Chinguen a su madre los dos

Autor: Alfredo Uzeta


Un día desobedecí a Dios; no quería, pero lo hice. Entonces vino el Diablo y lo ofendí también. Por eso la agarró conmigo, y por eso también Dios nunca vino a ayudarme. Pero qué culpa tenía Lucrecia, mi vaca. Por mí, los dos se pueden ir a la chingada. Me hicieron varias; se me secó la tierra y a Jacinta el vientre. Me acuerdo de Jacinta sentada sobre su sangre encima de los maíces también muertos. Ese día se me murió en vida, y yo me sequé. Solo me quedó Lucrecia y unas ganas tercas de no morirme pa’ no darles el placer ni a uno ni a otro, así que de puro coraje me mantuve vivo.


Un día Lucrecia cruzó el río que llevaba seco desde siempre, pero ese día llovió; y no sé si fue Dios o el Diablo, pero se rompió el cielo con más furia de la que traía yo adentro. Lucrecia quedó en medio de la corriente que creció en minutos lo que no hizo en años, y así, bajo los relámpagos y truenos me abracé a mi vaca y les grité que chingaran a su madre, que me llevaran a mí, pero que dejaran a Lucrecia. El río nos sobrepasó y con mi último aliento me hundí y pude ver la pata de Lucrecia atorada en unas piedras. Intenté liberarla y entonces lo vi; el Diablo la sujetaba y desde la hendidura de las rocas me miraba sonriente. Le dije que chingara a su madre, que me tomara a mí… me quedé a oscuras, a tientas apreté a Lucrecia.


Finalmente, en la oscuridad vacía, nos movió el agua. Me aferré a esa nada, por Dios y por el Diablo no me quise morir. Cuando desperté estábamos en la otra orilla. A ver ahora cómo regresamos.


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Jean Baptiste Camille Corot, La chaumière au grand saule (1865).

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