Otro Vulgar Cuento de Fantasmas



Si hay aquí algún fantasma, son los fantasmas domesticados de alguna marisma salada o gruta poco profunda; y yo necesito fantasmas humanos: los fantasmas de seres lo bastante organizados como para mirar al infierno y comprender el significado de lo que ven.

-H. P. Lovecraft, “El modelo de Pickman”



¿Podría este ser omnipotente realizar algo inmune a su posterior interferencia? Si no pudiese variar esa obra dejaría de ser omnipotente, pero también dejaría de serlo si pudiese.

-Mises




Te escribo sobre estas experiencias por medio de WhatsApp con la intención de que, cuando tengas tiempo libre, puedas ordenarlo y publicarlo en algún grupo de Facebook dedicado al tema. Puede que no pase de un par de likes, pero con suerte tendrá el suficiente eco para que todos los extraños acontecimientos que relataré no caigan en el olvido. Sí, soy consciente de que es difícil vencer en popularidad a los memes y otras memeces semejantes, pero nada se pierde con intentar. Para obtener mejores resultados, te recomiendo revisar grupos dedicados a lo paranormal o al horror, aunque se sabe que los que se dicen amantes del género, supuestos lectores, resultan ser los que menos leen, pero como te digo, hay que lanzar los dados. A lo que está entre los mejores y con más seguidores, es un grupo llamado Círculo Lovecraftiano & Horror, así, con el ampersand; no lo confundas con imitaciones insulsas que hay por ahí.


Procuraré ser breve, pero ya me conoces, el laconismo no se cuenta entre mis cualidades. Como todo el mundo está al tanto, hubo un desplome económico que mandó al desempleo a personas en todas partes. Tuve la mala suerte, de que las oficinas del restaurante para el que trabajaba cerraron luego de la quiebra del negocio principal. Los tiempos de la langosta y el pulgón, diría Churchill. Yo me desempeñaba por entonces como auxiliar contable y de un día para otro, junto con todos mis compañeros, abogados de lo laboral y gerentes por igual, sufrí la privación de mi modus vivendi. No me liquidaron al cien, pero sí con lo suficiente para sobrevivir al hiato impuesto por aquella tragedia de la que más vale no acordarse. Una vez que el dinero empezó a faltar, que para mi parcial satisfacción coincidió con el fin de la contingencia, tuve que vérmelas con el momento inevitable de buscar empleo. Así que envié mi información curricular a tantas empresas como pude durante varios días, usando los sitios habituales; Occmundial, Indeed y Bumerang. En una de esas ocasiones encontré un anuncio que al principio me movió a la risa, era de lo más excéntrico y supuse que se trataba de una broma de mal gusto, o quizá fuera algo acorde a lo tétrico de la situación en general, quién sabe. El mundo estaba de cabeza, todos lo sabemos, sufrimos una herida que tardará en sanar, lo que me llevó a creer la lejana posibilidad de que alguien, movido por la frustración del momento, había decidido gastar recursos en un proyecto que en tiempos corrientes sería considerado dilapidar una inversión. Preciso decir que lo vi en Indeed, que a mi parecer funciona mejor y es el que te recomiendo. El título rezaba la solicitud de un "Auxiliar Operativo para Cazar Fantasmas". Ignoro si el sitio opera con filtros o cómo no lo detectaron, tal vez la desatención de los servidores debido a la misma cuarentena, no lo sé, el caso es que los requisitos eran tan irracionales como el propio encabezado. Pedían a una persona, preferentemente con carrera terminada, que creyera en fantasmas y fenómenos afines, con auto propio y disponibilidad para viajar. Como sabes, disfruto de mi más que rancia soltería y vivo con mis padres, tengo un auto que aunque está a su nombre puedo usar como me plazca (porque ellos tienen su camioneta, ya que si no...), no sólo terminé la carrera de C. P. sino que obtuve mi cédula y, lo más importante, me aficionan la cultura del terror, los cuentos de Edgar Allan Poe, Bram Stoker y todas esas "ching... " como le llaman los profanos (esto lo puedes editar más tarde, no me gustaría que mi relato contuviese malas palabras).


Cuando vi el anuncio estaba en la incertidumbre de si tomármelo en serio o no, pero aun así decidí hacer algo más que sólo postularme. Resulta que en esa página cuando te apuntas para un puesto es factible adjuntar, además de tu CV, otro documento, función que creo debe servir para dar espacio a cartas de recomendación o de presentación. Así que me tomé la molestia, en parte en broma y en parte en serio, de redactar una de estas últimas, donde expresaba mi más absoluta convicción sobre todo lo que habita en el mundo invisible, los espectros, los milagros y los poderes sobrenaturales. Como también sabes, porque tenemos buen tiempo de conocernos, profeso el ateísmo, pero no iba a ser ni la primera ni la última persona en mentir para conseguir una contratación. Así que me serví de un cuento, si mal no recuerdo de Guy de Maupassant, para intercalar frases y elocuentes aseveraciones al respecto y preparar un escrito convincente, el cual subí, a la par de mis otros datos, y me olvidé de todo el asunto. Eso fue un lunes.


El miércoles de esa misma semana recibí un mensaje a través de Telegram, una app que uso con rara frecuencia, lo que llamó mi atención. Al principio creí que se trataba de una de esas notificaciones que manda la propia aplicación pero de inmediato advertí que provenía de un particular. Todavía lo guardo, así que procedo a copiar y pegar no sin antes suprimir cierta información porque no me gustaría que de hacerse esto conocido algún acosador diera con los lugares y las personas involucradas con a saber qué fines:


"Buenas tardes.


Soy el Lic. Gustavo N. le escribo porque recibí su postulación para la vacante de Auxiliar Operativo para Cazar Fantasmas. Me gustaría saber si pudiera presentarse el día de hoy a una entrevista a las *3:00 pm* en nuestras instalaciones ubicadas en: *Calle Miguel Hidalgo 22XX esquina con E., Colonia Obispado, en Monterrey*.


Quedo atento a sus comentarios.


Saludos cordiales".


Nadie en su sano juicio se presenta a entrevista el mismo día que le contactan. Te imaginarás mi reacción, yo había estado buscando una oportunidad por algo más que varios días, tenía urgencia de dinero, nadie me hablaba y la crisis se desparramaba por todo el panorama como el agua de un vaso volcado en una mesa pulida. La combinación de tales factores, aunada a mi curiosidad, me llevó a contestarle no obstante que no podría acudir ese mismo día porque se me interponía por la tarde un compromiso familiar, pero que contaba con completa disponibilidad al día siguiente. A los pocos minutos me respondieron, diciéndome que no había ningún problema, que acudiera el jueves a las diez de la mañana con mi currículo impreso y preguntara por el Lic. Gustavo N.


No tuve tantos problemas para dar con la ubicación como hubiera tenido para estacionarme de no ser por un área de terracería donde vi un auto alrededor del estrecho inmueble. Supuse que era el estacionamiento y me acomodé ahí. El lugar es céntrico, a unas calles de Venustiano Carranza (¿habías caído en la cuenta de que Venustiano es un nombre venéreo? La efigie de la diosa romana del amor contrasta bastante con la recia apariencia de un revolucionario barbudo). Y ya, no daré más especificaciones de la localización, sólo te diré que el domicilio se encuentra emplazado en el espacio que ocupaba una vieja morada donde una vez se cometió un horrible crimen. Resulta que, hace como unos quince años, ahí vivía sola una anciana a la que mataron para robarle un anillo, o eso se dedujo cuando un familiar que poco la frecuentaba dio lugar a la policía varios días después del suceso y encontraron el cuerpo con señas de que le habían amputado el anular no sé bien de cuál mano. Como es la regla y no la excepción aquí, nunca encontraron al culpable, si es que hubo alguno. Pero, el hecho es que ahí estaba esa casa e ignoro cuánto tiempo después del crimen la derribaron. Con toda probabilidad, los cambios los hizo algún heredero de la pobre anciana, juicio sucesorio mediante. Su propósito era algo que ahora me concernía, no obstante. Habían edificado unas compactas y humildes oficinas ocultas tras el follaje de unos encinos, álamos o tal vez berretas. A lo mejor el mayor tesoro de la anciana fuera además de la propiedad, el anillo, o incluso cabe imaginar que el anillo no valiera tanto como el asesino supuso. Nunca lo sabremos.


El caso es que, a estas alturas puedo afirmarlo, la elección del sitio no obedecía a la casualidad. Pero de eso aún no tenía ni indicios cuando llamé a la puerta y entré a una recepción bien iluminada. Tras la blanca puerta doble de madera había uno de esos escritorios altos con aspecto de trinchera que suelen tener detrás a una chica tan guapa como prepotente, aunque no había chica ni nadie más por ningún lado, y unas sillas de plástico recargadas a lo largo de la pared frontal. No me demoré en notar las cámaras de vigilancia, una a la izquierda sobre un marco amplio tras el recibidor y otra al fondo de ese marco sobre una sala con piso de granito de la que sobresalía una escalera. La primera estaba en lo alto y la segunda en un trípode al nivel del suelo. Pude darme cuenta de que habían aprovechado parte de la edificación original, como el piso de granito.


Sabían de mi llegada tanto por las cámaras como porque alguien, hasta el momento invisible, me había abierto, y en efecto, a los pocos minutos de que me sentara a esperar, con un folder sobre el regazo, apareció por el meridiano marco tras la recepción un hombre de unos sesenta años. Era moreno, llevaba la cara afeitada, traje sastre sin corbata, pelo engominado y todos los demás requisitos de rigor del look ejecutivo. No había omitido ninguno, ni los zapatos impecablemente lustrados ni las uñas bien recortadas. Su iluminada sonrisa fue un indicio para mí de que se trataba de alguien acostumbrado durante muchos años al trabajo subordinado de alto nivel, no portaba la expresión adusta y voluble típica de los empresarios regiomontanos, era, o había sido, más bien un gerente. Más tarde tendría la oportunidad de comprobar que no me equivocaba.


Se presentó como el Lic. Gustavo N. dándome un fuerte pero respetuoso apretón de mano. De inmediato me invitó a pasar y lo seguí, atravesando el pulcro suelo de granito hasta subir las escaleras. En el camino me hizo las clásicas preguntas de cortesía, que si no había tenido problemas para encontrar el lugar, o si había podido estacionarme, que si no hacía mucho calor afuera. A todo le respondí con la amabilidad complaciente del candidato que evalúa con gran exigencia el entorno de un posible trabajo futuro pero actúa como si hiciera lo contrario.


A partir del último escalón se hallaba instalada una alfombra en tono gris neutral, habitual en oficinas, que recubría el piso de un simple pasillo con paredes de tablaroca blanca, alguna papelera ocasional, una mesilla de aglomerado con ruedas para el café y nada más que dos puertas de cristal a cada lado. Entramos por la de la derecha, a su oficina. Los muebles eran del mismo estilo, un escritorio, una impresora en la pared del fondo, un archivero metálico, una laptop Dell y hasta el kitsch adorno de un recipiente de aluminio que contenía plumas.


Me preguntó si traía mi CV y se lo entregué. En todo momento fue muy amable y no dejó de darme las gracias o de decir expresiones como "excelente", "muy bien", "perfecto" y otras heterónimas cuando repasó mi experiencia laboral.


A decir verdad, la entrevista fue muy rápida, lo que tenía sentido dado que él se había dedicado a entrevistar a miles de personas a lo largo de su carrera, pero llegaremos a eso más adelante. En ese momento se detuvo en mi último salario, que había sido de ocho mil pesos al mes, y me aseveró que estaba dispuesto a pagar hasta doce mil a la persona que le ayudara con el proyecto que había emprendido. La sola perspectiva de ganar como algo adicional la mitad de lo que ya ganaba me habría bastado para mostrar auténtico interés, pero además me confirmó que el trabajo venía con todas las prestaciones de ley. Colocó en el escritorio una hoja en blanco y se puso a garabatear cifras y otras abstracciones al explicarme los pormenores de las funciones que iba a desempeñar. Todo esto lo hizo antes de presentarse.


<<Trabajé más de cuarenta años en recursos humanos, empecé cuando estaba todavía en la carrera, porque desde la prepa trabajaba y estudiaba a la par, era caddie, y le cargaba los palos a Don Francisco G., sí, el dueño de la televisora y de la empresa de televisión por cable, el señor, que en paz descanse, no el hijo que ahora es el presidente. Como era muy bueno, Don Francisco me dijo que cuando terminara de estudiar lo contactara para contratarme en una de sus empresas, y así lo hice. Me agarraron en Multic. como auxiliar de RRHH, mi jefe era Ernesto P., Neto, le decían, un señor gordo y bajito, siempre andaba con camisa tipo polo y desfajado, tú lo verías ahora y dirías que tiene mal aspecto, pero era muy inteligente el tipo, de él aprendí todo lo fundamental sobre este giro. Tiempo después, ahí estuve como unos cuatro años, me fui a Cem., un ambiente semejante pero más hostil, una empresa que se maneja mucho por influencias y es bastante elitista. De ahí me cambié al Hospital A., en San Pedro, de la familia Garza C., yo me encargaba de todas las contrataciones tanto de la clínica como de una cadena hotelera que tenían, ya como gerente, era muy pesado y viajaba mucho. Tenía que conseguir doctores para oncología, personal de enfermería bilingüe, porque viene mucho gringo a atenderse aquí, puros puestos de ese nivel. Empezaba mi día en Monterrey entrevistando a un cirujano y en la noche tenía que estar tomando un avión para ver a otro en Nueva York al día siguiente, y siempre al tanto de que mi gente local no descuidara las vacantes de los hoteles. Así estuve como quince años, no descansaba, fue cuando empezaron a salir los celulares, en ese momento hablabas todo el día por teléfono cuando no estabas atendiendo a alguien en persona, fue algo que llegó para quedarse. De ahí me fui a un holding, me insistieron para que me cambiara con ellos, un grupo de empresas de varias categorías, entre fábricas y oficinas, había una cadena hotelera también, pero más pequeña, elaboraban cartón de huevo y fibras para lavar trastes, tenían el despacho contable para enjuagar las ganancias, la logística de exportación y el outsourcing que no podía faltar, todo el personal lo contrataba este último. Trabajaba más de doce horas al día, a veces llegaba a mi casa a las once de la noche y todavía me estaban marcando. No tomé vacaciones en más de una década. Pero cinco años atrás, me decidí por un plan de retiro privado previendo que un día mi salud ya no rindiera tal grado de desgaste. Afortunadamente no bebo ni fumo, pero ser workaholic puede resultar un padecimiento igual o peor. Algún tiempo antes, pude comprar (ahorrando de mi sueldo y cuando me liberé de pagar mi segunda casa y dos de mis tres hijos se graduaron de la universidad) dos camiones de transporte de personal que rindieron buenas utilidades. Pues toda esa ganancia se la entregué, integra, a la financiera para el plan de retiro. Hace poco vendí las dos casas y me compré un departamento más austero, metiendo el excedente en el banco. Ahora con lo de la maldita cuarentena, en el holding me despidieron. Esto es así, mi esposa falleció el año pasado y todavía en el funeral, a la hora en que estábamos bajando el féretro, me llamaban para preguntarme por cuestiones del negocio, y de todas maneras no tuvieron reparo en recortarme. Les das sangre, sudor y lágrimas de tus mejores años, desvelos inagotables, te alejas de los tuyos y te impones un régimen de sacrificio, sin amigos y malcomiendo, y al final te van a tirar a la basura ante la primera señal de problemas. Uno acepta las condiciones cuando acepta el trabajo y desempeñas ambos papeles, el de verdugo y ejecutado, yo también he despedido a un tropel de personas. Así es esto. Pero de todas las cosas malas, o eso me gusta pensar, tiene que haber algo mínimamente bueno. Hice un acuerdo apelando a uno de los incisos del contrato con la financiera y, adelantando una suma considerable de la que me hice con un carro que vendí, conseguí jubilarme antes del plazo previsto con la mitad de lo que me hubiera llevado dentro de tres años. Antes te dije que tengo tres hijos, pero que sólo dos de ellos pudieron graduarse de la universidad. El tercero fue una niña, una que... -vio hacia un punto vacío en la pared, vacilante, pero en el acto recobró la compostura- un día simplemente desapareció. Cuando todavía trabajaba en Cem., hace veinte años, parte de las prestaciones era que podíamos acudir al deportivo del grupo. Una de las poquísimas tardes que entonces podía dedicarle a mi familia, los llevé a las albercas, fue un verano y hacía mucho calor, un día estupendo. Los niños nadaban y convivían sin problemas, cuando la más chica nos dijo que iba a ir al baño. Tenía seis años. Le pedí a su hermana, de ocho años, que la acompañara, ya habían ido solas muchas veces, era un ambiente familiar, tenían un buen equipo de seguridad y un sistema de registro de todos los que entraban y salían del complejo. La niña más grande se aproximó hasta donde estábamos porque quería calzarse las sandalias para ir tras su hermana, que se adelantó. Entre la alberca infantil y los baños había una valla de mampostería de no más de medio metro de altura. Mi esposa y yo permanecíamos recostados en las sillas de playa de esas horizontales, cuando nuestra niña la más pequeña se dirigió en línea recta saltando la valla, o eso supusimos tras recrear los hechos cientos de veces y sólo después lo pudimos constatar con las cámaras de vigilancia, porque la verdad es que la perdimos de vista sólo por unos segundos para ponerle atención a su hermana mayor antes de que se fuera tras ella. Desde nuestra posición, hubiéramos visto si, tras brincar la barda, nuestra hija menor hubiera seguido corriendo hasta los baños, o caminando, pero nunca lo percibimos. Su hermana hizo el trayecto rodeando el muro y luego levantó los brazos desde las puertas del baño de mujeres, como preguntándonos dónde estaba su hermana menor. Mi hijo, el de en medio por edad, seguía en la alberca, hasta ese momento ajeno a todo. Yo le hice señas a mi hija mayor para decirle que su hermana estaba del otro lado del muro pero ella me respondió moviendo la cabeza para aclarar que no era así. Le grité entonces que la buscara en los baños y ella asintió con fastidio, y se dirigió adentrándose en los sanitarios. Unos minutos después salió por donde había entrado, la única puerta que había, de los baños de mujeres, de nuevo levantando los brazos y señalado al interior, dándonos a entender que su hermana definitivamente no estaba ahí. Por lo regular los niños son descuidados e irresponsables y ante algo así llegas a suponer que se trata de otro de sus malentendidos, la mente no espera lo peor, pero actúa rápido, y como estábamos hablando del baño de mujeres volteé a ver a mi esposa y le pedí que se cerciorase de lo que decía nuestra hija mayor. Ambos pensamos lo mismo, que nuestra hija menor estaba en alguno de los cubículos de los baños pero la más grande no la había buscado con calma. Yo seguí reclinado, en parte disfrutando del sol y viendo todo a la distancia hasta que mi esposa salió para confirmar que no estaba, sus manos alzadas se movían con más vehemencia. Ahí sentí el primer aguijonazo en el pecho, la primera premonición de que algo no iba bien. Me paré y fui hasta el baño de mujeres, mi esposa me dijo que el lugar estaba vacío y que mi hija no estaba en ninguno de los retretes, la encomié a volver a buscar, debajo de los lavabos o en cualquier parte, y yo me fui al de los hombres imaginando que mi hija pudo haberse confundido. Ahí encontré a unos sujetos con sus niños y les pregunté si no habían visto a una niña pequeña, todos lo negaron. Esperé hasta que alternadamente los espacios individuales se fueron vaciando y confirmé con mis propios ojos que en ninguno estuviera mi hija. Es casi una tradición decir toda suerte de epítetos desafortunados sobre los regiomontanos en el resto del país, yo conozco casi por completo el territorio nacional y he escuchado de todo, pero quienes somos de aquí sabemos que es mentira lo que afirman sobre nuestra legendaria tacañería y que si tenemos una cualidad es la solidaridad ante siniestros que relacionan a la familia, en especial a los niños. En poco rato una docena de padres que notaron mi evidente preocupación, se sumaron para ayudarnos a buscarla. Indagamos en todas las albercas, incluidas las de los adultos, detrás de los baños y del área de regaderas, en el perímetro del terreno, cerca de la valla por si había alguna depresión en el zacate que no se detectara a simple vista y ella estuviera atrapada. Dimos parte a los empleados del deportivo y se sumaron a la búsqueda. Revisamos varias veces las zonas agrestes del complejo y dentro de las palapas donde estaban los asadores, la llamábamos a gritos y se hizo inspección de los vehículos que ya empezaban a abandonar el lugar cuando cayó la tarde. La noche llegó y el gerente del deportivo llamó a la policía. La expresión de pena de casi todos los padres que tuvieron que retirarse hacia la confortable compañía de sus propias familias, a sus hogares, y que habían estado con nosotros buscando hasta que se puso el sol, despidiéndose uno a uno, es algo que no se olvida. Sólo hubo un hombre que se quedó, uno que de hecho ni siquiera era padre, sino un soltero con apariencia de parrandero que supongo que había vivido muy despreocupado toda su vida, que no se decidió a abrir una cerveza hasta la madrugada, cuando ya estaba, junto con el resto de nosotros, exhausto de buscar. Todos, excepto mi esposa que se había quedado en la camioneta con mis otros hijos sin apartarse ni un minuto de ellos, recorrimos cíclicamente el sitio portando linternas con la inútil esperanza de encontrar algo que hubiéramos pasado por alto a plena luz del día. Nada. Amaneció y el lugar tuvo que permanecer cerrado para no entorpecer las pesquisas. Un oficial me decía que a esas alturas no era conveniente mediatizar todavía el asunto, pero yo estaba más allá de la desesperación y mi esposa no había dejado de llorar toda la noche, como tampoco mis otros hijos. No le obedecí, llamé a mis amigos de la televisora y no tardaron en llegar, los encargados del deportivo no tuvieron más remedio que ser entrevistados y yo salí en directo declarando sobre los hechos para ejercer presión. La angustia era un infierno, uno que vives en soledad pero que se intensifica cuando ves que también hace sufrir a los que quieres. Para esas horas habíamos revisado las cámaras de vigilancia. Descubrí que no las observaba alguien en tiempo real sino que almacenaban las grabaciones durante una semana o así, y si era necesario, alguien iba, las extraía y las veía. El técnico había llegado por la mañana, advertido sobre lo que había pasado. En una de las cintas, las VHS de entonces, la grabación mostraba una vista desde atrás de donde habíamos estado mi esposa y yo tomando el sol. Pudimos ver de nuevo cómo nuestra hija nos decía que iba a ir al baño, y no pude evitar que se me salieran las lágrimas ante la imagen, y después, cómo se brincaba la valla para nunca salir del otro lado. La lente desde esa posición en específico no captaba nada más allá de una cierta distancia a la derecha del ángulo, donde la valla rodeaba la alberca infantil, pero sí a la izquierda, donde la misma terminaba al final de la piscina, que fue por donde nuestra hija mayor la rodeó. Si nuestra hija menor hubiera salido por algún sitio tendría que haberse ido en cuclillas hacia la derecha. Pero no apareció en ninguna otra grabación posterior al momento de que cruzara el parapeto, y todas fueron revisadas, lo sé porque yo ayudé hasta la saciedad. No tenía sentido. Por la tarde trajeron a un perro policía, nos dijeron que lo habían pedido de McAllen porque en ese entonces en Monterrey no tenían nada parecido. Para bien o para mal, éramos una ciudad más semejante a un pueblo con cierta sofisticación, no estábamos acostumbrados a crímenes tan horrendos ni tan frecuentes como en la actualidad. Le dimos a olfatear una blusa que sólo usaba la menor porque a la mayor no le gustaba, una que tenía un estampado de los Ositos Cariñositos, y el perro se apresuró en señalarnos la valla, la maldita valla, y no se movió de ahí. Conseguimos unas palas, pensando que tal vez ella con su peso se había hundido de algún modo en la tierra, arenas movedizas o algo, para escarbar a ambos lados, incluso donde hacía un recodo alrededor de la alberca, pero no encontramos más que tierra; no, bueno, también encontramos gusanos. Por fin, le pedí a mi esposa que se fuera a la casa, sabíamos que no era justo que mis otros hijos siguieran durmiendo en el vehículo y ella se resistió, tuve que suplicarle, pero también estaba fatigada y a esas horas había arribado una de mis cuñadas que me ayudó a convencerla, así que terminó cediendo. Unas dos horas más tarde el soltero que me había estado ayudando en todo momento sin detenerse, incluso en las excavaciones, también se fue. El tipo lucía ojeroso y tenía la ropa llena de tierra, me entregó su tarjeta y me dijo que estaría al tanto, que lo contactara si necesitaba algo, pero nunca lo hice, o más bien, nunca se le pudo contactar cuando más tarde se le requirió para ser interrogado como sospechoso. En ese instante yo no tenía en mente nada que no fuera seguir buscando, pero la ironía fue que nunca se nos ocurrió que él pudiera estar involucrado. Teníamos sus placas, que eran de Tamaulipas, porque habían quedado registradas por las cámaras de seguridad, y sin embargo, el vehículo pertenecía a una persona que para entonces llevaba diez años muerta, una mujer, y pudieron ser localizadas hasta seis años después, las placas, porque del vehículo jamás volvió a saberse, una Ram Charger modelo noventa o noventa y dos, color gris. Las placas sí que aparecieron colgadas en un Tsuru del noventa y cuatro que se hizo pedazos en un accidente de carretera, le pasó un tráiler por encima cuando era manejado por un ocupante masculino que jamás se pudo identificar no sólo porque nadie reclamó los restos sino porque quedó irreconocible. Pero eso fue después. En ese momento recuerdo que no dormí en cuatro días, los guardias de la entrada jurarían meses después que habían revisado con sumo cuidado la camioneta del tipo cuando partió, y que era imposible que llevara a la niña en ella. Nunca creí su versión. En fin, para cuando yo estaba al borde del colapso físico y mental la policía ya había revisado cada milímetro de los terrenos aledaños en ese kilómetro de la Carretera Nacional, incluso los de enfrente previendo que la niña pudo haberse cruzado. Cuatros días, que como ya dije, pasé en vela, y la policía, los empleados del deportivo, los medios de comunicación, que iban a hablar del tema durante unos dos meses más, y yo, estábamos todos rendidos. Nunca tuvimos ni el menor indicio de a dónde pudo ir mi niña. En ese ínter pensamos en el soltero, pero supusimos que podía haber tenido algún cómplice porque las cámaras de vigilancia exhibían que había llegado solo y se había ido solo, que había estado solo todo el tiempo que permaneció en el lugar hasta que se acercó a hablar con nosotros para ayudar en la búsqueda. La policía le marcó, fue como el tercer día, y la línea repicaba pero nadie contestaba. Si él había sido el perpetrador, lo había planeado condenadamente bien. Tampoco era muy lógico, ¿por qué si había actuado con ayuda de alguien se había quedado a ayudar? ¿Con qué propósito? ¿Distracción? Suena disparatado, y suena así porque lo es. Era un callejón sin salida, uno del que mi familia y yo jamás pudimos escapar. El deportivo volvió a abrir una semana después y las autoridades archivaron el caso a los tres meses. Si pude dar con las placas del soltero, que fue lo único adicional que conseguí, fue porque contraté a varios investigadores privados a lo largo de los veinte años que siguieron. Todos, que cobraron cuotas muy elevadas, investigaron in situ en temporada baja, que es cuando esos establecimientos suelen cerrar, aunque no pudieron verificar nada en copias de las cintas de video porque la policía las había extraviado de los archivos de evidencia, conservando sólo el expediente, y en el deportivo las regrababan después de cierto tiempo. Una tragedia nunca llega sola. Nadie sabe lo que se siente tener que volver a tu casa y dormir la primera noche, para a tan solo unos días después regresar a trabajar porque tu familia necesita seguir sobreviviendo. Tener que volver a rasurarte, ponerte la corbata y mirarte frente al espejo, para luego ir a la oficina y sonreírle a todos como si no pasara nada. En los días de la conmoción mis jefes me habían dado un mes con goce de sueldo pero yo sabía que si no me movía iban a prescindir de mí, no podía quedarme sin hacer nada. A mi esposa tuvieron que internarla, le sobrevino una complicación cardíaca que vino arrastrando hasta que finalmente la mató, fue de lo que murió el año pasado, y a mí me recomendaron hacer terapia, y fui una vez, sólo toleré una sesión porque querían medicarme y yo no estaba de acuerdo, sentí como si tuviera la obligación moral de mantenerme alerta, no sé si me explico, por si había pasado algo por alto y porque mi esposa estaba en el hospital y tenía que encargarme de mis otros dos hijos, no me pareció correcto evadirme de la realidad. Y aún así lo hice, porque mi adicción fue el trabajo, fue lo único con lo que me permití distraerme para no sentir el dolor de saber que mi niña podría estar todavía ahí, en algún lugar, afuera, aún con vida, y yo estaba permanentemente impotente para ayudarla. El rastro se enfrió pero yo todavía lo siento, hirviendo en mi sangre como en el primer momento en que fui al baño de los hombres a preguntar si alguien más la había visto, aunque lo haya encapsulado por veinte años en lo más profundo de mi mente, por tener que hacer este trabajo tan ingrato ante un panorama de esa naturaleza, porque trabajo con gente, todos los días tengo que atenderlos con amabilidad, transigir con ellos, escucharlos quejarse de sus problemas, tan insignificantes en comparación para mí, y ser comprensivo, o fingir que lo soy, sin permitirme un minuto para respirar. Pero me ha servido, siento que me ha servido, por eso he trabajado incansablemente hasta hace tan poco, cuando me despidieron. Recuerdo que ese día, cuando se fue mi esposa, tras pedirle que llevara a nuestros hijos a dormir en sus camas, y que se quedara con ellos, para que ella hiciera un esfuerzo también por descansar, subí a la cajuela la hielera y otros enseres, preocupado por terminar rápido para seguir buscando, y vi que aún estaba en los asientos de atrás, guardado e intacto, mi pastel de cumpleaños. Porque, el día que mi hija menor desapareció, yo estaba celebrando mi cumpleaños. Desde entonces jamás lo celebro, es el único indicio de mi vida secreta que me he permitido externar en los siguientes empleos que tuve después de salir de Cem. Es la única condición que le he solicitado a mis exigentes jefes sin dar más explicaciones. No pastel, no cantarme las mañanitas, nada. He procurado que nadie sepa ni lo más mínimo del asunto, jamás me he abierto con ningún compañero o subalterno, quienes lo vivieron, la mayoría no me conoce o lo han olvidado. Es increíble la velocidad con la que la gente olvida la desgracias que salen por televisión, porque siempre hay nuevas, y más ahora que ocurren casi todos los días, es monstruoso, pero es así>>.


Después se quedó en silencio, viendo la hoja en la que había hecho garabatos con escuetos diagramas sobre lo que me había narrado, la valla del deportivo y la ubicación de la alberca, una línea de tiempo en la que avanzó y regresó varias veces, cosas por el estilo. Sus manos transpiraron sobre el escritorio y por fin arrugó la hoja y la tiró en la papelera.


<<Bien. Pero no estamos aquí para ponernos tristes -volvió a sonreír con la amabilidad que le había servido como una máscara para convivir durante tanto tiempo-. Te preguntaras qué tiene que ver esto con el asunto del trabajo. ¿Sabes cuántas personas me enviaron su información para postularse? Un montón sería decir poco. Claro, la cuarentena, el desempleo, todo eso… pero aun así, las personas tienen por costumbre, mala costumbre diría yo, postularse en empleos de los que no saben nada. No los culpo, para ellos no requiere ningún esfuerzo, les basta con dar un clic. Pero de todos, solamente tú añadiste una carta de presentación para explicar tus conocimientos sobre el más allá y la vida después de la muerte. Por eso me interesa que trabajes conmigo. Además de mí hay otras dos personas, ya las conocerás. Sé que todo esto te parece muy extraño, pero trata de verlo desde mi perspectiva. Después de todo lo que te he contado, solamente otro acontecimiento devastador, algo como lo que acabamos de vivir a nivel global hace tan poco, algo que pudiera enseñarnos a todos el verdadero valor de las cosas, podía motivarme lo suficiente para dejar mi vacío estilo de vida, para arrancarme del letargo o como te parezca mejor decirlo, y hacer que me dedicase a algo por completo diferente, algo descabellado sin importar lo que fueran a decir de mí. Además, ¿quién me va a juzgar? Mis hijos ya son mayores e independientes, no frecuento a ningún círculo de amigos y soy mi propio jefe. Cualquier actividad de retiro, jugar al golf o hacer turismo, me mataría; lo que me ha mantenido vivo todos estos años es ser como el caballo que va detrás de la zanahoria que nunca podrá alcanzar. Tenía que proponerme una tarea insólita, monumental y, probablemente, superior a mis fuerzas. Tengo que atrapar a un fantasma. Es lo único equivalente a saber qué ocurrió con mi hija menor, es lo único que podría permitirme saber, con exactitud, qué fue lo que sucedió aquel día tras la valla que rodeaba la alberca de los niños. Quiero que empieces mañana, te pagaré en cuanto concluya la quincena los días que hayas trabajado y te daré de alta hoy mismo a la seguridad social. ¿Qué dices?>>.


Yo tenía una infinidad de preguntas pero la intriga me conmovía. ¿Aquel hombre se había vuelto loco? ¿Había sucumbido por fin la endeble estabilidad de su psique a los fantasmas de su infortunado pasado, llevándolo a buscar fantasmas tan inexistentes como legendarios, para reemplazar la frustración suprema ante el fracaso de la búsqueda más relevante de su vida? ¿Era posible que la gran desgracia que había sido el hito de su existencia, tras la cual se posesionó de él una hibernación de los sentidos, un letargo, como él lo había denominado, de veinte años, hubiese reencarnado luego de otro evento traumático como fue la terrible cuarentena que padeció el mundo, manifestándose con la forma de una empresa tan delirante? ¿O estaba justificado su propósito por insólito que fuera, luego de haber estado, como millones de personas, bajo la amenaza de una muerte cruel? Alega síndrome de la enfermera, curiosidad científica, necesidad... La causa de que tenga una historia que contar es, que acepté el empleo.


Al día siguiente estuve en punto de las nueve. Me había ofrecido un horario con flexibilidad, razón de más para ser diligente y tomarle la palabra cuando tuviera razones de peso. Las viejas costumbres no se desarraigan y pronto me percataría de que él conservaba su hábito de gerente de llegar en extremo temprano, siempre estaba en la oficina antes que los demás. No tardó en presentarme a los otros dos. Uno era un joven, en sus treintas, de nombre Raúl, aspirante a YouTuber dedicado a temas de misterio, apariciones extrañas y parafernalia relacionada, recababa casuística y si los últimos casos contaban, como era lo más usual gracias a los smartphones hoy ubicuos, con evidencia fílmica, los estudiaba y catalogaba bajo el criterio de un presunto sello de autenticidad o simples falsificaciones. La otra era una bruja o médium que se llamaba Amatista, de unos setenta años, que no se veía ni rica ni rara, no portaba jamás atavíos extravagantes ni tenía el aspecto de ser alguien culta o siquiera mística, hasta donde llegué a entrever, vivía de una pensión y de los trabajos de magia que le solicitaban infrecuentes clientes, no magia teatral ni mucho menos auténtica tipo Harry Potter, por supuesto, sino superstición shamánica, autóctona o sincrética, de la que hacen aquellos individuos que brindan sus servicios en muchos mercados representativos de México, que emplean velas, ídolos y toda suerte de amuletos. Ambos estaban en la nómina, igual que yo.


Había una cuarta persona que colaboraba con nosotros de modo indirecto, o que lo había hecho en una etapa muy temprana, quizá sin proponérselo. Era quien le había llenado a Gustavo la cabeza con vericuetos de literatura de horror de muy diversos autores. Gustavo no leía, la práctica le había sido vedada por consagrar sus afanes a lo laboral. Pero esta otra persona, un tal Phoenix Sandiego, dudo que sea su nombre, le había hablado de la inexplicable desaparición de Ambrosio Bierce en nuestro país, así como sus cuentos que relataban otras desapariciones enigmáticas, y de otros escritores de los cuales ni siquiera yo había leído. Entre los que sí, estaban los célebres Lovecraft, Clive Barker o Alejandro Dumas, otros para el público un tanto especializado como Le Fanu, Gogol o Machen, y hasta un mexicano contemporáneo de apellido Abbadie, este último, autor de un cuento fantástico que aborda el ignoto desenlace de Bierce, sobre el que Gustavo hizo una concienzuda disertación. Según había Gustavo charlado con Sandiego, los casos recogidos por Bierce echaban mano de una teoría sobre vacíos en el éter luminífero para sostener una explicación a desapariciones de personas que más bien se asemejaban a desvanecimientos materiales en lugares muy dispares, pero como bien apuntó Gustavo, la existencia de dicho éter había sido irrefutablemente desacreditada por Einstein.