Sacrificio

Supremum vale

Ovidio


Caminamos por las oscuras y frías veredas del bosque, la noche está cerrada y las ramas, guijarros y espinas se encajan en las plantas de mis pies. Hoy es un día especial, un día de renovación, de compromiso, de dominio. Hace muchas lunas que se cumplió el ciclo vital, es menester darle lo que le pertenece, para tener equilibrio, para vivir.


Estamos como recién nacidos, purificados, y así tomamos cada uno nuestro lugar en el hexámetro que está tallado a un lado del acantilado. Somos los guardianes, nosotros sabemos lo que no se debe saber, y sufrimos para que otros no tengan que hacerlo. Abajo, solo hay oscuridad. Hace miles de años nuestros ancestros descubrieron el secreto, el engaño, y pudieron terminar con el dominio de la Diosa Blanca, ahora somos nosotros los que honramos el pacto, los que mantenemos seguros a los demás.


Nos recostamos mirando al firmamento, listos para la comunión. Mientras las Híades resplandecen anormalmente, los más jóvenes guían el sacrificio, depositándolo en medio del signo. Una vasta fogata ilumina un claro en este bosque, los cánticos inauguran el rito, y la energía comienza a materializarse a través del feroz viento que mece las ramas de las araucarias.


La niña está llorando, en su tremenda desnudez no entiende que su fin es convertirse en algo más grande, en paz y tranquilidad para toda la comunidad. En cosechas prolíficas y en fertilidad para los animales y para nuestras mujeres. En su pequeñez e inocencia teme, y está bien que así sea, pues su muerte será espantosa. Su cuerpo ha sido marcado con verde y azul, sus ojos vendados, tiene prohibido atestiguar el sacrificio. Los cortes hechos con delicadeza y algo de remordimiento en sus muñecas y tobillos aceleran la excitación de los patriarcas que se esconden detrás del montículo, en la seguridad del anonimato. Muy pronto, la morada de las moscas volverá a la vida, para corromper lo más inocente que poseemos, para llenarnos una vez más de dolor y temor, para escupirnos en la cara nuestra ineluctable pequeñez, para obligarnos a asomarnos una vez más, al vacío.


Es el precio que pagamos para vivir sobre esta roca, es el convenio abominable que fuimos obligados a contraer, por eso que estaba aquí. Algo está subiendo por el acantilado, algo que ha estado aquí siempre, algo que estará aún después que todos nosotros nos hayamos ido. Tiene hambre, un ansia como nosotros nunca podremos entender, y saciará su voracidad de la peor manera, pues nos aborrece, nos abomina porque está atrapada en este mundo de porquería.


Entonces sucede, algo dentro de mí, un destello de compasión, un coraje, una resistencia hacia lo inevitable, un sentimiento prometeico, libre albedrío lo llaman algunos, estupidez otros. Me levanto, el olor a resina inunda mis sentidos, marcho hacia ella, lentamente, la abrazo, la consuelo, ella se aferra a mí, está en pánico. Todos me miran absortos, nadie se mueve. La oscuridad sigue subiendo por el acantilado, es invisible, o al menos nadie le ha visto, pero la sentimos. Esta pestilencia que emana del umbral lo inunda todo, se convierte en la única forma de percibirla, de saber su horror.


Es gigantesca, su fuerza inimaginable, su maldad no tiene límites, no es de esta dimensión o de este universo, viene de otro plano en el tiempo, realmente no sabemos nada de ella, solo que su hambre se vuelve cada segundo más intolerable, y exige sacrificio. Una voz surge de las tinieblas, un eco que asemeja un lenguaje deformado y brutal, como un gruñido, como un espasmo de sofocación.


Mi estado es eufórico, no siento temor, solo violencia y odio. La adrenalina me ayuda a prepárame para el fin. Pienso en Perseo, en Ulises y en Aquiles, ellos pudieron, y sin embargo. Una fuerza tremenda intenta arrebatármela, solo es cuestión de tiempo, pues contra eso no se puede luchar. Quiero medirme, ver hasta dónde estoy dispuesto a resistir. ¿Es solo mi terrible arrogancia? Ya no hay miedo, solo terror, olvido. Poco a poco, siento como me la va arrancando, me doy cuenta que me dejará vivir, para que testifique su dominio, poco a poco, me doy cuenta de lo mucho que nos odia.

Ernesto Moreno Abril del 2020, México Tenochtitlán.

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