Crónicas sobre Anne Rice

Te Recordamos



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III Parte


Los espíritus. Estas criaturas son descritas como inmensos insectos del tamaño de tormentas, son incorpóreos, fantasmales y tienen cierto grado de inteligencia, se nos explica que son semejantes a ciertos fenómenos que la física moderna apenas empieza a dilucidar, como la posición indeterminada de un electrón en el átomo, que pueden estar en muchos sitios a la vez y que pueden ser influenciados por las brujas quienes reciben ese poder a través de la herencia. Y recuerdo que, tomando este cuadro como manual técnico, se me ocurrió la idea de inventar que había espíritus en mi casa que podían ser invocados y vistos bajo ciertas condiciones. Hacían las delicias de las visitas cuando les decía que podías llamarlos porque las personas realmente juraban que estaban ahí.



Concebí a dos, ambos altos e impresionantes:


  • Pylgrm, alado, de rostro envuelto en una espiral y aspecto humanoide y lampiño, como un ángel extraterrestre de alabastro, de carácter más bien pacífico y carente de voz, cuyos apéndices como plumas de acero que le manaban de la espalda aleteaban ante la atenta mirada de las visitas una vez apagabas la luz.

  • El otro era Jack, demoníaco imponente con sus cuatro metros de altura rematados en una cornamenta de ciervo estilo monstruo oriental entre cuyas ramificaciones se escondían esferas pálidas de luz, de piel oscura como músculos achicharrados y fibrosos que expulsaban vapor y ocultaban en sus pliegues joyas que eran como órganos ópticos, de rostro y hocico fieros, su sonrisa asesina brillaba en la oscuridad.


Para ser más convincente me servía de unos dibujos que aún debo guardar. Y la gente se lo creía. La gente quiere creer porque la gente prefiere la mentira porque todo el mundo miente, sencillamente. No fue sino hasta hace poco que entendí ese lema de Dr. House. La gente no soporta la verdad. Dios no existe, morimos y desaparecemos, no hay esperanza, nos aferramos a la idea de Dios y de la vida después de la muerte para poder soportar el dolor de la pérdida, pero los muertos no vuelven, ninguno, joven o viejo, padre, madre, hermanos, hijos, como la hija de Anne Rice, cuyo alterego es Claudia.



Quedamos inmortalizados sólo en el pensamiento, imaginarios como la ficción y las experiencias cercanas a la muerte. Y a pesar de aquel fantástico pasaje en el que Lestat puede escuchar la voz de una niña en el teléfono de una casa donde había habitado con Louis y con ella, con Claudia, nadie nos espera del otro lado de la línea. Todo el mundo miente. Y ni siquiera yo he dicho toda la verdad.


Las otras dos obras de las Crónicas Vampíricas llegarían un tanto después. Y yo seguiría utilizando algunas de las ideas que hay en esos libros para alimentar la necesidad de significado que tiene la gente. Como la Talamasca, una organización presuntamente antiquísima de investigadores de lo paranormal que conocemos a detalle en la cuarta entrega, emplearía su nombre cuando hice tarjetas de una empresa para realizar servicios de exorcismos e investigar casas embrujadas y que repartí para convencer a unas maestras de escuela de que podía curar usando reiki con imposición de manos. En mi defensa puedo decir que aquellas personas tenían un verdadero alivio del estrés y sus dolores de espalda.



Por lo demás, en la obra de Anne Rice, resuelto el problema fundamental del origen de los vampiros, ¿qué más quedaba, sino atestiguar a Lestat viviendo diversas aventuras? Y eso es el cuarto libro, El Ladrón de Cuerpos. Lestat conoce a un individuo que empieza a seguirlo y que en un encuentro le arroja una copia de La cosa en el umbral de Lovecraft. Este tipo, de nombre Raglan James, le explica más adelante que tiene el don de cambiar de cuerpo con otras personas y, sin mucho sentido lógico, convence a Lestat para que puedan cambiar de cuerpo durante un breve período a cambio de mucho dinero.


Como resulta de esperarse el tipo lo engaña pero, de nuevo de un modo un tanto absurdo, no mata a Lestat mientras habita el cuerpo que otrora fuera de él, sino que lo deja vivir y ahora Lestat vuelve a experimentar lo que se siente ser humano y la novela es una larga explicación sobre las sensaciones de un vampiro que ha dejado de serlo. Lestat vuelve a defecar, Lestat vuelve a mantener relaciones sexuales, Lestat vuelve a sentir hambre, frío, calor, a saberse vulnerable y a tener a un perro de mascota; la misma Anne Rice en este punto se burla de la idea de un perro vampiro.


Lestat se enamora o, más bien, tiene un ligero romance con una monja a la que vuelve a buscar una vez que recupera su cuerpo inmortal. Y esta mujer queda tan impresionada por comprobar la existencia de los vampiros que cae postrada y presenta estigmas, negándose a atender a Lestat nuevamente. Justo una de las cartas de amor más interesantes que he escrito se basaba en esa relación entre Lestat y aquella mujer religiosa. El vampiro y la monja, la titulé. Pero para cuando leí el quinto libro, yo ya no estaba solo. Atrás habían quedado los tiempos en los que paseaba en el cementerio como Louis, admirando las estatuas de ángeles y cruces de mármol, adentrándome en aquella calma lunar que no era posible encontrar en ninguna otra parte, en aquella paz que deseaba con desesperación; los cementerios son entornos mudos.



O cuando recibía las visitas de mi amigo Gabriel (a quien tiempo después le dejaría de hablar por una tonta disputa derivada de que él estaba en contra del capitalismo), en las tardes en las que me llevaba comida y alguna película underground para que viéramos en mi computadora; ahora, muchos años después, entiendo que se preocupaba por mí. En ocasiones me visitaba en la noche para invitarme a una de esas reuniones de góticos de Monterrey. Cuando comenzamos a ir lo hicimos motivados por la voluntad de encontrar algo, lo que fuera, que saliera de lo común, para mí en lo personal significaba hallar una mujer que pudiera entenderme. Nada de eso pasó.


Pronto descubrimos que aquellas reuniones con personas que se vestían de negro y escuchaban Lacrimosa y música industrial no eran muy diferente al ecosistema de cualquier secundaria o de cualquier cárcel, con sus presos influyentes, códigos conformistas, apariencias huecas e hipocresía ¡Nosotros éramos oscuridad auténtica, joder!


Aquellas personas se vestían de negro, se maquillaban con polvo de arroz y usaban botas pesadas de charol con parafernalia cursi de Baphomet y calaveras como podrían haber utilizado los implementos de cualquier otra moda urbana. Eran muggles, gente sin magia. Nunca entendí aquel slogan de la revista Gótica: “Para los que son diferentes como tú”, si es como tú, ¿cómo puede ser diferente? Aun así tenía buenos artículos.



Años después sí que encontraría a esas personas con magia, por cierto, en este Círculo, pero esa es historia para otro momento, aquí estamos hablando de vampiros, ¿de acuerdo? Entonces regresábamos a mi casa en la madrugada donde nos quedábamos hablando hasta el amanecer sobre por qué pareciera que en este mundo había personas condenadas a la soledad, y Gabriel llegó a reflexionar varias veces sobre que quizá el máximo grado de relación al que se puede aspirar era algo semejante a lo vivían los vampiros de Anne Rice: “Porque las personas condenadas a la soledad no tienen oportunidades, comparten su soledad, pero no tienen compañía”; dijo él, o yo, o alguien.


Luego conocería a Gabrielle, quien había tomado ese nombre del personaje de Anne Rice y tenía ciertos conocimientos de las Crónicas Vampíricas. También había pasado por su etapa en la que se creía vampiro, aunque yo nunca llegué a pensarlo de ese modo, ¿pero quién de nosotros no fantaseó con la inmortalidad, con repetir una y otra vez los buenos momentos de la vida, como en el eterno retorno de Nietzsche?


A ella le gustaba la poesía oscura, la escribía, tenía verdaderos problemas mentales y también conocía el eléctrico fuego de la automutilación. A lo mejor, no lo sé, la relación entre dos suicidas es el nuevo amor que no se atreve a decir su nombre. Nos hicimos novios de inmediato y eso aún perdura, hasta hoy, doce años después. Y la primera casa en la que vivimos tenía una sala de estar junto a las habitaciones en una especie de sótano enclavado en un edificio (si hubiera vivido con un roomie hombre habría dicho que éramos como Mario y Luigi en el Super Mario Bros Super Show).


Elegimos esa y no otra porque la mansión en miniatura estilo los Addams que nos rentaban por San Nicolás a un precio inexplicablemente bajo nos la ganaron otros inquilinos por unos pocos días de diferencia antes de que pudiéramos entregar el depósito. Hasta la fecha sostengo que estaba embrujada y que nos perdimos una gran oportunidad.


Pero la casa-sótano también tenía sus oscuros encantos. A los costados de un estante de tres metros de madera maciza que Gabrielle había adornado con calabazas, flores negras y un sagrario con la Santa Muerte acompañado de manzanas rojas y tequila de ofrendas, había dos inmensos arcones cuya superficie pulida titilaba a la luz de las velas del altar. Hacían las nuevas delicias de las nuevas visitas que recibíamos ya como pareja. A todo el mundo le decía que dormíamos en aquellos sarcófagos y que la disposición subterránea de la edificación obedecía a nuestra necesidad vital de escapar de la luz solar durante el día.

A más de uno lo invité a conocer a Claudia en una de las habitaciones, y más de uno llegó a pensar que de verdad teníamos a una niña vampiro en algún lugar de la casa. Como sea, dejé de hacer esos chistes en poco tiempo, en cuanto advertí que a Gabrielle toda la situación no le hacía ninguna gracia. No era que los chistes le disgustaran en sí, ni tampoco era un tema de celos con otras mujeres, sino un problema de celos en general. No le hacía gracia que a todos los demás les hiciera gracia. Y no pasó mucho hasta que descubrí que tenía que volver a ser oscuridad. No fue difícil, ya lo había sido toda mi vida. Oscuridad, para que fuese su estrella la que brillara. Incluso en estos momentos, estos renglones, poder escribirlos me cuestan varios disgustos. Es agridulce, lo sé, pero supongo que eso es lo que ocurre cuando un loco se junta con otro loco. Bueno.


El quinto y último libro de las Crónicas vampíricas lo leí cuando vivíamos en otra casa en las afueras de Monterrey, en los límites de la Carretera Nacional. Ya había intentado leer el sexto Armand el vampiro, unos tres años antes cuando me lo había prestado Claudia, la empleada metalera de una farmacia cuyo marido se acercó conmigo para delimitar territorialidad en cuanto supo que estaba hablando con su esposa de rock y libros. Pero el de Armand me pareció repetitivo, sólo cambiaban los nombres y los lugares; no contenía nada que no hubiera leído en los dos primeros. Rusia, Florencia, Amadeo, pero los mismos conflictos, los mismos tormentos, las mismas dudas y la misma estética extática estaban ahí. No lo terminé. Como le ocurre a muchos escritores, la autora ya había agotado su tema.



Y supongo que ella misma se había dado cuenta desde antes porque el quinto libro Memnoch el diablo, sí que es diferente. En esta novela Anne Rice lleva el cuento de hadas tan lejos como puede llevarse, admitiendo que sí, después de todo dios existe, el diablo existe, y Lestat es atraído por el Príncipe de las tinieblas en persona para demostrárselo. Es un libro entretenido, con figuras visualmente interesantes y unos cortos momentos de terror bien construidos.


Cuando Lestat se encuentra con el diablo por primera vez este no es consciente de ello, sino que ha encontrado en una bodega fuertemente resguardada obras de arte de incalculable valor y entre ellas hay una estatua de un ángel hecha con un nivel de detalle y realismo extraordinarios cuyo origen no consigue identificar. Tiempo después regresa a esa bodega sólo para descubrir que la estatua es en realidad Memnoch, el diablo, y que su verdadera naturaleza había escapado a sus poderes de visión vampírica.



Memnoch lleva a Lestat por un viaje al infierno, que es una especie de purgatorio en un plano dimensional que existe sobrepuesto al nuestro, tal como lo describiera Clive Barker en su cuento presentación de los Libros de Sangre. En ese infierno se encuentran las almas de los pecadores que pagan por sus malas acciones durante toda la eternidad condenados a permanecer apartados de dios, recibiendo el castigo de verse forzados a llevar una existencia fantasmal de lúgubre soledad y tristeza, en un universo frío, gris, insulso como entre nubes de tormenta.


Entre esos condenados se encuentra uno de los dos personajes gratuitos de la trama, Wynken de Wilde, un supuesto apóstata de la baja edad media que escribió tratados sobre los placeres de la lujuria y cómo alcanzar el máximo placer sexual llevando a la práctica sus propios consejos en un convento, por lo que fue condenado en esta vida y en la siguiente. Memnoch lleva a Lestat al paraíso y durante el viaje le explica que dios y el diablo están jugando un juego de ajedrez donde se apuestan las almas de la humanidad y que en cierto modo todos somos como Job.


En el cielo Lestat ve a dios, quien nos es descrito como una luz solar inconmensurable detrás de un vallado que flota sobre un espacio etéreo, donde habitan las almas de los justos. Para detallar las características de la luz de ese sol que es dios, Anne Rice emplea un solo adjetivo, uno escolástico: Gracia.


El otro personaje innecesario de la historia es una religiosa televangelista que al principio Lestat admira porque aparece bailando con canciones cristianas en la televisión por cable y hablando con el don de lenguas. Más tarde, hacia el final de la novela, Lestat le lleva a esa mujer ¡el manto de Verónica! Sí, porque antes de transportarlo al paraíso, Memnoch viaja en el tiempo junto con Lestat y lo lleva a presenciar la crucifixión de Jesucristo. Ahí el diablo interpela a Jesús y le cuestiona que se haya convertido en algo tan ruin como un humano, y más, uno de una clase social insignificante, horrorizándose por verlo someterse voluntariamente a ese calvario sólo para ganar su apuesta. El diálogo está bien construido y es posible apreciar el amor que el diablo profesa por dios, que no es su contraparte ni su enemigo sino su superior. Con todo, el hijo de dios le contesta algo bastante simple, digno del Joker: No lo entenderías.



Aunque dicho, eso sí, de un modo mucho más sofisticado, compadeciéndose de Memnoch por no entender el amor de dios por la humanidad. El diablo le confiesa a Lestat que lo ha buscado porque espera convertirlo en su lugarteniente, requiere que le ayude a llevar más almas al infierno. Le da la opción de negarse pero siempre que Lestat esté dispuesto a pagar el precio. Lestat rechaza la oferta y el diablo le arranca un ojo, dañando irreparablemente por primera vez desde que es inmortal y dejando tuerto a nuestro héroe vampiro.


Cuando Lestat le entrega el manto de Verónica a aquella religiosa, como no podía ser de otro modo, ella entra en estado de gracia mediante un baile que se siente de lo más artificial. Con esa entonces se sumarían dos mujeres que se convierten en fervientes cristianas por influencia vampírica en la conclusión de un libro de Anne Rice, como si su parte inconsciente hubiera estado tratando de decirnos algo.


Y es que, justo es decir, que eso no parece casual ya que Anne Rice, en un giro de tuerca que ni en sus propias novelas se podía prever, volvería a ser una católica practicante poco después de publicar en el 2003 la que se creía sería su última entrega para las Crónicas vampíricas, Cántico de Sangre. Y publicaría, en el 2005, un libro que se tenía planeado sería el primero de una saga de cuatro sobre la vida de Jesús de Nazaret que quedó inconclusa. En español aquel primer título se publicó con el nombre de El Mesías: El niño judío. Libro que yo había leído tiempo atrás, en un interludio entre el cuarto y el quinto de las Crónicas, y sobre el que sólo diré que lo recomiendo ampliamente, seas o no creyente, es un libro muy hermoso y sólidamente construido, se nota que es el trabajo de un autor con mucha experiencia y que la investigación que hizo Anne Rice fue mucho más completa y estuvo mejor llevada, a diferencia de lo que ocurrió con la Reina de los Condenados.



Dejando fuera otras dos docenas de libros por la sencilla razón de que no los he leído, baste decir que como para honrar a Henry James, como ya tengo dicho Anne Rice dejó el cristianismo poco después y volvería a las andadas de los hijos de la noche publicando, hace no mucho, apenas en el 2018, la que sería la definitiva última entrega de las Crónicas vampíricas titulada Comunión de Sangre: Un cuento del príncipe Lestat, luego de que en la historia Lestat se volviera el rey de la Atlántida (sí, ya sé que suena inverosímil). Y por lo que estoy viendo en Wikipedia, se publicará en 2022 un libro en coautoría con su hijo Christopher Ramsés el maldito: El reinado de Osiris.


A lo que quiero añadir, tan interesante como su obra, fue su vida. Que a lo largo de los años de la mía siempre sería objeto de múltiples conversaciones casuales:


“¿Supiste que está muy molesta porque el huracán Catrina destruyó su mansión en Nueva Orleans y la aseguradora se declaró en quiebra?”.
“Le dio diabetes y por eso ahora es cristiana y escribe sobre la vida de Jesús”.
“Dicen que hay campamentos de góticos en el jardín de su casa aguardando para conocerla, que la esperan afuera de la iglesia cuando va a misa los domingos”.


Su obra era un universo aparte, referencia obligada en cuerpo y alma cada vez que surgiera el tema de los vampiros pero también cada vez que sirviera para explicar vivencias propias. Todavía hace poco, hablando por Whatsapp con mi amigo Moisés, al reencontrarnos luego de una riña sin importancia, me comparó con Louis por mi forma de enfrentar ciertos problemas de naturaleza personal (puede que tenga razón, en eso y en que soy más parecido a Stannis que a Robert Baratheon). Y hablando con Morgan, más de una docena de veces ha sido invocado el nombre de Gabrielle a razón de lo que sería vivir para siempre, porque ¿quién de nosotros no fantaseó con la inmortalidad, con repetir una y otra vez los buenos momentos de la vida, como en el eterno retorno de Nietzsche?


Y así, hasta aquí, he relatado experiencias personales y he hablado realmente poco, de la obra de la escritora a quien va dirigido este homenaje. Pero eso es por un buen motivo. Porque para mí, Anne Rice era un ser querido. Un familiar que está ahí, cuya vida das por sentado y que, de pronto, cuando te dicen que murió, algo se apaga para siempre porque te has acostumbrado a su presencia, aunque no le conozcas en persona. Eso es lo verdaderamente mágico, me parece, de la literatura; no creo pensar en esos términos sobre ningún otro artista de ningún otro arte, no, sólo con los libros. Y hace unos días, cuando vi un post de Mariana donde se despedía de ella, supe de inmediato lo que estaba ocurriendo.



Anne Rice, una escritora que marcó mi vida de mil modos diferentes, dejaba esta existencia terrenal para irse a la otra, sea la que sea que nos espere del otro lado, así sea sólo la disolución química entre la materia inerte. En ese instante sentí el aguijón en el corazón y sin dudarlo, durante la madrugada le envié un mensaje a los administradores del Círculo Lovecraftiano & Horror para quedarme con el lugar de quien fuera a escribir este artículo, para ofrecerme, para imponerme, tenía que ser yo. Si bien me tardé un poco más de lo que tenía previsto, por fin, aquí está.


“This is about us”

Para concluir, quiero decir que nunca he entendido la arrogancia de algunos autores locales al demeritar algo por ser muy conocido, como si lo que ha trascendido poco o es “marginal” (en esto coincido plenamente con Ramón) fuera en automático mejor. La calidad puede ser subjetiva pero el impacto en la cultura no. Y Anne Rice tocó la vida de millones de lectores y trascendió las fronteras de su propio arte en música, películas, tributos, teatro y otras formas de expresión materializadas en obras que tienen por semilla a sus Crónicas Vampíricas.


Que los autores de Wattpad y feministas iracundas que se quejan de que las editoriales no las toman en cuenta por ser mujeres digan lo que quieran, Anne Rice ya estaba ahí y lo seguirá estando, inmaculada e inmortal como uno de sus seres transmundanos pero no por ello, o precisamente por ello, menos humana. Si cien millones de copias vendidas significan algo, quiero decirte, Anne, que los que vamos a morir, los condenados, te recordamos.


Tú fuiste nuestra auténtica reina.



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