Pesadilla Colectiva

LA PLAGA


Después de varias horas sentado, su espalda se encontraba entumecida. Apoyar los antebrazos sobre la mesa aminoraba un poco el malestar, aunque las heridas en los brazos, que asemejaban quemaduras por fricción de cuerdas, no le permitían mantener esa posición por largo rato. La puerta se abrió de golpe y un militar entró mirándolo con recelo, hizo un gesto hacia el pasillo y tres hombres ingresaron a la estancia. El militar sostuvo la puerta y cuando hubieron pasado la cerró tras de sí colocándose en posición de descanso cerca de la entrada mirando hacia la nada. Los tres hombres se sentaron frente a Henry. Uno de ellos llevaba un uniforme de la marina armada, los otros portaban batas de laboratorio. El marino habló:


-Soy el capitán Humberto Lobo- dijo al tiempo que colocaba un dispositivo de grabación de voz sobre la mesa, Henry observó la lucecita roja titilante indicando que estaba grabando –Necesitamos que nos explique de nueva cuenta lo que sucedió en su barco.

Henry se talló los ojos con desgana, había contado su versión de los hechos una docena de veces desde que lo rescataron en medio del mar, miró directo a los ojos del capitán, que a la luz de la potente lámpara de techo destellaban un tono verde maligno, casi como si brillaran.


-Ya se los he contado un montón de veces-. Dijo Henry elevando la voz y golpeando con desesperación la mesa, el capitán Lobo le arrojó una mirada cetrina y con calma le dijo:


-¡No vuelva a hablarme en ese tono! Comprendo que usted está cansado y pronto lo dejaremos reposar, ahora cuénteme todo señor Vicente-. Henry se enderezó en su silla y dijo con voz calma:


-Puede llamarme Henry.


-Prefiero llamarlo señor Vicente. ¿Qué era exactamente lo que hacía en el mar sin compañía alguna?


-Bueno ya sabe, soy algo así como Ishmael, no me sentía bien en el mundo, necesitaba escapar, estar solo y bueno… creo que el mar es el mejor lugar para estar solo.


El capitán lo miró confundido -¿Quién es Ishmael?


-Usted sabe… Melville… Moby Dick… Vaya, ¡no puedo creerlo, un capitán que no conoce a Moby Dick!- Dijo soltando una risita burlona, la cual extinguió al ver que a los hombres frente a él no les causaba ninguna gracia.


Henry Vicente estaba harto de su vida en la ciudad, odiaba su trabajo y para colmo su esposa lo había abandonado. Así que vendió sus pertenencias, reunió todo el dinero que pudo y partió hacia Puerto Ayora pensando que ahí podría convertirse en un anacoreta rodeado de las sublimes playas de las Galápagos. Pero al poco tiempo se dio cuenta de que todo el lugar estaba invadido de turistas que contaminaban el ecosistema, lo cual le causó un gran pesar pues comenzó a darse cuenta de que la raza humana era una enfermedad.


Una tarde recordó las palabras de Ishmael: “Entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustituto de la pistola y la bala”. Se dirigió al muelle Darwin y negoció con uno de los pescadores la compra de un barco. La nave no era gran cosa, el precio era elevado para el tamaño, pero a Henry le pareció adecuada, a final de cuentas, solo necesitaba espacio para una persona. Así que fue a la biblioteca, compró textos referentes a la navegación y se hizo a la mar. “Lo peor que me puede pasar es morir en medio del océano” pensó con una sonrisa en los labios.


Habló largo rato de su travesía con los interrogadores, el capitán Lobo estaba impasible, pero el científico más joven se notaba exasperado. Interrumpió a Henry en medio de su relato:


-Señor Vicente, ¿puede saltar al día en que se encontró con el ente?


El capitán Lobo miró a su compañero con molestia, habían acordado que solo el oficial haría las preguntas, pero Uriel Gallegos, el joven científico estaba ansioso por examinar al ejemplar. Henry lo miró y continuó.


-Como ya le dije, seis semanas en alta mar y todo era perfecto, sentía que por fin estaba alcanzando lo que tanto buscaba, alejarme de la sociedad. Era viernes creo, pues no llevaba calendario, solo el radio de la cabina que habría arrojado por la borda de no ser porque necesitaba una llave especial para desatornillarlo.




Henry les contó como de pronto observó que algo flotaba a corta distancia, así que comenzó a acercarse lentamente hacia el objeto. Primero creyó que se trataba de sargazo pero al aproximarse y apagar el motor notó que tenía la forma de un ser humano, solo que su piel era color gris translucido y era enorme tan largo como un poste de luz. En el momento en el que el barco estaba a un lado del ser, se dio cuenta de que aunque tenía cuatro extremidades principales, estas se dividían en cientos de largos filamentos como los brazos de las medusas, que flotaban al ritmo de las olas. Henry tomó un bichero de pesca y picó a la cosa en uno de los brazos, lo que ocasionó que un líquido espumoso manara de la herida, el plasma al mezclarse con el aire, comenzó a burbujear y un vapor verdoso flotó en el aire, el cual iba directamente hacia la cara de Henry. El olor le causó una arcada y tuvo que vomitar por la borda del otro lado del barco. Ató un pañuelo alrededor de su cara cubriéndose del fétido humor, y tomó el bichero de nuevo. Iba a tocar al animal otra vez cuando se percató de que la punta de acero de la herramienta se estaba derritiendo como cera al sol. Henry soltó un quejido y la arrojó hacia el mar, después se dio media vuelta y se dirigió a la cabina pensando en encender el motor y alejarse de ahí lo más pronto posible. Trató de encender el motor pero como ocurría con frecuencia, estaba ahogado. Giró la llave varias veces y solo se escuchó el estertor de la marcha. Sabía que tendría que ir hasta popa y desconectar la manguera del combustible para drenar el exceso, salió de la cabina y casi cayó de espaldas al ver la horrible forma que estaba tratando de subir por estribor. El ser se arrastraba torpe por la borda, había subido dos de sus brazos y los filamentos gruesos como dedos transparentes serpenteaban por la cubierta enredándose en los objetos que tocaban.


-En ese momento el maldito me notó, juro que me miró directamente, si es que se le puede llamar mirada a esa bestialidad.


Henry describió lo que equivaldría a la cabeza del ser como el rostro plano de un pez diablo o mantarraya, con una enorme boca plana y dos pares de ojos a cada lado. El “rostro” del ser no tenía cuello o barbilla, pero si un enorme pecho donde se marcaban unas costillas que se inflaban como si respirara con dificultad.


-Me estuvo observando, sus ojos parpadeaban desacompasados, con párpados transparentes. Me miraba sin moverse, y yo tampoco me movía porque estaba petrificado. Miré a mi derecha y localicé la pistola de bengalas, estaba estirando la mano con lentitud hacia ella cuando el monstruo comenzó a mover sus… apéndices también hacia mí.


El sentido de supervivencia brotó en Henry, su idea de estar solo, no incluía ser devorado por un animal, así que impulsándose hacia atrás en una patética cabriola se alejó de los miembros delgados que se acercaban a él. Cogió la pistola y disparó la bengala desde adentro de la cabina lo cual provocó un resplandor que lo cegó por un instante. Cuando el humo comenzó a disiparse, vio que había alcanzado su objetivo exactamente en un lado de la cara del ser, el cual empezó a retorcerse y sacudir el barco con sus movimientos. Henry tomó su segunda bengala y trató de cargarla en la recámara de la pistola pero las sacudidas del bote hicieron que el cartucho cayera y rodara por el suelo. Trató de asirse a la mesa y notó con horror que la cosa había subido por completo a la embarcación y con sus largos dedos trataba de arrancarse la bengala que se estaba extinguiendo. Henry camino tambaleante hacia donde yacía el cartucho y lo tomó, pero cuando estaba a punto de introducirlo la bestia lanzó sus largos tentáculos hacia él, los cuales lo golpearon y se enredaron en sus brazos como si fueran cientos de látigos. La gruesa chamarra de piel que llevaba, poco hizo para aminorar el dolor pues los apéndices, comenzaron a constreñir sus extremidades con tanta fuerza que Henry lanzó un grito.


-Creí que me iba a romper los huesos, pero la bengala había dañado mucho a la bestia. De pronto sentí que su asir aflojaba y vi como había caído sobre la cubierta, aplastada, como si fuera gelatina. Con el poco espacio que me dio para moverme, coloqué el cartucho y disparé de nuevo dándole de lleno en el lomo, unos segundos después me soltó del todo aunque los tentáculos seguían moviéndose espasmódicos.


Les explicó que empujó los apéndices del monstruo marino fuera de la cabina, estaba muy adolorido por lo cual esto le costó un gran esfuerzo, sopesó la idea de arrojar al monstruo al mar, pero era tan grande y pesado que no lo hubiera logrado en ese estado, además no quería acercarse a la bestia.


-Cerré la puerta y pedí ayuda por radio, después me desplomé y no desperté hasta que escuché el sonido del silbato del barco de la guardia costera que me rescató.


Los tres hombres salieron por la puerta, en el frío pasillo el doctor Gallegos le pidió permiso al capitán Lobo para comenzar a analizar el espécimen capturado.


-Capitán, necesito tomar unas muestras de sangre del señor Vicente.


-El señor Vicente murió en alta mar.


-Pero… ¿Qué pasará si el gobierno de su país inicia una pesquisa?


-Entró en aguas Mexicanas sin permiso, y no se preocupe, lo que ese hombre buscaba era alejarse del mundo, será reubicado en una isla del archipiélago de las Marías, ahí tendrá la soledad que busca.


Cristian Núñez había perdido la esperanza de vivir, la cirrosis había carcomido su hígado y la única esperanza era un trasplante, pero el servicio de salud de Argentina estaba escaso de órganos. Por eso la noticia de su médico lo dejó sin habla.


-Hay un laboratorio experimentando con órganos bioartificiales en la capital de México, pero tengo que advertirte, esa tecnología médica está en experimentación y no se ha comprobado…


-¿Qué hay que comprobar doctor? Usted mismo me ha dicho que me queda poco tiempo.


-Cristian, como tu médico no te puedo recomendar que te sometas a esa operación, como tu amigo…


El doctor le dijo que si aceptaba, el laboratorio pagaría todos los gastos de traslado y hospitalización, a cambio de someterse a exámenes constantes para ver el progreso de su salud. Al doctor le parecía que los mexicanos buscaban conejillos de indias, pero era la única oportunidad que Cristian tenía de vivir.


Dos días después Cristian aterrizaba en la Ciudad de México, bajar la escalera del avión le costó trabajo pues le dolía el abdomen, pero las medicinas para el mareo habían surtido efecto. Había viajado solo pues desde que la enfermedad se había complicado, sus amigos y su familia se fueron alejando. En la rampa lo esperaba un doctor y una enfermera que lo recibieron con sendas sonrisas. El solo hizo una mueca. Lo condujeron a un pequeño carro de golf, que los llevó a una parte alejada del aeropuerto, donde un helicóptero militar aguardaba su llegada. A Cristian le pareció extraño y cuestionó al médico, pues le habían indicado que su operación sería realizada en un hospital de la UNAM. El médico le indicó que era un procedimiento delicado y que aunque sus cirujanos eran maestros de la Máxima Casa de Estudios, el mejor lugar para el procedimiento era el Hospital Central Militar. El helicóptero despegó y Cristian se maravilló con la bastedad de la ciudad, pero pronto todo se tornó borroso y no recordó nada hasta que horas después despertó en una camilla conectado a varios aparatos que hacían ruidos molestos. Se sentía bien, descansado como no se había sentido en meses y el dolor se había ido, aunque lo más probable era que por efecto de las drogas.


La puerta se abrió y un médico joven entró.


-Soy el doctor Gallegos, siento no haberme presentado antes, pero llegué cuando usted ya se encontraba bajo anestesia. Yo traje el hígado que le fue trasplantado. ¿Cómo se siente?


-En verdad me siento bien. Dijo Cristian sonriendo, no había sonreído en mucho tiempo.


-El procedimiento transcurrió sin complicaciones y el pronóstico es muy favorable. Esperamos darlo de alta en menos de una semana.


-¿Tan pronto?


-Bueno, lo daremos de alta del hospital, pero será trasladado a una clínica de rehabilitación donde tendrá todos los cuidados que requiera, y… lo estaremos monitoreando por el tiempo que sea necesario para asegurarnos de que todo estará bien.


Cristian pensó que el doctor era un mesero trayendo la cuenta en un restaurante caro. Pero era un pequeño precio a pagar por una segunda oportunidad de vivir.


-¿Cuánto será ese tiempo necesario doctor Gallegos?


El galeno sonrió, se quitó las gafas y las guardó en la bolsa de su bata. Miró a Cristian a los ojos y le dijo.


-Señor Nuñez, el mundo ahora requiere de usted más de lo que usted requirió de nosotros. Tenga paciencia y pronto estará de vuelta en Buenos Aires sabiendo que su aporte a la medicina del futuro es mayor al que cualquier médico haya logrado.


Dicho esto salió por la puerta sin despedirse.


Seis meses después un hombre recorrió los pasillos del departamento de ciencias de la UNAM. Llegó a un escritorio de información y la secretaria preguntó si le podía ayudar. Era un tipo alto, robusto con un traje a medida y gafas de sol. Sin responderle se metió la mano a la bolsa del saco y extrajo una identificación que puso a la altura de los ojos de la mujer. Ella tragó saliva, se puso de pie y le dijo que la siguiera. Cruzaron un largo pasillo que indicaba que estaban entrando al área de Ciencia Genómicas de la universidad. Llegaron a una puerta con sistema de seguridad por tarjeta. La mujer pasó su gafete por el lector y una luz verde se encendió. Ella iba a entrar primero pero el hombre la detuvo con una mano.


-Gracias, puedo continuar solo. Le dijo y le quitó el gafete que ella seguía sosteniendo. Después cerró la puerta y comenzó a bajar por una profunda escalera de caracol alumbrada por focos de seguridad rojos.


Cuarenta metros más abajo, la doctora Evangeline, trataba de controlar al espécimen B-35 que se había subido en una repisa. B-35 o Talbot como ella lo llamaba había pillado uno de sus frecuentes estallidos de energía y en la última hora había destruido el equivalente a diez mil dólares en equipo de laboratorio.


-Leticia, si no lo controlas los encerraré a ambos en una cabina de succión. Dijo el doctor Gallegos sin dejar de teclear en su computadora cuando B-35 saltó apoyándose sobre la cabeza del médico.


Leticia Evangeline, becaria del departamento de genética, había sido asignada al proyecto Mantarraya por petición del doctor Gallegos. Sus altas calificaciones no fueron la causa directa, sino un artículo que había escrito para apoyar su tesis de investigación, donde teorizaba con la posibilidad de una mezcla genética modificada de tal manera que pudiera causar cambios en organismos adultos. Gallegos quedó tan fascinado con las ideas planteadas en el escrito, que inmediatamente movió sus influencias para que Evangeline se mudara a su laboratorio. Y su movimiento no había sido en vano, Leticia no solo demostró que sus teorías podían llevarse a la práctica utilizando el ADN de un ser que habían sacado del Océano Pacífico, sino que ella cumplía con el requisito más importante del proyecto, la discreción absoluta.


Aunque Gallegos era el responsable del proyecto Mantarraya, el verdadero apoderado de todo cuanto ahí sucedía era un oscuro departamento de la Secretaría de Marina conocido como UOE o “Unidad de Operaciones Especiales”, quienes habían encargado a Gallegos llevar a cabo la investigación de un ser que oficialmente no existía, como oficialmente no existía éste laboratorio del cual ni siquiera el rector de la UNAM tenía conocimiento.


Al principio Gallegos fracasó tratando de determinar el tipo de tejido del espécimen, él había comunicado al Inspector Alor de la UOE que lo único que podía dilucidar era que el material genético era de un tipo desconocido en la naturaleza, y que tanto el espécimen completo, como los tejidos, no estaban muertos, sino en una especie de sopor genético.


-¿Me está usted diciendo que la bestia no está muerta Doctor Gallegos?


-Digo que si se tratara de un animal, como un todo sí estaría muerto, pero su cadáver… no sé cómo explicarlo.


-Tiene usted una semana para explicarlo.


Las llamadas del inspector Alor, eran siempre desagradables, Uriel sentía que al investigador de la marina, no le importaba la ciencia sino que tenía una agenda oculta para el proyecto.


Todo comenzó a mejorar cuando llegó Leticia Evangeline. Su enfoque fresco pronto dio frutos inesperados. Evangeline comenzó a mezclar el ADN del espécimen con el de ciertas variedades de moscas de la fruta. Y lo que descubrieron los estremeció. Las moscas manipuladas genéticamente comenzaron a tener descendencias de lo más inusual. Los vástagos ya no eran moscas de la fruta del todo, estos mutantes crecían cuatro veces más grandes de lo normal, su pigmentación era casi nula y sus extremidades eran largas y prensiles, las probóscides también habían mutado dilatándose hasta el punto en que podían devorar a sus congéneres de una generación anterior de un solo bocado. Éste comportamiento caníbal era algo jamás registrado en los anales de la entomología. Así que el proyecto Mantarraya entró en terrenos nuevos para la ciencia. Uriel y Leticia, comenzaron a manipular genéticamente otras especies de insectos con iguales o más aterradores resultados. Los grillos dieron origen a unos horrendos animales tan largos como un brazo y con patas tan fuertes que al intentar brincar rompían los cristales de los terrarios. Cuando el experimento fue más allá y se fertilizó un ovulo de una rata con ADN mutante, el resultado fue tan terrorífico que Gallegos no pudo dormir por varios días, no por miedo sino porque de la nidada de 10 crías solo sobrevivieron 3, las cuales devoraron a sus hermanos y a su madre, antes de escapar de la jaula y esconderse en el laboratorio. No fue sino hasta que tres noches después Evangeline capturó y mató al último sobreviviente de la camada, que se atrevieron a salir del lugar y descansar un poco. Todos éstos animales mutaban de forma dramática, sus cuerpos eran translucidos y presentaban extremidades largas y prensiles, carecían de pelo los mamíferos y de exoesqueleto los insectos, el común denominador era su textura casi gelatinosa y gran tamaño, pero lo más preocupante era la agresividad que exhibían hacia cualquier ser vivo. Todos ellos a excepción de B-35. Si bien Talbot seguía siendo un ser nunca antes visto en la tierra, con un cuerpo alargado y blanquecino, ocho extensos brazos que lo impulsaban con velocidad y una cabeza que parecía un largo pico de ave, su comportamiento recordaba más al de un mamífero domesticado, curioso como un gato, amistoso como un perro y escurridizo como un pulpo. Evangeline había logrado fertilizar el ovulo de un zorro fénec. Pero tuvo cuidado de mantener la mayoría de las características genéticas de la madre, que al ver nacer a su cría, la rechazó inmediatamente lanzando gruñidos amenazantes, por lo cual Evangeline tuvo que adoptar y alimentar al cachorro para disgusto de Gallegos.


Durante meses los experimentos avanzaron con velocidad, en especial por la presión que ejercía la UOE en Gallegos. Cuando el laboratorio envió un informe a Alor indicando que el ADN del espécimen podía regenerar cualquier tejido con el que se mezclara, la UOE decidió obligarlos a ir más allá, a experimentar con humanos.



Abraham García estaba sentado en una banca del parque Udaondo, consultaba sus apuntes que ya se sabía de memoria, no estaba nervioso sino que pensaba que la persona a la que había venido a ver, quizás había cambiado de opinión pues tenía media hora de retraso. García había viajado desde México con la intención de entrevistar a una supuesta víctima de abuso médico, uno de tantos casos que se estaban reportando de pacientes que habían recibido trasplantes de órganos en su país y que estaban presentando síntomas peores a los de su padecimiento original. El gobierno Mexicano había hecho todo lo posible por acallar los rumores, algunos pacientes desaparecían sin rastro, otros como el caso del famoso peleador de UFC Muspell Alex, a quien Abraham había entrevistado una semana antes, parecía milagroso. Muspell le contó a Abraham que el constante abuso de drogas y esteroides habían acabado con su vida y su carrera, pero gracias a un tratamiento experimental en la UNAM, había recobrado su salud e incluso estaba a punto de volver al octágono a enfrentarse por el campeonato Welter al ruso Nurmagomedov en Las Vegas.

Cayó el crepúsculo y cuando Abraham estaba a punto de retirarse, una figura se sentó a su lado en la banca, iba enfundado en una gabardina y un grueso gorro de lana le cubría la cabeza. A pesar de la oscuridad llevaba gafas de sol.


-¿Es usted el señor García?


-¿Eh? Sí… ¿Cristian? dijo Abraham con sorpresa.


-Sígame, no podemos hablar aquí.


Ambos cruzaron la avenida Paraná y entraron en un edificio de departamentos sin ascensor. Subieron las escaleras al quinto piso, aunque Cristian caminaba encorvado, subía con velocidad como si se desplazara sin esfuerzo, por su parte Abraham tuvo que descansar en el cuarto rellano pues estaba jadeando al tratar de seguirle el paso.

Al cabo entraron en un apartamento oscuro y con olor a moho, Cristian lo invitó a sentarse en un sillón que al escritor le pareció húmedo.


-No puedo prender la luz, no soporto la luz.


-Cristian, necesito que me expliques que está pasando, para poder hacer el reportaje necesito información y tú…


Cristian lo interrumpió con un movimiento de su mano. –Le voy a contar todo señor García, pero antes, debe ver lo que me han hecho esos malnacidos.


El joven se quitó las gafas y el gorro, aún en la oscuridad Abraham notó que sus ojos estaban totalmente blancos y sin vida, no había cabello en su cabeza y por un momento pudo jurar que a través del cráneo se podían ver los pliegues del cerebro de Cristian.


-Dios Santo… ¿pero que te ha ocurrido?


Finalmente Cristian se despojó de la gabardina, no llevaba ropa alguna bajo la misma, solo un par de botas altas, ahí donde deberían ir sus piernas, Cristian había metido sus nuevas extremidades, decenas de largos filamentos se agrupaban dentro de las botas. Se quitó una bota y los apéndices serpentearon como si tuvieran voluntad propia, hizo lo mismo con la otra mientras Abraham lo miraba horrorizado y se puso de pie de un brinco, colocándose tras el sillón.


-No se preocupe señor García, sé muy bien que me han convertido en un monstruo, pude escapar de su país pero el precio fue más alto de lo que hubiera deseado. Pobres enfermeras, no lo pude evitar, yo…


Abraham recordó que en sus indagaciones, había escuchado rumores de que varias enfermeras habían desaparecido, el cuerpo de una de ellas fue encontrado en una zanja, había sido mutilado de tal forma que solo quedó el torso y una pierna. Las autoridades achacaron el ataque a un grupo de narcotraficantes, pero un patólogo le había dicho que las heridas parecían haber sido hechas por una succión muy fuerte como la que producen algunos moluscos.


Abraham trató de recobrar la compostura, levantó sus manos hacia Cristian en un gesto de calma.


-Cristian, se que has pasado por algo terrible, entiendo que se han aprovechado de ti, han experimentado contigo yo sé…


Cristian lanzó un sonido que asemejaba a una grotesca carcajada pero mucho más grave y profunda.


-Señor García, usted es quien quiso venir a visitarme, yo ya no controlo mi mente, ya no controlo lo que hago-. Dijo inclinando su cabeza hacia un lado.


-Cristian, te puedo ayudar, podemos desenmascarar a estos cabrones, solo necesito…

El mutante lo miró amenazante con esos ojos blancos y muertos formando lo que parecía una sonrisa en su boca plana y sin labios.


-Yo ya no soy Cristian, él murió en la mesa del quirófano.


Dicho esto su estómago se contrajo en espasmos hasta que se abrió en un introito descolorido y maloliente. De su interior salió un brazo largo que se abalanzó hacia Abraham, quien alcanzó a esquivarlo lanzándose al suelo, se incorporó mirando a Cristian que se deformaba cada vez más mientras que horrendos sonidos salían de sus fauces. El monstruo obstruía la puerta de salida así que Abraham corrió hacia el pasillo que conducía a la recámara. Al abrir la puerta de la alcoba un terrible olor como a pescado podrido le golpeó en la nariz haciéndolo retroceder, pero al percatarse de que Cristian estaba situado al otro extremo del pasillo se dio cuenta de que lo estaba siguiendo. “Me está cazando” pensó y entró al oscuro lugar cerrando la puerta tras de sí. Trató de encender la luz, pero por más que movió el interruptor, nada sucedió. Se dirigió a tientas hacia una línea de luz que entraba por una ventana, escuchó que la puerta se sacudía de forma violenta. Llegó a la ventana y tiró de la cortina de golpe, la luz de la calle iluminó la habitación y se dio cuenta con horror que un montón de partes humanas estaban esparcidas por todo el lugar, parecían tener distintos estados de putrefacción, como si estuvieran a medio digerir. La puerta se rompió con un fuerte golpe del monstruo y Abraham no lo pensó dos veces, tomó impulso y se arrojó contra la ventana rompiendo el cristal en miles de pedazos que cayeron con él hasta el suelo muchos metros abajo.


La puerta del laboratorio se abrió y Alan Alor entró con parsimonia.


-Inspector, no me avisaron que vendría.


-Esa era la intención-. Dijo Alor mirando fijamente a Leticia –Doctora Evangeline ¿Qué hace usted con ese espécimen en su regazo?


La mujer se levantó cargando a B-35, quien al notar al extraño, comenzó a hacer una serie de chillidos agudos. Ella lo apretó con fuerza y lo colocó dentro de una caja de cristal reforzado. El animal se contorsionaba con furia golpeando los lados de su claustro.


Alor se sentó de lado sobre el escritorio de Gallegos, como si fuera un policía interrogando a un acusado.


-¿Sabe usted que el capitán Lobo es el nuevo jefe?- Dijo Alor sacando un cigarrillo.


-Sí, me enteré de que fue ascendido.


-Exacto, es el Vicealmirante, y piensa que todo esto- hizo una seña circular con la mano en donde sostenía el cigarro –ahora está a mi cargo, y creo que es tiempo de detenerlo.


-Inspector, no puede fumar aquí-. Dijo Evangeline acercando una taza al hombre que acababa de encender su cigarrillo. El la miró con desdén y lo arrojó dentro de la taza. Gallegos se puso de pie conmocionado.


-Inspector, no podemos detener el experimento, se han logrado muchos avances y…


-Quiero que destruya toda evidencia de que aquí pasó algo, tiene una hora.


-Señor, con todo respeto esto no sucederá-. Dijo Gallegos y tomó un teléfono, apenas iba a comenzar a marcar cuando Alor, sacó una pistola y le descargó un tiro en la sien. Gallegos cayó con un golpe seco, Leticia ahogó un grito poniéndose las manos sobre la boca.


-Doctora, tiene… cincuenta y ocho minutos para deshacerse de la evidencia-. Dijo Alor consultando su reloj. –Iré a tomar un café y me llevaré su tarjeta de seguridad.


Alor le quitó su identificación y su teléfono. Arrancó el aparato ensangrentado del escritorio de Gallegos y salió por la puerta.


Evangeline estaba petrificada, algo tronó en su cabeza y tomó la decisión. Tomó las cajas con todos los especímenes, y las colocó en el ascensor de carga que iba hasta el vestíbulo. Una vez que hubo colocado todas en la jaula del elevador comenzó a abrirlas de una por una. Algunas moscas mutantes volaron por su cara, las ratas y los grillos comenzaron a moverse. Sacó a Talbot de su caja de cristal y lo puso junto a los otros, después cerró y oprimió el botón que indicaba Almacén.


Cuando el inspector regresó, abrió la puerta y encontró a la doctora Evangeline recostada en un sillón, sus ojos estaban abiertos mirando hacia el techo, un hilo de sangre manaba de su boca.



Javier Monzón estaba sentado en la oscuridad de su camerino. Meses de gira habían hecho estragos en su ánimo. Se empinó el resto de la botella de Jack de un golpe y la arrojó hacia atrás golpeando el espejo de un peinador rompiéndolo en pedazos con un ruido estrepitoso.


-Mala suerte-. Dijo para sí, sin voltear a ver los daños de la botella. Se estiró sobre la mesa que tenía en frente y tomó la cajetilla de cigarros. El hotel MGM tenía una estricta política en contra del uso de tabaco, pero esas multas eran algo que su disquera siempre pagaba.


Alguien tocó a la puerta con dos leves golpes.


-Javo, puedo pasar- dijo su asistente abriendo con lentitud.


-Ya lo has hecho Max, ¿qué pasa?


-Hay unas personas que ganaron un concurso en la radio y vienen a saludarte, apaga ese cigarro por favor.


-Max… lárgate, no estoy de humor.


-Vamos, esto es parte del contrato hombre.


Monzón aún sentado, se talló la cara y se pasó la mano por la barba jalándola hacia el frente. Se puso de pié y le dijo a su compañero.


-Pásalos y trae otra botella.


Un grupo de jóvenes, hombres y mujeres con camisetas negras y botas industriales inundaron el camerino, Javo sonreía e intercambiaba abrazos con todos ellos. Un locutor no paraba de hablar excitado mientras el camarógrafo grababa toda la escena.


-Señor Monzón, es la primera vez que va a actuar en las Vegas en el evento UFC Force, ¿tiene algún favorito? Su compatriota, Muspell Alex ¿cree que le gane al ruso?


Una chica estaba colgada del cuello de Monzón, mientras su amiga les tomaba una foto. Él sostenía un cigarro encendido en la comisura de su boca. Giró ligeramente su cabeza hacia el locutor.


-Muspell va a masacrar a ese hijo de Putin.


La concurrencia soltó una risotada.


A unos metros de ahí, el entrenador de Muspell Alex le estaba poniendo las vendas en las muñecas. El ruido en la arena era ensordecedor. Muspell y Nurmagomedov era el platillo principal de la noche, pero la pelea de mujeres que se estaba gestando en éste momento, había atraído tanta atención como la estelar.


-Alex, te veo distraído, necesito que te enfoque ahora mismo-. Dijo el entrenador mirando a su púgil.


-Es solo que me duele un poco el estómago.


-Son los nervios, si tienes miedo, Nurmagomedov te va a comer vivo. ¿Me entiendes?


Muspell asintió y le dijo a su entrenador que estaba bien. Éste le dio una fuerte bofetada que era su manera de calentarle la sangre. Los asistentes del equipo del mexicano hacían bromas y se empujaban. Un hombre con un auricular y una carpeta entró por la puerta:


-¡Diez minutos!- gritó.


Era la primera vez que un evento así se llevaba a cabo. Caelaluz comandada por Monzón tocaban con potencia en una plataforma adyacente al octágono. Dana White, el presidente de UFC, había decidido hacer un evento que mezclara la pelea estelar con un concierto de rock. Los miles de asistentes gritaban y corrían entre las butacas del lugar empujándose unos a otros para el enojo de algunos ricachones que solo venían a apostar y de la policía que trataba inútilmente de calmar a la concurrencia.


Hubo varios conatos de pleito, Javo con una mano en el micrófono y la otra en la botella animaba a los fanáticos a seguir el desorden.


-Eso es lo que me gusta ver, ¡vamos! ¿Quién es mejor, México o Rusia?


Los gritos de guerra no se hicieron esperar y un gigantesco mosh pit se gestó al momento en que Monzón y su banda iniciaban la segunda canción.


El comisionado de la ciudad se acercó a Dana White y le dijo que si no paraba eso, iba a suspender la pelea. El presidente dijo con una mueca burlona:


-Señor comisionado, si usted detiene esta pelea, me aseguraré de que nunca vuelva a tener trabajo en Nevada. ¿Me entendió?


-Me deslindo de toda responsabilidad-. Dijo el oficial alejándose molesto.


-Sí, vamos, ¡lárguese de aquí! Peters, abre la señal por internet, el mundo merece ver esto.