y no dije nada, porque pensé que era yo quien estaba leyendo mal el objeto, o que se trataba de algún uso piadoso del Oriente que ignoro por mi falta de letras. No lo era.
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El primero en cambiar fue Fray Joaquín de la Cruz, el más anciano y manso de nuestros sacerdotes. La segunda noche, el abad lo recibió en privado en el locutorio para el saludo de bienvenida, como era costumbre con cada hermano de la casa. Salió de allí Fray Joaquín con un pequeño rasguño en el dorso de la mano, que no quiso mostrar, y al cual no dio mayor importancia. Dijo que se había prendado del bastón con torpeza al darle la mano al recién llegado. Esa misma noche lo escuché reír en su celda. Fray Joaquín no reía hacía treinta años. Reía bajo, como tose un perro, y por un instante muy largo creí que se había vuelto loco de pronto, lo cual sucede a veces con los ancianos. Al día siguiente lo encontré en el huerto, arrancando con las manos las plantas de albahaca que él mismo había sembrado, y mirándome a mí con una sonrisa que no era la suya. Tenía los dientes igual de amarillos que siempre, pero creí ver que le habían crecido en la noche dos colmillos detrás de los caninos, pequeños todavía. Le pregunté qué hacía. Me contestó algo que no entendí, en una lengua que no era latín, ni castellano, ni náhuatl, ni hebreo. Era una lengua que parecía formársele en la garganta como una flema. Me alejé. No volví a hablar con él, ni él trató de hablarme.
Después fue Fray Cipriano. Después Fray Mateo. Después el padre prior, Fray Eulogio, a quien yo había servido durante once años y a quien quería como a un padre. Todos saludaron al abad. Todos recibieron, sin notarlo o sin importarles, un rasguño de las espinas del bastón en alguna parte del cuerpo. Todos comenzaron a cambiar a las pocas horas. Y todos parecían no darse cuenta. Hablaban con normalidad de los asuntos del convento, decían las horas canónicas con la voz de siempre, pero sus voces tenían algo encima, como una segunda voz que sonara debajo de la suya y dijera otra cosa. Lo digo como lo oí. No sé describirlo de otro modo.
A la semana, sólo quedábamos dos hermanos sin cambiar: Fray Domingo, el sacristán, que se confinó en la torre del campanario y se negó a bajar, y yo. Yo me salvé porque, por ser hermano lego y por mi oficio de cocinero, no fui llamado al saludo privado. El abad no tuvo motivo para tocarme. Tampoco yo se lo di. Fray Domingo cayó al quinto día, no sé cómo. Apareció al pie de la torre, con el cuello roto, y al ser levantado del suelo abrió los ojos y sonrió. Lo enterramos al amanecer. Yo cavé la fosa. El abad rezó el responso en una lengua que no era la nuestra y los demás hermanos respondieron en la misma lengua, como si la conocieran de toda la vida.
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El día catorce, el abad bajó al huerto al despuntar el alba con su bastón. Yo lo vi desde la ventana de la cocina, donde acudo siempre a esa hora a encender el fuego para el desayuno. Eligió un cuadro de tierra recién removida, donde habíamos perdido la albahaca por la demencia de Fray Joaquín. Se arrodilló, sacó del bastón una astilla larga, y partióla con la mano como si la madera fuera blanda y obediente, la sembró. La regó con un poco de agua de un cántaro que llevaba consigo. Hizo sobre la siembra una señal que no era la de la cruz, sino su contraria, y se fue.
A la mañana siguiente —Y aquí pido a los reverendísimos padres que me crean, porque no tengo más que mi palabra y la condena que ya pesa sobre esta casa- El huerto entero estaba ocupado por una sola planta. Una sola. Había brotado en una noche lo que un árbol no logra en cincuenta años. Era una corona. Una corona vegetal, formada por ramas espinosas que se entretejían solas, todavía moviéndose despacio cuando llegué a verla, como si estuviera terminándose de tejer ante mis ojos. Tenía la forma exacta de una cruz invertida. Era del tamaño aproximado de la rueda de una carreta. Las espinas eran tan negras y largas como las del bastón.
El abad nos reunió a todos al mediodía —a todos menos a mí, que escuché desde la cocina pegado al muro— y ordenó que la corona fuera cortada en pedazos pequeños, del tamaño de una moneda, y que estos fueran repartidos a la feligresía en la misa del domingo siguiente: “La reliquia de la corona de espinas de Nuestro Señor, recogida por un mártir de los primeros siglos y custodiada en secreto por su orden hasta el momento providencial de su distribución entre los fieles más devotos del Nuevo Mundo”. Lo dijo con tal solemnidad que ninguno de los hermanos lo cuestionó. Lo digo de nuevo: ninguno lo cuestionó. Y eso que aquellos hermanos, antes de ser lo que ahora son, habían sido hombres letrados, prudentes y temerosos de la fácil credulidad.
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La feligresía es de unas trescientas almas. La misa de aquel domingo fue la más concurrida que he visto en mis años de Cholula. Acudieron familias enteras, incluso los indios de las rancherías de las laderas. Cada uno recibió en la mano, su pedacito de espina. Cada uno se cortó al recibirlo, por la misma fuerza del objeto, en la palma o en los dedos. Cada uno se llevó la astilla a su casa envuelta en un pañuelo. Cada uno volvió la siguiente semana a la misa con ojos diferentes.
No tengo manera de describir aquel mes, sino diciendo que la villa entera se fue volviendo otra a la luz del día y sin que nadie pareciera notarlo. Las mujeres reían diferente. Los niños jugaban en círculos en la plaza con la mirada fija en un punto que yo no veía. Los perros del mercado dejaron de ladrar y caminaban detrás de las personas como si las cuidaran. Las campanas del convento tocaron solas dos veces, sin que nadie las llamara. La música de los rezos cambió de tono. Es la única manera que tengo de decirlo: cambió de tono, como si el organista pulsara las teclas correctas pero el instrumento estuviera afinado en otra escala. Yo dejé de bajar a la villa. Me guarecí en la cocina y comí lo que tenía. Me confesé conmigo mismo cada noche, como pude, ante una cruz pequeña que escondí debajo del jergón, porque ya las cruces grandes del convento habían sido descolgadas y vueltas a colgar al revés.
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Hoy es el día treinta y uno. Hace tres horas, al caer la noche, el abad y los hermanos vinieron en procesión hasta el ala donde estoy. Los oí venir desde el claustro. Cantaban en aquella lengua. Llamaron a mi puerta una primera vez con suavidad, llamándome por mi nombre, y dijeron que querían darme también mi reliquia, que era injusto que el hermano cocinero, después de tantos años de servicio, no recibiera la gracia que había recibido la villa entera. Hablaba el abad. Reconocí su voz por encima del coro. Yo no contesté.
Volvieron hace una hora. Esta vez no llamaron suavemente. Esta vez la puerta empezó a recibir golpes, no con la mano, sino con algo más duro, quizá con el bastón mismo. Cada golpe deja una hendidura en la madera, y desde donde estoy escribiendo veo que la madera se ha vuelto negra, como si las espinas envenenaran la puerta. La cerradura ha aguantado, pero las tablas se quebrarán pronto. Posiblemente, para el amanecer estará abierta.
Mientras escribo, de pronto oigo a través del muro otras voces. No son de los hermanos. Son de feligreses. Reconozco la del herrero, la de la señora Catarina, partera de la villa. Están todos abajo, en el claustro, esperando. Su respiración hace un solo ruido, como una única respiración muy grande, hecha de muchas pequeñas. De vez en cuando alguno dice algo, una sola palabra suelta, en aquella lengua, y los demás callan respetuosamente. Después vuelve la respiración.
He puesto contra la entrada el arcón, la mesa y la silla. Me queda un poco de vela y estas hojas. La tinta se está acabando. No sé cómo voy a hacer salir esta carta de aquí, ni siquiera estoy seguro de que estas palabras estén siendo escritas en castellano y no en aquella otra lengua, porque me he descubierto a media frase escribiendo signos que mi mano no recuerda haber aprendido, y los he tachado, y he vuelto al castellano por terquedad y por miedo. Quizá esté ya cambiando yo también, sin haber sido tocado, sólo por haber respirado durante un mes el aire de esta casa.
Si todavía soy Juan de Odriozola cuando termine esta carta, la esconderé en esta habitación. Tal vez algún día un hermano de fuera, un visitador, un secretario del Santo Oficio lea esto y entonces sabrán lo que pasó.
Si no soy yo todavía Juan de Aragón cuando termine esta carta, no importa lo que escriba a partir de la última línea cuerda, porque no será mío.
Encomiendo mi alma a Dios Nuestro Señor, a la Santísima Virgen de los Remedios, patrona de esta villa, y a la justicia del Tribunal de la Santa Fe. Pido perdón por mis pecados, en particular por el de no haber sabido reconocer al enemigo cuando entró por la puerta del convento vestido como un hermano más. Quizá ese fue mi mayor pecado por omisión: Ofrecerle por cortesía a un desconocido la mesa, el agua y el pan, sin preguntarle primero de qué orden viene, o de qué Dios.
La cerradura acaba de ceder. Oigo la voz del abad muy cerca, del otro lado de los muebles. Me llama Juan. Me llama hermano. Me dice que no tema, que sólo es un rasguño, que después todo será más fácil, que después comprenderé.
Que Dios se apiade de mí.
Fray Juan de Aragón, hermano lego.
Cholula, noche de la víspera de San Miguel Arcángel,
año de Nuestro Señor de mil setecientos cuarenta y tres.
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Nota del archivero
Tribunal del Santo Oficio, Ciudad de México, julio de 1798
La presente carta fue hallada durante la restauración del antiguo Convento de la Santa Cruz de Cholula, cuya fábrica se reformó tras el cierre de la casa por decreto episcopal del año 1744. El documento estaba dentro de un nicho oculto detrás de un crucifijo desmontado. No consta en los libros de la diócesis de Tlaxcala-Puebla ningún abad llamado Anselmo del Olmo, ni para el año de 1743 ni para ningún otro. Tampoco consta en los archivos de la villa la fundación, ni la consagración, ni la disolución del convento referido bajo el nombre de la Santa Cruz: el único convento documentado en Cholula para esas fechas fue el franciscano de San Gabriel, en perfecto orden de visitas y de actas.
Sin embargo, en el padrón de la villa correspondiente al año de 1744 figura una baja de doscientas noventa y siete personas, descritas en la rúbrica del cura como «trasladadas a otra feligresía sin dejar nueva dirección», y la nota al margen, de mano distinta y tinta más reciente, añade: «ninguna fue vuelta a ver».
Se ordena el traslado del documento al estante de causas suspendidas. No se comienza proceso por imposibilidad de identificar al autor principal, presunto fallecido o presunto inexistente.
Firma ilegible.





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